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Ahora soy de él (parte dos)

  • Foto del escritor: Lilhy Camacho
    Lilhy Camacho
  • 7 jul 2019
  • 7 Min. de lectura

Rodrigo era la clase de persona que se preocupa verdaderamente por lo que te pasa, por lo que sientes y por lo que te puede dar. Cada sesión con él descubrimos nuevos límites, nuevos retos y placeres.


Cuatro horas con él era lo mismo que ir toda la semana al gym. Siempre, al llegar, comíamos juntos, algo ligero para poder aguantar, mientras hacía las clásicas preguntas de rigor respecto a cómo me sentía, qué tal había estado mi semana, cómo iba mi trabajo, mi familia, mis sentimientos, si algo me dolía, si comía bien y si me sentía bien con él.


Se preocupaba por cada detalle, y es que era obvio, lo que hacía conmigo me llevaba al límite, hubo veces donde el dolor era tal que tenía que decir la palabra de seguridad, parar y soltarme a llorar como una cría de 3 años. Otras que después de tantos orgasmos me quedaba profundamente dormida por horas, hubo veces en que al terminar tenía que comer algo realmente fuerte, otras tomar una bebida, buscar algo dulce, cantar, reír o cosas así.


Una vez, en plena sesión tenía prohibido hablar, recuerdo que tenía las manos amarradas sobre mi cabeza detrás de un tubo que quedaba en mi espalda, las piernas abiertas amarradas cada una hacia lugares que no alcanzaba a ver, un vibrador masacraba mi clítoris de tal forma que me hacía sudar y temblar, un par de pinzas en los pezones me los ponían sensibles a más no poder y el me daba pequeños golpes con un flogger por todo mi abdomen, mi cuerpo estaba cansado, iba por el quinto orgasmo y ya no sentía mis manos. La orden era no hablar y no terminar hasta que me diera la orden.


Sentía el vibrador en la máxima velocidad y cada que el golpe tocaba, aunque sea ligeramente, mi pezón, yo tocaba el cielo. Las primeras veces lo resistí, pero no podría más. No debía hablar, pero al cuarto roce le dije que no podría más. Un golpe de advertencia me tomó por sorpresa, y me callé. Él seguía con la dulce tortura, sabía que me tenía en el límite, mi cuerpo estaba cansado y pedía a gritos un último orgasmo para caer fulminado, como cada sesión, y eso a él lo excitaba hasta su máxima potencia. Así que jugó un poco más rudo… empezó a hablarme con esa voz tan ronca que solo le sale cuando esta super caliente. Esa voz cortada de hombre que me vuelve loca. Decía mi nombre en un tono tan sensual cada vez que las cuerdas tocaban mi piel, y movía el juguete que había entre mis piernas.


Y entonces dije algo parecido a: “ya termina”.


Eso vaya que lo molesto, en primera porque hablaba, en segunda porque él disfrutaba tenerme a su merced y en tercera porque yo no decidía cuando, esa era su tarea. Y eso era lo genial, darle en control, ser su juguete, ser su comida y su diversión. Que se hiciera cargo de mi placer me encantaba, sabía que era lo mejor. Pero ahora estaba molesto, porque yo rompía las reglas.


Así que tomó mi pelo lo jaló con fuerza y con esa voz que me fascinaba me dijo:


- Pequeña, tu terminas cuando a mí se me da la gana, tu cuerpo es mío, me perteneces, tu eres mi puta. Así que quiero que te calles y me dejes terminar o si no esto irá muy mal.


Mientras terminaba de hablar rozaba su boca en mi cuello, podía sentir su respiración, su calor y de repente… jaló las pinzas que tenía en los pezones y me llego el dolor más grande de la historia. Mi grito salió de lo más profundo de mi garganta y mis lágrimas se corrieron, tenía los ojos cerrados cuando de repente empecé a sentir algo húmedo y caliente reconfortándolos. Su boca, pasaba de uno a otro dándoles calor. Lo hacía de forma pausada, como venerándolos, lo hacía con delicadeza, con ternura. Mientras bajó la velocidad del vibrador para que fuera lo más sutil. Me abrazaba y tocaba cada parte de mi cuerpo, desató una pierna, luego otra y al final soltó mis brazos mientras me besaba con hambre, con ferocidad, pero me tocaba con ternura. Era ese contraste que él conseguía el que me volvía loca. Cuando fui libre de las ataduras me llevó a la cama, las sábanas de satín fueron el contraste perfecto entre mi cuerpo caliente y sensible y lo frío de la tela.

Estaba pensando en eso cuando sentí como entró, directo y sin pedir permiso. El placer fue tal que el orgasmo era inevitable, yo tocaba el cielo con cada estocada y el gritaba de placer, oír mi nombre con esa necesidad que proyectaba era lo mejor, sabía cogerme de la forma adecuada, me tomaba como necesitaba y me hacía suya no solo por mi cuerpo, estaba tan dentro de mis pensamientos y emociones que no había duda de que yo era de él.


Aquella vez pasó de ser super rudo a terminar de una manera tan tierna, que a mi me descontrolo demasiado, cuando terminamos sus mimos eran demasiado obvios, el bañarnos juntos y besarnos en cada momento rompían con la rutina de terminar e irnos. Él se sentía cómodo conmigo, eso se notaba, pero yo no sabía cómo asimilar esa parte de él.


La siguiente semana cancele mi cita, porque después de esa sesión lo pensaba más de lo normal.


Cuando llegó la siguiente cita, fingí un dolor de cabeza con la esperanza de que me diera su clásica solución… un exquisito orgasmo que provocaba con su boca que hacía desaparecer todo dolor, pero esta vez no fue así. Me desvistió y besó cada parte de mi cuerpo, con calma, con tiempo, con cariño, decía lo mucho que me había extrañado y lo tanto que me pensaba.


Esto definitivamente se nos estaba saliendo de las manos, y no lo podíamos permitir.


Aún así cogimos esa vez, no de la manera que estábamos acostumbrados, pero deliciosa de igual forma. Me besaba con una paz que podía sentir suspiros cada vez que pasaba su boca por mi cuello, su respiración era fuerte pero tranquila, como controlándose en todo momento, no entiendo porque, si lo he visto famélico por mí, ¿porque ahora se controlaba?


Esta vez en vez de juguetes y cuerdas hubo música tranquila…


“Love Song”


Y no solo la puso, sino la cantó de hecho, la tarareaba mientras me besaba, mientras tomaba mi cabello con delicadeza y calentaba mi cuerpo con el suyo, tocándome todo lo posible. Y yo lo disfruté como nunca. Aunque se suponía que esas sesiones eran para hacer algo fuera de lo común, algo que cruzaría mis límites, hoy pasábamos el de la cursilería.


Yo estaba pletórica, disfrutando, siendo de él de una forma romántica. Lo sentía entrar y salir de mí tan rico y suave, sentía unos dulces besos y decía cosas tan dulces que me permití soñar.


Por un momento me di la oportunidad de soñar que es algo más que el amo a quien sirvo una vez por semana, que cuando se preocupa por mí es por que puede sentir algo más que solo un compromiso con su sumisa. Que podemos ser más que eso, que quizá ya siente algo por mí.


Y en medida que me besaba, me tomaba y me hacía suya yo me permití soñar que él era mío. Y eso me llevó al mayor de los orgasmos, porque vino directo del corazón. Porque eso iba más allá de lo físico, esto era por mí y por él. Y logró hacerme terminar unas cuantas veces más esa noche.


Lo malo fue que justo cuando yo ya me veía en la casa con los niños, la camioneta y la mascota, mientras buscaba la forma de acurrucarme a planear los nombres de los niños, él se levantó, tomó su bóxer y dijo:


- Pequeña, hoy es nuestra última sesión juntos. Aprobaron el proyecto en el que llevo trabajando mucho y Karla y yo nos vamos de la ciudad.


- ¿Karla? – Lo dije mientras sentía como se rompía mi corazón en mil pedacitos.


- Si, decidimos regresar, al parecer no tiene problema con irse a vivir conmigo allá, así que la próxima semana nos vamos.


Lo decía con tanta tranquilidad, como si fuera lo más normal, y es que en cierto punto lo era, porque yo había tomado la decisión de estar solo en esa parte de su vida, y aunque conocía de su trabajo y sus proyectos nunca me involucre en nada más allá que la habitación donde siempre follábamos.


Lo felicité de la forma más genérica que pude, tomé mi ropa y me fui a bañar. Deje que el agua limpiara esas estúpidas ganas de querer llorar, porque claro, era obvio. Él jamás sería para mí.


Me bañé con calma, muchas veces fue así porque me rompía de tal manera que solo estando en el agua podía aclarar mi mente y saber que seguía entera, que solo eran juegos y placer, que el dolor me llevaba a nuevos placeres y que él solo era mi guía. Me di cuenta de que por mucho que disfrutará del sexo rudo con él yo necesitaba un poco de sentimientos y eso no me hacía mala persona. Me tome el tiempo para reponerme y darme cuenta de que el problema no era él. Ni yo en cierto punto, simplemente fue estar con la persona adecuada, en el momento adecuado, pero tener un sentimiento equivocado.


Al salir, lo vi parado preparándome mi bebida favorita, su cuerpo tan grande y trabajado, sus tatuajes le quedaban divinos, su cabello alborotado que me fascinaba y esas piernas que deberían ser ilegales. Cuando volteo y me vio envuelta en esa enorme toalla me sonrió como siempre lo hacía, con esa sonrisa sincera, con cariño y respeto.


Siempre fue así, todo un caballero… que le gustaba follar muy duro.


Dejo mi bebida en la mesa y se acercó a mí dejándome sin respiración, con estos pasos tan seguros, robando el aire de la habitación, su sonrisa me enloquecía, no hablaba, solo me veía de una forma tan genial que pude aceptar lo mucho que lo quería. Pero él no era para mí.


Al aceptarlo y entenderlo le sonreí de la misma manera, tan sincera que podría jurar que al verla se detuvo por un segundo. Sus ojos se abrieron enormemente y en dos zancadas llegó hasta donde estaba para cubrirme con el más grande de los abrazos. Me fundí con él y acepte que siempre lo voy a llevar en la piel y en el corazón. Y un pedacito de mí irá con él a donde quiera que vaya.


Y así fue como todo terminó, supe lo que es ser de alguien más y en el camino descubrí que primero soy mía.


Descubrí lo que me gustaba y qué tanto estoy dispuesta a dar.


Y ahora, simplemente busco ese compañero de vida, de aventura, de sentimientos y por supuesto de placer.


De casualidad ¿conoces a alguien?


Lhy.




 
 
 

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