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Esta noche es mía

  • Foto del escritor: Lilhy Camacho
    Lilhy Camacho
  • 30 may 2022
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: 1 jun 2022



Lunes, 11:45 p.m.


Mi casa está en silencio, hace poco menos de una hora mis hijos se fueron a dormir y me encuentro sola en mi comedor, que por momentos del día funge como mi oficina.


El ruido de mi refrigerador me desconcentra, porque el eco que genera mi cocina hace que se escuche más fuerte que la música que sale del altavoz de mi computadora, esta noche, como estoy tan cansada, opté por escuchar música clásica. Quiero dejar que mi respiración vaya al compás de los violines y que poco a poco me relaje.


De repente, el refrigerador se cayó, mi playlist se terminó y los autos que pasan por la avenida se terminaron por hoy… Un silencio inminente llenó la habitación. Solo se escuchan mis dedos teclear, pero al darme cuenta que ese es el único sonido me detengo.


¿Será que este es el momento angelical del que hablan?


Todos hemos escuchado esa loca teoría, ¿no? Se dice que cuando todo se pone en silencio es porque un ángel va pasando por aquí.


Si es así, me tomo el momento de respirar profundamente, imaginando una luz blanca que me llena de energía. Puedo ver como entra por mi nariz e ilumina mi cabeza y baja poco a poco por mi cuerpo, me relaja… los latidos de mi corazón ahora han disminuido, ahora los siento vibrar por mis venas. Mis piernas están cómodamente sobre el asiento de la silla de enfrente y yo suelto mi cabeza hacía atrás mientras mi pecho sube y baja en un baile discreto.


De pronto, los tonos de una canción empiezan a sonar, mi cuerpo reacciona a ese inesperado sonido, pero no es más que para abrir los ojos y ver que mi reproductor comenzó a sonar de nuevo. Una vieja melodía de Vivaldi me lleva poco a poco a imaginar escenas en mi mente.


Mi mente viaja al ritmo de las notas, y comienza otra canción… no sé bien quién es el autor, en realidad no me importa, porque ahora solo son consciente de mi cuerpo, de mi respiración y de mi luz.



Mi cuerpo emana paz, amor y algo que comienza a cambiar de color.


Hasta hace unos momentos era una luz blanca, ahora comienza a ser ¿rosa? ¿roja? ¿púrpura? No sé qué significa eso, pero me doy cuenta que una energía empieza a bajar de mi pecho para hacerme sentir un cosquilleo en mi vientre.


Soy consciente de que mi matriz palpita al ritmo de mi acelerado corazón, y al moverme siento una gota resbalar por mis labios para llegar a la tela de mis bragas.


Estoy segura que esa misma energía me llena, me está tocando partes que no reconocía.

Comienza una canción donde solo hay un coro de mujeres con voces de ángeles, cada tono me toca la piel, cada sonido me hace el amor.


Tengo los ojos cerrados, mi cuerpo está cansado, pero mi alma está ardiendo… y me entrego a mis sensaciones.


Llevo mis manos a mi cabello y suelto la coleta mal amarrada que tengo, mi cabello cae como cascada en el respaldo de la silla mientras masajeo lentamente mi cuero cabelludo. El cosquilleo que me deja sentir la yema de mis dedos hace que mis pezones se pongan de punta para rozar con la camiseta que traigo.


Por primera vez en mucho tiempo me hago consciente de mi desnudez, porque ahora mi cuerpo arde y el poco aire que entra por la ventana abierta me acaricia como nunca antes.

Ahora entiendo porque amo trabajar en tanga y camiseta cuando todos se van a dormir.

Es mi momento, es mi espacio y es mi placer.


Me llega un olor a caramelo… un dulce elixir. Y reconozco automáticamente el aroma del jugo de mi placer, durante años me ha fascinado. Al estar con alguien se queda impregnado en ambiente.


Tan dulce que me hace salivar. Recuerdo su sabor y mi boca se abre en espera de sentir una vez más esa sensación parecida a caramelo derretido.


Lo he probado en la boca de algún extraño que me hace terminar con sexo oral, lo he probado masturbándome, lo he probado y ha sido mi vicio.


Bajo mi mano de mi cabello recorriendo poco a poco mi nariz, una caricia que me hace sentir una niña… Ahora soy yo misma quien me cuida y me mima, ahora me hago cargo de mis emociones… y en este momento, de mi calentura y mi placer.


Y mi dedo roza la comisura de mi sonrisa, mientras aprieto las piernas al sentir un choque eléctrico ligado a esa caricia.


Recorro mi boca con mis dedos, mi saliva se acumula y comienzo a chupar mi dedo como si fuera el falo duro de uno de mis amantes, pero no hay nada más lejos que eso. Soy yo mi propio amante.


Me levanto un poco para que una gota de mi saliva caiga en mi pecho y disfruto del pequeño recorrido mientras empieza a rodear mi pecho derecho.


Mis pezones rozan con el algodón de la tela, siento que me quema, que me acaricia, que me reclaman atención.


Con ambas manos libero mis pechos moviendo la tela de mi camiseta y la imagen de sentirme expuesta me prende hasta soltar un gemido.


Me siento una puta descarada, una zorra sin moral, tocándome y exhibiéndome en el comedor de mi casa. Cualquiera podría entrar y verme… y eso me gusta mucho más.


Mientras acaricio mis pezones y los pellizco para disfrutar de la estela de dolor, mis gemidos aumentan y una nueva canción, ahora de Bach, me lleva por una nueva dirección.


Bajo mi mano a mi vientre, aquel lugar que llevo a mis grandes amores por meses. Dos veces he sentido los movimientos de sus cuerpos, los latidos de su corazón e incluso las vibraciones que me daban al tener hipo, “algún día extrañaré esto” dije pocos días antes de que naciera mi bebé.


Hoy es ese día, hoy lo extraño, pero agradezco a mi cuerpo por ese templo de amor.


Muchas veces he renegado de él, de su talla, de su peso, de su forma. Pero en este momento todo cambia.


Muevo mis dedos y solo puedo sentir la suavidad y el calor que emana. Siento como mi mano se amolda a cada curva, y me lleno de amor.


“Soy una pinche delicia” digo entre quejidos, disfrutando del movimiento de mi boca y la vibración de mi garganta al salir esas palabras.


Mi piel está sensible, mis pezones aún gozan del cosquilleo que dejaron mis manos y bajo un poco más.


Los vellos de mi sexo me recuerdan que no me he depilado, siempre con la excusa de ser mamá o no tener citas románticas, pero ¿a quién quiero engañar?


Lo hago porque descubrí que así mi aroma se queda más tiempo en mí. Porque el roce de aquellos vellos me genera una sensación inigualable.


Tal cual lo esperaba, mis bragas ya están húmedas…


Abro las piernas y sentir el aroma de mi sexo en mi nariz me provoca un orgasmo magnifico.


Siento como mi sexo se contrae, siento la palpitación de mi corazón entre mis piernas y sumerjo los dedos entre una capa de pelos para tocar el charco que yo misma he provocado.


Y al rozar lentamente mi piel, mi respiración comienza a acelerarse.


Rozo mi clítoris y puedo jurar haber visto una chispa salir de ese roce.


Muerdo mis labios para sentir cómo se acumula la sangre ahí mientras silencio mis gemidos.


Esta noche es solo mía, no quiero que nadie me detenga.


Y uno de mis dedos entra en mí, luego viene un segundo y toco el cielo.


Nada más existe, nada más importa.


Mi corazón retumba en mis oídos, en mi sexo, en mi cabeza, en mi placer.


Ahora tengo ambas piernas abiertas de par en par, unas bragas mojadas y una camiseta mal puesta exponiendo lo guarra y sexy que soy.


Dejo caer la cabeza de nuevo y comienzo a reír. Solo por sentirme tan bien, solo por ser yo.


Saco poco a poco mis dedos y un hilo de placer me une a mi sexo aún.


Lo atrapo en el aire y lo llevo a mi boca con una habilidad nata.


Cierro los ojos de placer cuando ese dulce caramelo llena mi lengua, me cosquillea la boca y chupo cual si fuera mi verga favorita los dos dedos que estuvieron en mí.


Esta noche dormiré con ese sabor en mis labios, esta noche dormiré sin pudor.


Porque soy lo más jodidamente sexy que podría existir.


Solo porque soy yo.



 
 
 

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