Aquel escritor...
- Lilhy Camacho

- 2 ago 2022
- 19 Min. de lectura
Ya pasan de las 8 y el evento todavía no empieza, mis zapatos son demasiado altos y este vestido me tiene aturdida, creo que debí haberme puesto el pantalón negro.
Por cuarta ocasión voy camino al baño para verme de nuevo en el espejo. Sigo sin creer que yo soy la del reflejo, el maquillaje que me hizo mi hermana me hace parecer una muñeca con grandes ojos y unos labios rojos de infarto, el vestido me encanta, a fin de cuentas lo compré justo para esta ocasión, la mejor amiga de mi hermana presenta su libro y ha invitado a grandes amigos y conocidos. Es el evento que hemos esperado por mucho tiempo, desde que nos enteramos que escribía su primer libro. Y ahora, estoy en unos tremendos tacones que me dan vértigo, un vestido que cubre mis brazos por completo, pero tiene toda la espalda descubierta y llega solo un poco debajo de mis nalgas, lo que me hace sentir un cosquilleo todo el tiempo.
Camino de nuevo a mi mesa, y me encuentro con mi hermana que luce radiante, nada como verla en su elemento. La veo hablar con un par de amigas y me detengo a saludarlas y robarme un poco del vino de su mesa.
Mientras estamos en los últimos estragos de una carcajada las luces se apagan y el escenario cobra vida, lucecitas rojas y moradas comienzan a iluminarse y una voz grave de hombre se escucha en el altavoz.
“Buenas noches” solo le bastó decir para captar la atención de todos en el lugar.
Mientras camino hacía mi mesa que está a unos pasos de donde estoy parada, miro hacía el lugar de donde viene la voz, y me encuentro con un par de ojos castaños que brillan junto con las luces detrás de él.
Está de pie con el micrófono en mano, tiene una sonrisa de medio lado y el cabello perfectamente acomodado, y comienzo un recorrido visual, porque el saco rosa que tiene puesto me roba toda la atención y me causa algo de incertidumbre… ¿rosa?
Bajo un poco más la mirada y noto que debajo de su camisa blanca se asoma un tatuaje y sin quererlo imagino como se verá sin ella, lo cual me hace sonrojar y sacudir un poco mi cabeza para dejar de pensar en eso.
Al levantar la mirada él me está analizando de arriba a abajo como un cazador ve a su nueva presa, pero supongo que es obvio, soy la única de pie en una habitación de más de 50 personas y lo estoy viendo como un caramelo dulce y jugoso, pero sigo sin tener idea de quién es.
Los acordes de una canción en un volumen excesivamente alto me espantan y me hacen girar tratando de entender qué pasa, al hacerlo me topo con la espalda de un amigo y al darme cuenta que solo era la canción de bienvenida para la estrella de esa noche suelto una carcajada y me agacho a darle un beso en la mejilla a Joy, que ahora me sonríe de vuelta.
Y luego recuerdo lo corto de mi vestido y me pongo de pie por completo para voltear a mi espalda y encontrarme unos ojos devorándome por completo. Su sonrisa perfecta, sus ojos, sus manos… todo apunta a mí y poco a poco acerca el micrófono a su boca, “Por favor, un aplauso para la mejor escritora de México”.
Todos se ponen de pie y vitorean mientras mi amiga entra brillando al escenario, y yo aplaudo con ellos mientras me pierdo en la mirada de aquel hombre con una voz increíble que le bastaron unas palabras para ponerme nerviosa.
Ahora sí, camino a mi silla y me siento mientras mi amiga comienza hablar de la increíble experiencia que fue escribir su libro, habla de algunos retos y dificultades que superó gracias a su amigo Alejandro, al cual presenta con gracia, y todos le brindamos un aplauso diplomático, pero ¿qué diablos estoy diciendo? yo me pondría de rodillas ante ese hombre sin problema.
Pensar en eso me provoca una risa de nervios que, desafortunadamente, se escucha más de lo que debería, porque sale justo cuando mi amiga hablaba de sus penas. Siento que toda mi sangre llega a mi cara, mi corazón palpita demasiado y como si todas las miradas fueran hacía mí, y no es así… solo hay una que está clavada hasta la médula. Y es la del guapísimo escritor que ahora se sienta a un lado de mi amiga.
Las últimas palabras se dicen, hay aplausos, lágrimas y más… después de unos momentos olvido al tipo atractivo del escenario y disfruto el momento con mis amigas. El vino pasa como si fuera simple agua, y el ambiente al terminar parece de un lunge lleno de amigos.
En la mesa principal mi amiga se pone a firmar libros y posa como modelo en cada una de las fotos, y nosotros formamos una fila en espera de ese momento con ella.
He contado y faltan ocho personas para que yo pase, mi ansiedad me hace contarlas una y otra vez como una especie de ritual para que avance más rápido el tiempo, y cuando paso por el número cuatro un roce en mi espalda me hace saltar y casi casi gritar del susto.
Al darme la vuelta me topo de nuevo con un saco rosa y de inmediato mi corazón salta. Levanto la mirada y su sonrisa parece la del mismísimo demonio, solo es unos centímetros más alto que yo, asumiendo que traigo unos tacones altísimos, seguro descalza y desnuda frente a él me vería mejor.
Otra vez, siento mi sangre llegar a mi cabeza, mis manos comienzan a temblar un poco y a sudar y siento que mis neuronas abandonaron mi mente y pusieron una película porno en su lugar.
- Perdón por molestarte, ¿tú eres Lilhy? - dijo en un tono muy seductor y la película en mi cabeza estaba en el mejor momento.
- Sí, Alejando ¿cierto? - contesté más segura de lo que imaginé, mientras daba medio paso para atrás y estiraba mi mano con el fin de que quitara su mano de mi cintura porque el cosquilleo de sus dedos le subía el volumen a la película que pasaba en mi cabeza.
- ¿Has oído de mí? - preguntó mientras apretaba ligeramente mi mano y me miraba como un dulcecito.
- Clarooo - contesté más animada de lo que debería, mientras hacía el gesto de leer un reloj en mi muñeca izquierda, que claramente no traía - Hace como una hora aprox.
- Ya veo - dijo fingiendo una sonrisa, y me di cuenta que me había sobrepasado con mi mal chiste, definitivamente soy mala tratando de ligar o conectar con alguien - Yo, bueno…
Ahora hablaba en un murmullo y algo no cuadraba, el cazador que había visto no era el mismo que ahora veía a todos lados buscando las palabras adecuadas, así que lo miré fijamente.
¿Será que sí me pasé? ¿Será tímido? La respuesta a ambas preguntas era un rotundo no. Pero al menos sirvió para ponerle pausa a la película de softporn que pasaba en mi cabeza y poner atención al hombre cuarentón que ahora se paraba frente a mí.
- He leído lo escribes y tenía una curiosidad inmensa por conocerte, cuando Valeria me dijo que estarías aquí supe que era mi momento, y ahora que te veo… eres mucho mejor de lo que pude imaginar.
Mientras decía esto el tono de su voz se quebraba más y más, su cuerpo se acercaba al mío y el aroma de su perfume dejaba una huella en mi cerebro, y la película de mi cerebro subió de nivel y veía todo rojo.
- ¿Pe - perdón?
Así es, una palabra, solo una fucking palabra entrecortada. No pude responder nada más. Mi corazón iba al millón, mi pecho subía y bajaba… Por instinto levanté mi mano y toqué su pecho, podía sentir sus latidos tan rápidos como los míos, ¿o eran los reflejos de mi corazón lo que sentía?
- Disculpa, creo que no te escuché - contesté mientras lo movía un poco hacía atrás discretamente, porque sentía que robaba todo el oxígeno de ese lugar.
- ¿Dije algo malo Lilhy?
Escuchar mi nombre en su voz fue lo que me hizo soltar el aire de una forma dramática y voltear en búsqueda de una salida. Otra vez me encontraba huyendo de algo que me podría gustar… y mucho.
- No para nada - contesté - solo me tomó por sorpresa, muchas gracias por el comentario, espero que de verdad disfrutes la lectura. Quiero una foto con mi amiga, pero nos vemos en otro momento.
Y al dar media vuelta me encontré que ella ya no estaba ahí, al parecer una foto con alguien fue más importante que firmar libros, y con eso mi excusa estaba terminada.
- Creo que ya no vas a poder - decía de nuevo en mi oído mientras posaba de nuevo su mano en mi cintura. - Ven, te invito una copa de vino. Te juro que no muerdo.
- ¿Muy duro? - Dije sin pensarlo, esos malos chistes que me salen por inercia.
- A menos que me lo pidas - contestó marcando más su mano en mi piel y dejándome sin aliento.
Me llevó a su mesa, hablamos de cosas absurdas y él manejaba la conversación a su antojo, notaba como entre bromas tocaba mi brazo o mi mano queriendo fingir que fue sin querer.
Por todos los dioses, me sabía mil y un juegos de seducción, siendo una escritora de erotismo era obvio que me los había estudiado. En mi cabeza había una clase de checklist que iba tachando uno a uno mientras él los usaba.
Desde pedir el vino por mí, ajustar mi silla, rozar mis brazos, hacer el juego de las miradas con la boca… jamás había estado con alguien con su seguridad y su confianza a la hora de seducir, así que me parecía divertido.
Las risas eran auténticas aunque no precisamente sobre la historia que contaba respecto a la vez que habló con Plácido Domingo o libró un triatlón con el corazón roto, eran más que nada porque este hombre sabía hacerlo.
Pasamos horas platicando, quedaban pocas personas en el salón y el aire frío se colaba de repente, y como estaba en su mesa, mi abrigo quedaba muy lejos de mí, así que se quitó el saco y me lo puso.
El calor de su cuerpo, el aroma a su perfume y sus manos recorriendo mi cuerpo para ayudarme a ponerlo fue la cereza del pastel. Había caído en su juego.
- ¿Tienes hambre? ¿Te gustaría ir a cenar conmigo? - preguntó.
- De hecho sí, pensaba ir a cenar con ellas - contesté mientras señalaba con la cabeza a mi hermana y mis amigas.
- No creo que les pase nada si van solas - dijo sumamente seguro de sí y me guiñó un ojo.
En realidad el hambre se me había quitado hace horas, el vino fluía en mi cuerpo y ahora tenía la curiosidad de cómo seguiría su juego.
- Vale, me iré a despedir entonces.
Su sonrisa triunfal fue encantadora, como si de verdad se alegrará, aunque yo sabía que solo era por avanzar en el siguiente nivel de su juego. Aunque pensándolo bien ¿quién de los dos estaba jugando? Era un misterio y lo iba a resolver.
Cuando me fui a despedir de mi hermana y mis amigas diciéndoles que me iba con él, Vale me abrazó y se emocionó, “sabía que ustedes dos se caerían genial”. Solo les sonreí al dar media vuelta y salir.
Al llegar al carro hice el comentario de que ya no aguantaba los tacones, en realidad no estoy tan acostumbrada a usarlos.
“¿No traes otros zapatos? Todas las mujeres traen unos en su bolsa” dijo mientras me abría la puerta del copiloto de su camioneta.
Levanté mi bolsa triunfante dejando claro que traía mi salvación ahí.
“Permíteme ayudarte” dijo mientras se agachaba y tocaba mi pierna desde el muslo y bajaba lentamente hasta llegar a la tira que se abrochaba en el tobillo, al quitarlo pasó la mano por mi pie dando un pequeño masaje que generaba chispazos de placer en mi cerebro, y sin quererlo, pequeños gemidos salían de mi boca.
Yo solo podía pensar “bien jugado, carajo”.
Hizo lo mismo con ambos y me ayudó a ponerme mis vans, ahora el look se veía medio extraño, pero yo estaba comodísima.
Mientras se subía acomodé mi cabello de una forma más casual, y saqué un pequeño suéter de mi bolsa, y ahora me veía mucho más casual. Era el poder de transformar la ropa.
Cuando llegamos a un pequeño restaurante italiano se dio la vuelta para abrirme el carro, y por un momento olvidé anotarlo en mi checklist mental, hasta que recordé el juego.
Cenamos una pasta deliciosa y más vino, la plática fluía, de verdad. Sabía escuchar, hacía preguntas adecuadas y seducía en todo momento, era un maldito master. Y estaba por llevarse el premio.
Al terminar de cenar, mientras servía las últimas copas de la botella, tomó mi mano y masajeó un poco mis dedos. Los destellos en mi cabeza volvieron y cerré mis ojos disfrutando ese tacto, no supe en qué momento se acercó tanto solo fui consciente que su boca rozó mi cuello y sentí una convulsión entre las piernas, mi cuerpo se amoldaba al suyo mientras subía de mi cuello a mi oído y rozó ligeramente con sus dientes el lóbulo derecho mientras guiaba mi mano hasta su entrepierna.
Cuando sentí aquel falo duro debajo de su pantalón abrí los ojos y lo miré.
Como bien lo sabía, hacía la danza de mi boca a mis ojos en espera de una señal, él no daría el primer beso, esa tenía que ser yo. Pero yo no jugaba su juego.
Me acomodé mejor, lo miré a los ojos y comencé a pasar mis dedos por su falo. Cada toque le provocaba un sonido nuevo, eran quejidos entrecortados que encendían su mirada, misma que estaba clavada en mis labios, cada vez que los lamía o mordía y masajeaba su pene, él ardía más y más.
Me acerqué a su boca, rocé sus labios y justo antes del beso me detuve. “ ¿Ya nos vamos?” pregunté.
Él soltó el aire y ajustó su postura, bajó su mano para tocar la mía que seguía dándole placer y lo hacía mientras pedía la cuenta.
Ese descaro, esa pose, esa maldita seguridad me tenía tan caliente que moría por arrancarle ese feo saco rosa y dejarlo desnudo a mi placer.
Salimos de ese lugar sin besarnos aún, pero hambrientos el uno del otro.
- ¿Qué tienes que hacer mañana? - preguntó.
- ¿Mañana?, nada especial, tengo algo de trabajo, pero nada que un par de horas en mi computadora no arregle.
- ¿Nada más? ¿El domingo? - preguntó mientras analizaba mil cosas en su cabeza.
- El domingo por la tarde tengo una comida familiar.
- ¿Puedes faltar? - me preguntó mientras me miraba ocasionalmente al manejar, no tenía ni idea del lugar donde me llevaba. Pero estaba segura que diría que sí a todo.
- ¿A mi comida? Quizá. ¿Pooooor? - Ahora mi voz estaba impregnada de un placer y emoción que se tiene cuando estás por recibir la mejor noticia.
- ¿Quieres pasar el fin de semana conmigo? - Su voz, su maldita voz era mi perdición. Tenía una mente que me nublaba la razón y ahora una invitación a pasar un fin de semana que sería único. La respuesta era más que obvia.
- ¿A dónde me vas a llevar? No traigo ropa, más que lo llevo puesto.
- Eso es lo de menos, dime que sí por favor.
Era más que obvio que diría que sí, yo también lo quería, aunque debo confesar que yo me imaginaba un acostón y ya. Pero siempre quiero más, querría más de él, de eso estaba segura. Y, por todos los dioses… lo iba a hacer mío a mi manera.
- Ok, soy tuya este fin de semana.
Frenó de pronto a media calle y me besó, sus labios chocaron con los míos y pude sentir como si algo explotara en mi cabeza y se llevara toda la sangre y palpitaciones en medio de mis piernas, me soltó y un segundo después siguió manejando.
Más tarde paramos a una tienda a comprar comida chatarra y algunas bebidas más, pero para ser honesta, el vino que había tomado ya me tenía más ebria que nada. Es raro que aguante mucho más un mezcal que una copa de vino.
Tomamos carretera y llegamos a un pueblito por Morelos, había lugares hermosos y remotos, y eligió una villa que parecía que nada pasaba por ahí.
Al llegar se bajó para pedir la habitación, mientras yo disfrutaba del calorcito que se sentía en el aire.
Al regresar con la llave en la mano, me besó, un beso de verdad, de esos que te dejan sin aliento, jugaba con su lengua mientras disfrutaba de la mía, mordía ligeramente mis labios, me tomaba del cabello y yo solo rogaba para que quitaran la palanca y las cosas que había entre nosotros.
Ambos estábamos famélicos, pero teníamos una habitación con nuestro nombre lista para recibirnos.
Al entrar el lugar olía delicioso, era fresco a comparación del clima de afuera, la cama era inmensa con una colcha blanca.
- Desde que te vi de pie con ese vestido en medio del salón he pensado en quitarlo poco a poco con mi boca.
- Me faltan mis tacones - le dije mientras lo miraba de una forma super coqueta.
- No te preocupes, ya llegará el momento donde solo vistas eso. Por ahora, ven. Déjame disfrutar de ti.
Me dio la mano y comenzó a bailar mientras tarareaba una vieja canción y me acomodaba a su antojo en mi cuerpo.
“Bailar bien” recordé anotarlo en mi lista de nuevo, al parecer solo le faltaba la casilla de *Folla gloriosamente* para ser el conquistador perfecto.
Pensar en eso me hizo reír mientras él comenzaba a besarme el cuello y mi piel respondía a su tacto.
- ¿Algo le parece divertido señorita Camacho? - dijo mientras me besaba el cuello y colaba su mano izquierda por mi muslo para tocar mi nalga deliberadamente.
- Un sinfín de cosas en realidad, solo que no vienen al caso.
Me sentía pletórica, como si viviera un sueño, como si uno de mis personajes saliera de la pantalla y convirtiera sus letras en unas manos que ahora rozaban mi piel.
- Estás para comerte enterita Lilhy - me dijo con una voz ronca que puso mis pezones en punta enseguida.
- Me encanta escuchar mi nombre en tu voz - contesté.
Ya sé, tiendo a ser muy cursi, pero era la verdad. Detalles así me fascinaban.
Coló sus manos debajo de mi vestido y comenzó a rozar mis nalgas deliberadamente, al momento de subir por completo encontró el encaje de mi tanga y siguió el camino hasta que ambas manos se tocaron por atrás, mientras yo recorría su cuello y sus hombros con las mías, estudiando sus facciones.
Si bien, no era tan guapo, la forma en que sus ojos ardían de pasión era lo más sexy que había en la vida.
- Una tanga de encaje es la mejor envoltura de mi regalo favorito - me dijo mientras comenzaba a besar mi cuello.
Yo ya no tenía respuesta para eso, lo sentía por todos lados, mi cuerpo ardía y sentía unas ganas inmensas de tenerlo entre mis piernas.
Puso ambas manos en mi cadera y me dio media vuelta mientras jalaba mi cuerpo hacía él para rozar de lleno mis nalgas en su falo que estaba tan duro que moría por probar.
Fue subiendo mi vestido hasta sacarlo por mi cabeza, mientras yo movía mis nalgas y gemía sintiéndome sexy y ardiente.
Al quedarme sin el vestido me quité los tenis y me presenté ante él solo con una tanga de encaje, mis perversiones y mi pasión.
- Eres una Diosa.
Dijo mientras se acercaba a besarme, marcando mi cuerpo con su calor. Sus manos me recorrían las tetas, presionaba un poco mis pezones y me hacía gemir libremente.
- Quiero escuchar como disfrutas conmigo - dijo mientras besaba ardientemente mi cuello.
Una de sus piernas se coló entre las mías y su muslo rozaba con el punto de placer que me hacía apretarlo más a mi cuerpo.
Me tomé de su absurdo saco rosa mientras movía mis caderas sintiendo como la humedad comenzaba a mojar mis bragas y su pantalón. Sus manos marcaban mi cadera y mis nalgas y cuando bajó su boca a mis tetas me corrí de la forma más épica que jamás imaginé.
Yo gemía, casi casi gritaba y su pierna era testigo de mi humedad preparándome para recibirlo.
Cuando mi respiración comenzó a controlarse me di cuenta que lo tenía sostenido por el cabello mientras él aún marcaba mis tetas con su boca. Respirábamos agitadamente, pero yo estaba solo con una tanga mojada y el completamente vestido con su estúpido saco que ahora me hacía reír.
Ahora podía decir que alguien con saco rosa me había hecho venir gloriosamente… pensar en eso me dio risa. Una risa que se me escapó mientras él me sostenía aún muy cerca de su cuerpo.
- ¿Todo bien? - Preguntó besándome en la boca lentamente.
- ¡Me parece una injusticia! Señor escritor… usted está jugando con desventaja. - dije tratando de respirar con normalidad, y fallando en el intento.
La risa ronca que le salió de la garganta alteró mis sentidos de nuevo, ¿cómo podía pasar eso?
- ¿A qué se refiere señorita Camacho? - su mirada ardía también.
- Lleva usted mucha ropa para mi gusto.
Y comencé a bajar el saco por sus hombros, al quitárselo lo aventé a un sofá lejos de nosotros. Él no se movía, solo me miraba con una sonrisa de medio lado mientras yo comenzaba a desabrochar uno a uno los botones de su camisa blanca, descubriendo los tatuajes de su pecho que moría por conocer.
Uno a uno salían mientras la camisa ahora caía de sus brazos a nuestros pies. Al desabrochar su cinturón y el botón de su pantalón una mano en mi barbilla me distrajo de mi trabajo.
Al mirarlo a la cara de nuevo él negaba con la cabeza lentamente mientras veía en lo más profundo de mí.
- Eso se desabrocha con la boquita nena.
Solo eso fue suficiente para que lo mirara a los ojos con atención mientras poco a poco fui bajando hasta quedar de rodillas ante él.
Primero pase mi lengua por la silueta de su pene que vibraba ante mi toque hasta llegar al cierre, con cuidado lo tomé entre mis dientes y lo bajé lentamente con una audacia que hasta a mí me sorprendía. Al terminar, bajé lentamente su pantalón, descubriendo unos bóxer negros que mantenían en su lugar una verga perfectamente dura para mí.
Comencé a besar y dar ligeros apretones mientras lo miraba a los ojos, y me perdía en los pequeños gemidos roncos que salían de su garganta.
Llegó un punto donde él no pudo más, y con una mano tomó todo mi cabello en una coleta mal agarrada y con la otra sacó su verga de los bóxer.
- Escúpele - eso era una orden en todos los sentidos.
No sé si fue por su voz, por su verga que ahora estaba a unos milímetros de mi cara o el escozor en mi cabello, pero eso me pareció lo más sexy del mundo.
Al hacerlo y ver gotas de mi saliva deslizarse por la punta, no pude resistir más y probé el sabor de la perla de placer que se asomaba en la cabecita.
Un sabor dulzón llenó mi lengua y mi cerebro explotó de emoción al querer probar más y más de él.
No estoy segura si era yo la que llevaba el control o si lo hacía él con su mano en mi cabello pero follarlo de esa forma, y sentir como se tensaba cuando lo metía hasta el fondo de mi garganta comenzaba a ponerme más y más caliente.
Una de mis manos lo tomaba y se deslizaba desde la punta hasta los huevos, de vez en cuando los acariciaba también. Pero la otra, ahora jugaba y rozaba con mi clítoris dándome un placer inigualable.
Yo estaba por terminar de nuevo, temblaba de placer, mi boca estaba llena de saliva y de líquido que venía de su verga… cuando me soltó el cabello y levantó mi cara para mirarme a los ojos.
- ¿Puedo? - preguntó.
Su dick se movía de adelante para atrás lentamente, solo rozando la puntita con mi lengua mientras esperaba mi respuesta.
Yo jadeaba, estaba a punto de terminar cuando él bajó la velocidad, pero agradecí el gesto de hacerlo.
Pasé mi lengua desde los huevos muy lentamente, recorrí cada centímetro, mientras dos de mis dedos jugaban en mi interior. Y él perdió el control de nuevo…
Metió su verga hasta mi garganta y con movimientos perfectamente medidos sentí como brotaba un líquido caliente por mi garganta.
Un par de roces más en mi clítoris y sentir su sabor, me dieron un orgasmo monumental, mucho más fuerte que el primero.
Jugaba con mi lengua, sentía pequeñas gotas caer en mis tetas y un par de dedos marcados en mi barbilla. Al abrir los ojos, él me miraba como nunca nadie. Ver su cara me dio las últimas contracciones del orgasmo y caí de nalgas sobre mis pies, alejándome de él, viéndolo por primera vez desnudo ante mí.
Dio dos pasos hacía atrás hasta chocar con el respaldo de un sofá y recargarse un poco, mientras yo permanecía de rodillas limpiándome un poco las tetas.
- Verte así es una poesía, pero ¿te quieres dar un baño conmigo?
Yo lo miraba tratando de descifrar de dónde venía eso. Recordando que esto solo era un juego de ambos, pero en ese momento yo estaba cansada y saciada. Un baño me caería perfecto.
- Mientras lo piensas voy a llenar la tina.
Fue lo que dijo antes de caminar hacia el baño y dejarme ahí sentada en el piso, analizando los dos orgasmos que acababa de tener.
Me levanté y puse toda nuestra ropa en el sofá donde estaba su saco, busqué mi teléfono y puse un poco de música.
Aerosmith comenzó a sonar y mientras cantaba escuché que a lo lejos Alejandro me llamaba en el baño, así que tomé un par de toallas y me metí con él.
La tina estaba llena hasta la mitad y salía vapor del agua, él estaba gloriosamente desnudo parado a un lado y yo me sentía tan sexy que amaba pasearme desnuda frente a él.
Me dio la mano para entrar a la tina con mucho cuidado, el agua estaba ligeramente caliente, y el contraste de temperatura me hizo un corto circuito. Al sentarme me pidió que me hiciera para delante y se sentó justo detrás de mí, rozando mi cuerpo en todo momento.
- Déjame cuidarte - dijo mientras pasaba su mano con jabón sobre mis pechos, donde momento atrás había caído gotas de su placer.
Conversar con él era una delicia, tenía millones de historias que contar, por momentos era tan cuidadoso que olvidaba que solo era un juego de una noche, o en este caso, un par de noches.
Mientras pensaba en esto cerré mis ojos disfrutando del masaje que ahora me daba en ambos pechos, y aprovecho para poner su boca en mi cuello y hablarme mientras me besaba.
Me sorprendió diciéndome qué tanto le gustaba leerme. Así que abrí los ojos con sorpresa para darme media vuelta y mirarlo a los ojos.
- ¿Es en serio que me has leído? - pregunté con una emoción como una niña chiquita esperando el mejor regalo.
- Sí muñeca, no mentía… Hace un tiempo, cuando trabajaba con Vale me contó de ti, así que te busqué, primero por curiosidad, después descubrí que me encantaba escuchar tu voz, y esas historias me llevaban a anhelar un lugar genial.
- ¿Qué lugar? - dije sonriendo más de lo que debía.
- Este… - dijo mientras colaba una de sus manos entre mis piernas.
Comenzó a masajear el punto de mi placer mientras que la otra mano permanecía en mi cadera para que yo no me moviera de ese lugar.
Comencé a sentir mi cuerpo arder, mis gemidos acompañaban sus gruñidos y mis manos bajaron de su pecho hasta su verga que ahora estaba dura para mí.
Lo tocaba al mismo ritmo que él lo hacía conmigo, cada vez más rápido, más delicioso, cuando de pronto puso ambas manos en mi cadera y me levantó un poco para ayudarme a ponerme sobre él.
- Déjame entrar en ti pequeña.
Cinco palabras llenas de pasión que me hicieron acomodar su falo en la entrada de mi sexo y bajar lentamente, sintiendo como abría paso para él.
Sus manos en mi cadera marcaban la cadencia para bajar, veía su cara disfrutar al entrar de lleno y dejarme ahí un segundo, para levantarme de nuevo y bajar hasta que sus huevos tocaron mis nalgas y el placer era sublime.
Me tomaba a su antojo, besaba mi cuello, mi boca, mis fantasías y mi placer. Me hizo suya hasta que ambos terminamos agotados, sentía mi interior arder por su pasión, mi corazón latía tan velozmente que pensé que moriría, y qué sublime hacerlo en unas manos tan expertas.
Cuando por fin pudimos calmarnos, sentía su verga vibrar dentro de mí aún, queriendo encontrar el tamaño adecuado para permanecer ahí. Y mi sexo, aún saciado lo oprimía con las últimas contracciones de aquel devastador orgasmo. Su voz me arrullaba y yo me dejé querer.
Minutos más tarde el agua ya estaba fría y yo comenzaba a quedarme dormida, así que muy a mi pesar me levanté, él me siguió y tomó una toalla que me cubrió por completo el cuerpo, para darme un beso en la frente y caminar junto a mí mientras amarraba una toalla en su cadera.
Nos metimos a la cama desnudos, disfrutando de la frescura de las sábanas y la suavidad de nuestra piel en contacto.
Mis ojos se cerraban de cansancio y plenitud, su voz aún me arrullaba y caí en un sueño donde yo estaba con el mayor conquistador… y le entregaba todo sin pensarlo.
Y aún nos quedaban dos días juntos.






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