Después del paseo
- Lilhy Camacho

- 25 jun 2020
- 11 Min. de lectura

Lo mejor de mi día es llegar a casa, no importa que tan cansada esté o cómo haya sido el día, el simple hecho de abrir la puerta y ver a T-bone en junto a su cama que día a día destruye un poco más, me alegra de sobremanera el corazón. Es un bóxer de año y medio que vive conmigo, el perro más fiel y protector que hay en el mundo.
Llegó a mí cuando tenía apenas dos meses de nacido, era tan pequeño que le daba leche en una mamila y cabía en mi mochila favorita. Cada mes puntual lo llevaba a sus vacunas hasta que me dieron permiso de sacarlo a pasear.
Sus primeros paseos fueron por el parque que queda muy cerca de mi apartamento, verlo correr entre el pasto y el par de fuentes que hay era genial, así que lo tomamos como una divertida rutina.
Cada día en la mañana lo sacaba a correr conmigo antes de irme a trabajar, al llegar en la tarde salíamos a dar un paseo tranquilo, todos los días.
Cuando lo recogí era tan pequeño que de broma le decía que un pedazo de T-bone tenía más carne que él, por eso se llamaba así… con muchos cuidados y amor fue creciendo hasta ser un perro que, en dos patas, era mucho más grande que yo. A veces correr junto a él implicaba que me llevara como si fuera una corbata en el aire.
Tenía un par de días que había notado que se quería hacer amigo de un perro en particular, un pitbull negro, al parecer es de su edad porque no tuvieron ningún problema en jugar con la misma mariposa que volaba cerca, aunque no podría asegurar nada, estoy lejos de calcular la edad de un perro, una planta o una persona.
Nunca había visto a su dueño o dueña, porque este era la clase de perro entrenado que puede estar sin correa, lo cual me encantaba… de hecho un par de veces me dejó tocarlo y fue sumamente hermoso.
Un par de días después estaba tan cansada, que al llegar a casa me quite el vestido que lleve a la oficina, las medias y los zapatos altos y me puse un pants con la idea de hacer un poco de yoga más tarde; una camiseta y una sudadera fueron el look final para que
T-bone y yo camináramos por ese mismo parque.
El maquillaje que traía no quedaba con mi aspecto, mi pelo planchado hizo que mi peinado fuera aún más extraño, pero ni hablar, T-bone me aceptaba tal cual era y este era nuestro momento.
Caminamos unos minutos hasta que encontramos a nuestro nuevo amigo, pero esta vez fue un poco más extraño. Al agacharme a saludarlo se sentó como si hubiera recibido algún tipo de orden, eso nunca había pasado. T-bone trató de hacerlo y en cuanto se sentó nuestro nuevo amigo me dio la patita, lo que me hizo amarlo un poco más… y esta vez me di cuenta que fue un silbido lo que hacía que el reaccionara así. Eso era magia para mí, a fin de cuenta mi perro era tan disperso y desobediente como yo.
Al voltear a buscar al dueño de este cachorro, me encontré con un chico unos cuantos años más grande que yo, no podía decirte cuantos, pero la mirada y sonrisa que me ofrecía definitivamente demostraban una clara experiencia en el tema.
Esa sonrisa tan segura y coqueta, que a pesar de que venía con ropa deportiva se sentía dueño de la situación. Verlo fue una imagen en cámara lenta, donde fui captando poco a poco su imagen, un par de tenis negros, pants azul que le marcaba unas pantorrillas trabajadas, unas piernas de campeonato y de paso un verga que al parecer tenía el tamaño y la forma perfecta para mí. Al subir un poco más la mirada pude encontrarme con una playera gris, lisa y ajustada que marcaba unos brazos perfectos y podría apostar lo que fuera que escondía seis cuadros perfectamente diseñados.
Cuando llegué a su sonrisa estaba más acalorada que nada, y él lo sabía, esa sonrisa de medio lado lo demostraba…
Traté de fingir demencia y jugué de nuevo con el perro mientras murmuraba un poco nerviosa “¿Es tuyo?” Mi corazón estaba muy acelerado, justo el día que mi look no era el mejor me encontraba con este adonis. Pero al voltear a verlo el estaba perdido en la curva de mi trasero, viéndolo y analizándolo centímetro a centímetro, mientras estaba de cuclillas frente a nuestros perros.
Al darse cuenta de que lo veía solo sonrió, descaradamente… ni siquiera se molestó en disimularlo.
Eso me puso un poco más ardiente, definitivamente él sabía lo que quería y curiosamente yo buscaba lo mismo.
Imaginarlo entre mis piernas aumentaba más y más mi temperatura, pero traté de disimularlo lo más que pude. Me puse de pie y por instinto pasé ambas manos por mi trasero y me di cuenta de que se notaba la orilla de mi cachetero sobre la tela de mi pantalón. Ahí claramente estaban esos centímetros de encaje rojo delatando mi antiguo look. Por el análisis que le hizo a mi trasero apostaba que ahora sabía que traía unos cacheteros rojos de encaje… la ecuación era fácil.
Al ponerme de pie, con mis tenis de correr pude notar la clara diferencia de altura entre ambos. Casi 20 centímetros más alto que yo y juraría que lo mismo era en tamaño en general. Su cuerpo bien trabajado me encantaba.
- ¿Es tuyo? - pregunté algo nerviosa, él tenía ese efecto en mí.
- Si, es mío – contestó mientras volvía a sonreír de forma coqueta.
- Creo que ahora tiene un nuevo amigo – le dije mientras veía a los perros jugar.
Una vez más, al voltear de nuevo a verlo él estaba analizando mi cuerpo como si fuera una obra de arte.
Esta vez fue el escote que se asomaba sobre la tela de mi camiseta blanca, su mirada fue tan intensa que por inercia cerré un poco el cierre de mi chamarra, pero tuvo el efecto contrario porque esto apretó mi pecho y ajusto un poco más mi camiseta y la tela de mi sostén rojo se descubrió un poco.
Estoy segura de que pude ver como suspiro un poco con esto, y en respuesta a eso un gemido a lo bajito salió de mí.
- ¿Cómo se llama? – dije para que quitara su mirada de mi pecho, porque eso estaba poniendo mis pezones sumamente duros y cada vez se marcaban más sobre la tela de mi ropa.
- Toro – dijo mientras pasaba su vista de mi escote a mis labios y como acto de reflejo se tocaba su miembro. Imaginarlo duro por mí me hizo, inconscientemente, humedecer mis labios.
- El mío se llama T-bone, creo que se llevan bien
- Pues yo creo que están algo sedientos. ¿Tú no?
- Yo no los veo sedientos
- No, ¿si tú estás sedienta?
- Aaaaa - solo pude decir mientras me quedaba sin aliento una vez más, mi cabeza se llenaba de imágenes de agua, su cuerpo perfecto, su sonrisa, y yo perdiendo el control por él.
- Mi departamento está muy cerca, podemos ir ahí para que ellos tomen agua, y si quieres tu y yo podemos tomar una cerveza.
- Lo siento, me encantaría… pero tengo un compromiso más tarde.
- ¿Sí? ¿Qué tienes que hacer? Cuéntame un poco más de ti.
Las última seis palabras las dijo en un tono ronco, ese que invoca a la hombría, que me hace sonrojar y pensar en todas las guarradas posibles.
Mis pezones se ponían cada vez más duros… y daría lo que fuera por sentir sus perfectos labios alrededor de ellos. Mientras mis manos sudaban y mi entrepierna palpitaba.
- Voy a…
En ese momento Toro me empujó con tal fuerza que salí disparada, tuve que dar un par de pasos mientras ya casi podía sentir mi cara contra el piso y mis rodillas moradas, cuando un par de manos me agarraron por la cintura y detuvieron mi caída. Justo en el momento en que T-bone jaló la correa y literalmente nos hizo tropezar a los dos.
Un paso de él nos dio la estabilidad que necesitábamos para no caer, pero no evitó que sintiera lo duro que estaba, literalmente ambos nos habíamos repasado con todo el cuerpo.
- ¿Estás bien?
- Creo que sí, este perro no tiene paz en su corazón – dije mientras recuperaba la postura.
- Jajajaja
Una carcajada salió de su garganta, la misma que me hizo reír a mí también.
- Anda, acepta una cerveza en mi casa
- Ok, solo una y ya, porque tengo una llamada importante en un par de horas
- Prometo que solo será una
Y como niño chiquito comenzó a caminar sabiéndose ganador.
Durante el trayecto me contó un poco más de él, en cada oportunidad que tenía me tocaba, si no era un roce en mi brazo, me tomaba por la cintura para detenernos en una esquina, me quitaba alguna pelusa de mi hombro o simplemente pasaba ese extraño mechón de mi cabello por detrás de mi oreja con un roce tan suave que me ponía más y más húmeda.
Su departamento tenía una vista hermosa, una clara ventaja de vivir en un décimo piso, los ventanales eran perfectos. Al entrar Toro y T-bone corrieron a tomar agua y de paso un poco de croquetas, yo me quedé admirada por la vista, y en un acto de inercia caminé hacia la mesa de billar que estaba junto a la ventana.
Durante mis años en la universidad era fanática de jugar, ahora tenía unos cuantos años que no lo hacía, pensarlo me hizo sentir un poco de nostalgia así que recorrí con la punta de mis dedos la suavidad de la mesa mientras poco a poco recordaba esa época.
En un acto de reflejo, él hizo lo mismo desde mi cuello hasta mi hombro mientras se paraba detrás de mí, tan cerca que podía sentir su verga dura en mi trasero. Todo era magia, todo se daba solito.
Fue casi involuntario dar ese paso atrás para rozarme descaradamente con él, mientras le ofrecía mi cuello para que hiciera lo que quisiera… y así fue. Primero un pequeño roce con sus labios húmedos y después un suspiro que marcaba mejor el cambio de temperatura y erizaba mi piel.
Me acerqué un par de centímetros más y sentí sus manos recorrer mi cadera, subir por mi cintura y parar en mi pecho para aprisionarme por completo para sentir como su verga se ubicaba exactamente entre mis nalgas.
Mientras besaba mi cuello y masajeaba mis pezones sobre la tela, movía perfectamente su cadera haciéndome gemir más y más.
Mis manos me sostenían de la mesa y era lo único que me anclaba a la tierra, porque sus besos en el cuello, sus gemidos de hombre, sus manos, su cuerpo, su calor… me estaban haciendo perder el juicio.
De repente escuche un ladrido, dos… tres. Y abrí los ojos, la luz que entraba por los ventanales me hicieron deslumbrarme y caer en cuenta qué estaba pasando.
Así que me separé de él, detuve todo.
Un poco extrañado y apenado se hizo dos pasos atrás.
- Lo siento, me dejé llevar
- Lo sé, pero esto no debe ser, me tengo que ir
- No, espera. Lo siento, de verdad
- No te preocupes, ambos perdimos el control
- No te vayas, prometiste una cerveza, tómatela y ya
- No creo que sea lo adecuado
- Pero, no le haces daño a nadie por una cerveza, ¿o sí? – Y ahí estaba, esa sonrisa de nuevo.
- Ok, creo que una cerveza está bien – esa sonrisa me desarmaba
- Vale, espera aquí
Camino seguro a la cocina mientras podía ver como se tocaba, estaba segura de su incomodidad porque sentía lo mismo.
Me trajo una corona super fría, que al destaparla pude escuchar el canto de los ángeles, o bueno, no tanto, pero vaya que me venía perfecto.
Tratamos de mantener una extraña conversación, pero ambos seguíamos calientes y jadeantes, así que no hilábamos más de dos palabras. Además de que hacía un calor inmenso, así que me quité mi chamarra y poco a poco me fui acomodando junto a la mesa. Sin pensarlo intenté sentarme en la mesa, pero al brincar mi pantalón se resbaló y fue un fracaso monumental.
- ¿Te ayudo?
Dijo mientras sentía sus manos en mi cintura y me levantaba para hacerme subir en la mesa y quedar frente a frente.
Por inercia al sentarme ahí abrí las piernas para que se pusiera de pie en medio de ellas, y así podía sentirlo en el lugar adecuado. Ambos podíamos hacerlo… estaba segura de que él podía sentir lo caliente que estaba.
Sus ojos se posaron en mis labios y acto seguido uno de sus dedos los rozó lentamente, un toque que me hizo sentir escalofrío en todo mi cuerpo…
- Eres sumamente sexy, ¿lo sabes?
No podía contestar, no podía pensar, no podía hacer nada más que desear un beso de él.
Lentamente se acercó y a pocos centímetros de mí se detuvo y me miró, entonces entendí que me estaba preguntando, no iba a hacer nada que yo no quisiera. Pero a quién quería engañar, desde que lo vi en el parque deseaba justo esto.
Y me besó, al principio lento y suave… pero cuando me moví un poco hacía delante para rozarme descaradamente con su verga todo cambio, esa era la señal que necesitaba.
Puso su mano en mi trasero y se pegó totalmente a mí, regresando a ese movimiento que ambos disfrutábamos.
Sacó mi camiseta por mi cabeza y al ver mi sostén que con trabajo cubría mis pezones tan duros por él, soltó un suspiro. Acto seguido liberó uno y lo llevó a su boca para hacerme tocar el cielo así. Sentía su cuerpo y su calor por todas partes. Y mientras me reponía de ese primer orgasmo, me recostó un poco sobre la mesa solo para bajar mi pantalón y hacerme quedar en ese cachetero que disfrutó desde nuestro encuentro en el parque.
Y comenzó a besarme sobre la tela, era tan delgada que sentía la humedad de su boca perfecto, pero la tela le daba un cosquilleo interesante. Yo movía mis caderas de arriba abajo para sentirlo en todas partes. No paró hasta sentir como me venía en su boca y mojaba mis bragas por él.
Poco a poco me las quitó y sacó su verga, no supe bien en qué momento fue, yo estaba perdida en el placer del segundo orgasmo… solo fui consiente de unos pequeños golpes en mi clítoris que eran de su verga, tan dura y preparada para entrar… pero él disfrutaba de esos golpecitos.
Y, de repente entró… hasta el fondo, sin parar en nada.
El rugido de hombre que dio me hizo contraer los músculos y sentir como se hinchaba dentro de mí. Salió por completo y una vez más volvió a entrar hasta el punto de que sus huevos chocaron con mis nalgas y me hizo gritar de puro placer. Y así una, dos, tres veces más y yo estaba perdida en el placer.
Sus manos pasaban de mi cintura a mi pecho y de ahí a mi boca, para hacerle una felación a su dedo mientras el entraba y salía de mí.
Cada vez lo sentía más tenso, más duro, más hinchado… sus embestidas eran intensas y de repente se salió de mí y me miró como estoy segura el Diablo te mira antes de robarte tu alma.
Me estiró la mano y yo le di la mía para ponerme de pie, y darme la vuelta.
Juraba que me lo metería desde atrás pero no, subió solo una de mis piernas en la mesa y pasó su boca por mi culo. Eso fue la bendita gloria.
Sentía su lengua por todos lados y cuando un par de dedos se sumaron estaba totalmente extasiada y antes del orgasmo se detuvo, y sin pensarlo me dio una nalgada.
El dolor, la desesperación y la excitación se unieron para romperme en pedazos cuando entro de una embestida perfecta hasta el fondo.
Juro que tocamos el cielo los dos. Mis músculos se contraían con el orgasmo y sus embestidas eran acompañadas de besos y mordidas por mis hombros, mi cuello y mis brazos. Sostenía mi cabello con una mano y mientras se venía deliciosamente dentro de mí fue dejando besos a su paso.
Salió lentamente y fui consciente de cada centímetro moviéndose.
Y así, poco a poco fuimos recuperando la postura.
Cuando por fin quedamos de pie, me abrazó y unió las partes de mi conciencia que se habían perdido en esa fabulosa cogida. Me besó la frente y se recargó en la mesa mientras me sostenía en el abrazo entre sus piernas.
Ahí los dos de pie pudimos ver cómo se hacía de noche a través de la ventana.
Al ver la hora me vestí y me despedí de él, porque tenía una videoconferencia de mi trabajo.
Cuando salí de su casa prometimos que próximamente nuestras mascotas jugarían de nuevo.




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