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Divina juventud

  • Foto del escritor: Lilhy Camacho
    Lilhy Camacho
  • 8 feb 2020
  • 12 Min. de lectura

No me creo una señora mayor, ni mucho menos. Tengo una vida tranquila y juiciosa, después del divorcio me he enfocado en trabajar y hacer que los niños lo pasen lo mejor posible, después de todo fue un gran cambio.


El ejercicio me ayuda mucho, algunas amigas me han dicho que incluso estoy obsesionada con eso. Es cierto que baje algunas tallas desde que entré al gimnasio, pero eso es lo de menos, me gusta estar ahí. Con mis audífonos a todo volumen, mi botella de agua y 2 horas que cambian mi humor día tras día.


He conocido personas nuevas, pero él sigue presente en mi vida, aún no estoy preparada para una relación nueva, los hombres por ahora me dan igual. Y en un intento de “experimentar” me di cuenta de que el sexo con mujeres es interesante solo en los videos porno, en mi realidad besar a una mujer resultó lo más extraño que me ha pasado. Además, después de ese beso se sentía dueña de mi tiempo, ¿así de locas estamos todas las mujeres?


El punto es que mi vida ha cambiado demasiado, hoy ya no soy la misma que tomó la decisión de dejar la vida que conoció por más de una década para ser la cabeza de mi familia, y eso ha sido demasiado fuerte para mí.


No te voy a engañar, he conocido a algunos hombres que se interesan por mí, incluso un par de propuestas de escaparnos el fin de semana me he dado el lujo de rechazar, porque siempre encuentro algún defecto en ellos. David era muy intenso, Raúl siempre preocupado por mis horarios, Daniel intentó que dejara el ejercicio diciendo “ya es suficiente”.


Ninguno de ellos llegó a ser tan importante como para dejarlos entrar en mi vida, mucho menos en mi cuerpo. A estas alturas no cualquiera puede tenerme.


Lo más lejos que pude llegar fue besarme con Daniel cuando salimos de una fiesta con mis amigos, no sabía si llevarlo o no, pero parecía un buen sujeto, así que fuimos juntos, tras varias copas de vino, el estaba mucho más ebrio que yo. Al salir, camino al auto me abrazo de una forma muy sexy al principio, una mano en mi cintura y otra en mi cuello mientras me hablaba de una forma muy ronca al oído, y yo me dejé llevar… mis manos subían por sus brazos y él me apretaba más a él.


Su boca subió por mi cuello hasta mis labios, fue un beso arrebatador, que me dejó sin aliento, pero cada vez me oprimía más a su cuerpo. Hubo un momento que yo quise respirar y me separé de él. Entonces tras un gruñido me preguntó cuánto más se tendría que esperar. Y supe que no quería estar ahí, así que mientras me marchaba él soltó mil y un insultos, sin poder creer que no sería para él.


Eso fue hace un mes, desde entonces cada tipo que se pone en mi camino lo dejo en el olvido. Y para pasar las largas noches sola en una cama King size tengo un par de juguetitos que me hacen feliz, y así estoy bien.


O eso creía yo...


Resulta que tuve una junta para escuchar el feedback de un proyecto en el que estamos trabajando, el cliente es un amigo de mi jefe de hace años, he hablado con él y las veces que nos hemos visto siempre ha sido super formal, como todo en mi trabajo.


Al llegar a su oficina, que es un apartamento donde rentan habitaciones para universitarios, nos tocó hablar del tema mientras un chico cocinaba en boxers, tenía un cuerpo perfecto y trabajado, una piel blanca y con algunos moretones en ciertos lugares.


Al verlo todo se borro de mi mente y me perdí en él, en la forma tan sexy de verlo cocinar, descalzo, sin preocuparse de nada, más que de su omelette con espinacas y aguacate que olían delicioso, y mientras tostaba su pan, y se estiraba por sacar los platos de la alacena sus músculos se tensaban de una forma perfecta, tenía una espalda grande y una cintura perfectamente trabajada, unas nalgas de campeonato que daba todo por tocar… y unas piernas que se convirtieron en mi nuevo vicio.


La conversación con nuestro cliente se alargaba cada vez más debido a que estaba un poco distraída, llegó el punto donde quisieron para para preparar un café y un pedir algo más de comer. Y sin pensarlo dos veces me acerqué a la cocina atraída por ese Adonis que podía ver desde la oficina.


Al llegar a la puerta él notó mi presencia, giró hacía mí y me dio la más coqueta de las sonrisas que he visto en mi vida. Una sonrisa que se enmarcaba en una barba perfectamente cuidada, unos dientes blancos y perfectos, que le llegaba a los ojos marrones de niño.


Por todos los Dioses, ahí estaba yo a dos metros de él, comiéndomelo con la mirada, disfrutando plenamente de estar ahí, y siendo consciente de que le llevó al menos 10 años de diferencia… y eso es demasiado, al menos para mí.


Su sonrisa, su seguridad, su altura, su cuerpo, su pelo despeinado, su boxer debajo de la línea de su cadera y su juventud me quitaba el aliento. No podía hacer nada más que verlo. Mi imaginación no me daba para más que tocarlo y saber si era real, su piel se veía perfectamente limpia. Por lo general me gustan los hombres mayores, con tatuajes y con historias interesantes que tengan por contarme. Pero este niño rompía con el molde, sus moretones le daban un aspecto extraño.


Cuando notó que estudiaba con la mirada el que tenía en el hombro derecho solo sonrío y dijo en un excitante tono argentino: “La práctica de ayer estuvo muy dura”, mientras apuntaba con la cabeza del otro lado de la habitación donde estaba la sala de estar, ahí se encontraba un casco y uniforme de un jugador de americano… era fácil unir las piezas.

Al regresar la mirada a él ya se encontraba dos pasos más cerca de mí, y yo casi me desmayo con tal de caer en sus brazos. Así de cerca yo le llegaba al pecho, y podía sentir su respiración cuando dijo “Mucho gusto soy Andrés”, estiró una mano para poder tocar la mía.


Mi mano temblaba, sentía que jadeaba y ni siquiera lo había tocado. Y cuando por fin pude darle la mano me jaló sin nada de vergüenza y me dio un beso en la mejilla.


“Lilhy” solo pude decir, por alguna razón tenía ganas de presentarme como “mamá de dos niños, recién divorciada, en la crisis de los 30´s y por favor hazme tuya aquí mismo”, pensar en esto me dio risa y él sonrió conmigo, supongo que creía que le coqueteaba, y sí.

Un segundo después mi jefe y su amigo entraron en la cocina, se presentaron y tomaron algo de comer como si nada pasara ahí. Y yo hiperventilaba.


Mi jefe se presentó con él, hablaron de futbol americano, del tráfico de la ciudad y de lo que hacíamos nosotros ahí. Sacó un par de tarjetas de presentación que siempre cargaba, de él y mías. Yo odio dar esas cosas, pero él insiste que es más profesional que pedir el teléfono y decir “te mando un whats”, no lo sé… yo solo podía pensar que ahora tenía mi teléfono.


Salí de la reunión con un ligero color en las mejillas y un brillo en los ojos que no veía desde hace mucho tiempo, aunque en mi juicio aún no entendía cómo es que un niño me pudiera hacer sentir así.


Pasaron tres días y yo no podía olvidarlo, muchas veces me vi en la necesidad de tocarme pensando en él, en cómo me podría hacer suya, cómo me besaría, imaginar la forma en que podría pasar mi boca por esos hombros perfectos, imaginar su olor y su calor me daban los mejores orgasmos, y estaba rico… pero necesitaba algo más.


Estaba a punto de escribirle a alguno de mis prospectos de pareja, pero no era lo que yo quería. Yo tenía antojo de un niño que juega futbol americano.


De pronto, me llegó un mensaje de un número desconocido que decía: “Fue un gusto conocerte, gracias por la información, pero en este momento no estoy interesado, buen día”


Lo primero que creí es que era algún prospecto de cliente al que había contactado, pero la respuesta automática de mi chat hizo que el siguiente mensaje fuera mucho más extraño.

“Perdón, creí que este era el otro contacto… entonces tu debes ser la chica sexy que iba con él”


Al leer eso la curiosidad me mató y entré a ver su perfil antes de contestar nada, y ahí estaba con su sonrisa de niño en la cima de una montaña con los brazos abiertos. Una foto padrísima que me hizo sonreír.


“Hola. Disculpa, no comprendo tu mensaje, ¿te puedo ayudar con algo?” fue la respuesta más seria que pude poner, obviamente no podía ponerle que me lo quería comer a besos, o que quiero que me folle como nunca en mi vida y saber que tanto le ha enseñado la vida… o mejor aún qué tanto le puedo enseñar yo.


“¿Lilhy? Soy Andrés, te conocí hace unos días en mi apartamento, ¿me recuerdas? ¿al chico que comías con la mirada en la cocina?”


Y sí, literalmente escupí mi café al leer eso, porque, bueno, una debe comportarse.


“A sí, el chico que no usaba pantalones ni porque había visitas en su casa. Claro que te recuerdo, ¿cómo estás?”


No sabía qué hacer ni que decir, y cuando eso pasa hago los comentarios más desatinados, justo como el que acababa de escribir.


“¿Cómo te parece que estoy?


Puff, es en serio que me preguntó eso.


“No sé, no me acuerdo muy bien, ¿puedes refrescar mi memoria?”


Literalmente no sabía que esperar de esa respuesta, esperaba una foto, un vídeo, una llamada o una visita inesperada donde me quitara toda la ropa con un jalón, y cuando me tuviera en tanga y en tacones me pusiera en cuatro sobre el banco y me metiera toda su verga haciéndome sentir el cielo, mientras yo le pedía más y más y más.


“Claro, ¿te veo hoy a las 7 pm?”


El sonido del mensaje me despertó de mi ensoñación cachonda, pero al leer el mensaje mi corazón palpitó a mil por hora, al punto que las sentía entre mis piernas y un ligero jadeo salió de mi boca.


Lo primero que pensé fue que ropa interior traía… una tanga negra de Satín y un bra azul, no era lo más bonito que tenía, pero no estaba tan mal, mi look era un pantalón de vestir negro y una blusa azul de vestir que casualmente el último botón desabrochado dejaba ver la orilla de mi bra, y eso me parecía tan sexy, que seguro pasaría la prueba.


“No lo sé, ¿me conviene?”


Que manía tengo de hacerme la difícil, eso me ha llevado a que me cancelen infinidad de veces mis citas.


“Te apuesto lo que quieras a que sí”


Y esta no era una de esas.


“Hecho, ¿pasas por mí a la oficina?”


Dioses, solo de imaginarlo ya estaba caliente.


“Claro, te veo en unas horas”


Y yo sentí morir, eso en definitiva era lo más sexy que haría en mucho tiempo, me encantaba la idea, además este chico era una fantasía en toda la esencia. Un par de horas después fui al baño y me alisté para salir. 7:02 pm y mi teléfono sonó.


“Estoy abajo”


Dos palabras mágicas.


Al momento de bajar ahí estaba, de jeans, tenis y una playera super ajustada que me hizo salivar en cuanto lo vi.


Me di cuenta de que la edad era un factor, que yo iba saliendo de la oficina con look de señora, justo pensaba en eso cuando me jaló y me dio el beso más arrebatador de mi vida. Sus manos me sostenían en el aire, cual película romántica, yo me sostenía de sus hombros y podía sentir como sus brazos se tensaban al casi cargarme, mientras sentía sus labios moverse de forma magistral y su lengua bailaba con la mía. Era hedonista a más no poder.


Al momento de soltarme tomé aire como si no lo hubiera hecho en toda mi vida, y él tenía una sonrisa de niño travieso que me hacía desearlo cada vez más. Tomó mi bolsa, mi mano y comenzó a caminar.


En ese momento me detuve y pregunté “¿a dónde vamos y qué fue eso?”


“Así saludo yo” (léase sho)


Y ese tono en él me hizo pensar: ¡Qué diablos, vamos por todo!


Mi sonrisa era la réplica de la de él. Caminamos tres calles de la mano, yo me sentía soñada, traer un adonis así te cambia la perspectiva de la vida, y él me mostraba como si fuera yo su trofeo, después de todo siempre me ha gustado verme bien, y eso le gustaba.

Llegamos a un departamento que él había rentado por esa noche. Nos dieron las llaves y entramos a lo que sería el paraíso para mí.


Un lugar hermoso, cálido y que olía a menta. Había detalles hogareños en todos los lugares, y unas cuantas notas y reglas para no perder el control.


En la mesa un paquete de cervezas y unas papas, lo cual me hizo reír muchísimo, las citas de cervezas, papas y películas se habían quedado muy en mi pasado, pero para él era normal. Tarde o temprano tenía que preguntarlo, el momento era ese.


“¿De dónde eres y qué edad tienes?”


Así de directa y sin ninguna preocupación, de todos modos, ya me tenía ahí y sería mío sí o sí.


“Nací en Argentina, pero a los 12 años me fui a Canadá, ahí he vivido desde entonces hasta hace unos meses que vine a jugar aquí, voy saliendo de la universidad, tengo 21, ¿y tú?”


Por todos los Dioses, es un niñooooo, pensé.


“Soy más grande que tú”


¿Qué más podía decir? Si decía algo más mi juicio me sacaría de ahí, así que opte por dar un paso más, jalarlo de su playera y besarlo, así como me ha enseñado la vida, follar su boca como nunca nadie lo ha hecho, morderlo en el momento adecuado y acercar mi cuerpo para rozar cada parte de él. Sus manos solo estaban en mi cadera manteniéndome muy cerca de él.


Bajé las manos a la orilla de su playera, y se la quité por la cabeza y por todos los Dioses, su cuerpo era perfecto, me tomé el tiempo de pasar mis manos por todo su torso sintiendo su cuerpo. Mis manos bajaron aún más hasta que tocaron su verga por encima de su pantalón, y ahí estaba duro para mí.


Me dejo tocarlo y sentirlo y en el momento que me quiso quitar la blusa di un paso atrás y no lo dejé. Eso lo tomó de sorpresa y quedó pasmado por un momento. Le di una sonrisa traviesa y yo misma me quité la blusa frente a él, con la seguridad que me dan los años, la experiencia, el ejercicio y mis decisiones.


Ahí yo tenía el control y sabía cómo quería que me follara, iba a ser a mi manera, eso ya estaba establecido. Desabroche mi pantalón y sin dudarlo me quedé en tanga para él, a un metro de distancia y viéndolo fijamente en todo momento. Cada vez él estaba más agitado, pero no se movía, no sin mi permiso.


“Bésame”


Le dije, así sin más. Lentamente se acercó y me besó, primero un hombro, subió y mi cuello y juro que era placentero a más no poder, bajo poco a poco hasta besar mis tetas, las besaba y lamía de una forma sublime, era casi un tributo a ellos y eso era perfecto. De vez en vez me veía a la cara para saber si lo estaba haciendo bien, una sonrisa, una afirmación o simplemente jalar su cabeza de modo que su boca quedara otra vez en mi piel era suficiente para que siguiera.


Lentamente comenzó a bajar una mano hasta mi tanga, la coló por debajo y tocó mi humedad. Mientras hacía eso mordía deliciosamente lo que tuviera a su paso.

Era cuidadoso, lindo y tierno.


Hizo que diéramos dos pasos atrás y me acostó en el sofá, inmediatamente después me quito lo que me quedaba de ropa y por fin pude sentir su lengua probándome justo donde quería, la movía sobre mi clítoris de forma magistral, mientras masajeaba mis nalgas y chupaba y mordía todo a su paso.


Era genial, pero yo quería probarlo a él, así que le pedí que parara por un momento, y literalmente se puso de pie mientras yo seguía recostada en el sofá. Así que me senté, desabroché su pantalón y liberé lo que tanto anhelaba, sin dudarlo dos veces pasé mi lengua por él y su cara fue un poema.


Lo tomaba con la mano de arriba abajo mientras entraba y salía de mi boca, me encantaba rozarlo con el arete de mi lengua, y sentir su textura y su sabor.


Entonces le pedí que se acostara, al momento que lo hizo, con una increíble facilidad me cargó y me puso sobre él, mi cara y mi boca estaban en su verga mientras que mis piernas estaban de cada lado de su cabeza, y así mientras sentía su lengua moverse y sentir mi humedad yo podía comerme toda su verga, arriba y abajo, adentro y afuera… una y otra vez, era la gloria.


“Lo quiero”


Dije en un momento donde me tenía tan húmeda y caliente, él paró, se acomodó y me volvió a levantar para pasar mis piernas a la altura de su cadera, me sostuvo mientras yo sentía como entraba lentamente en mí, era el cielo mismo. Yo estaba de espaldas a él, solo podía sentir sus manos en mi cadera sosteniéndome, y sujetarme de sus piernas que eran de campeonato, subía y bajaba a mi antojo, era tan mío, tan rico y de repente una nalgada que me hizo jadear, así que llegó otra y otra más.


En cierto momento, no sé muy bien cómo. Me levantó, para ponerse de pie y ponerme en 4 sobre el sofá, y entro de una forma perfecta que en solo tres envestidas me dio el orgasmo más delicioso de mi vida, yo tocaba el cielo mientras él seguía entrando y saliendo, sentía mi humedad y eso lo ponía más caliente.


Salió de mi solo para sentarse y ponerme sobre él, besaba y mordía mis tetas mientras me regalaba un segundo y tercer orgasmo.


Él seguía, una y otra vez. Perdí la cuenta después del quinto orgasmo. Para entonces habíamos probado un sinfín de posiciones, pasamos por la mesa, los bancos, el mueble del espejo y llegamos a la cama.


Si quería me cargaba, se movía o hacía lo que pidiera, y nunca se cansaba, bendita sea su juventud.


Estando en la cama, yo agotada y él a punto de terminar lo deje acostado y baje a lamer todo a mi paso. Chupar esa verga era genial, verlo desde ahí, saberme dueña de su placer lo era todo, entonces lamí su verga como se debe hacer, con devoción, con pasión hasta que pude sentir como se tensaba, y yo la metía cada vez más profundo. Él tomó mi cabeza y me folló la boca tal y como quería.


Cuando terminó todo fue a mi boca, mis tetas y un par de lugares más, y fue delicioso limpiar todo con mi boca.


Cuando por fin acabe me levantó y recostó sobre él, solo así, solo para sentir su corazón acelerado, su cuerpo en paz y su perfección muy cerca de mí.


Esa noche fue genial, a la mañana siguiente me bañé y me fui.


Nos hemos visto un par de veces más, siempre tan genial, tan travieso, tan niño.


 
 
 

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