El desayuno en la cama
- Lilhy Camacho

- 30 mar 2020
- 14 Min. de lectura

“Gracias por acompañarnos” fue lo último que me dijo antes de guiñarme el ojo y dejarme salir de ese gran salón, definitivamente era todo un caballero y vestido de uniforme me volvía loca. Siempre me he considerado fan de los hombres que cocinan, era obvio que el chef principal de un evento como este me iba a encantar. Alto, moreno, con una sonrisa de infarto y una seguridad (que quizá le daba su puesto).
El conocernos no fue tan especial, se acercó a Julieta y a mí mientras nos tomábamos una selfie para invitarnos pasar a la barra de degustación. Cabe mencionar que no hay cosa que me moleste más que las personas me interrumpan justo cuando me estoy divirtiendo, así que cuando lo vi con toda la convicción de decirle que se retirara me encontré con una filipina perfecta y la cara de un hombre que por mucho estaba odiando mucho más acercarse a nosotras que lo que yo pudiera odiar que me interrumpieran.
Lo vi directamente a los ojos y murmuré un gracias de mala gana, así que me hizo un escaneo completo y de inmediato mi estatura, sumándole mis tacones de 15 cms, se convirtió a nada; su mirada fría, sus gestos calculados, su uniforme y su actitud me hicieron sentir tan pequeña que me dio miedo. El paradigma de que los chicos que cocinan son sexys y sonrientes se rompió en ese momento.
Así que agarré mi copa de vino, toqué el brazo de Juli y le di la espalda, lo peor que me puede pasar es que un tipo me haga sentir así, soy la clase de chica que todos los hombres consienten, al menos los que me interesa tener en mi vida. Definitivamente este tipo no entraría.
Comenzamos a comer cuando un mesero nos dio una copa de vino frío, perfecto para acompañar la comida. Con el paso del tiempo el mismo chef se acercó un par de veces para preguntar si estaba todo bien, en la cuarta vez se animó a preguntar de qué empresa veníamos.
- Somos una editorial independiente - contesté de la forma más seca posible
- ¿tú escribes? – me preguntó más interesado de lo que esperaba
- Sí, pero principalmente nos enfocamos en ayudar a otros autores a publicar sus libros – es el mismo pitch que siempre digo, así que ya no genera el mismo interés en mí.
- ¿Me ayudarías con mi libro de recetas o manejas solo un tipo de literatura? – me dijo en un tono super sincero.
- Claro que puedo ayudarte – le contesté, con la misma sonrisa de ventas que tengo super practicada.
La sonrisa que me dio en ese momento fue única, épica y genial… sus ojos brillaron y fue creciendo tan lentamente que me descontroló. Sus dientes perfectamente blancos, detrás de unos labios marcados, carnosos y perfectos, me hizo descontrolarme un momento. Tuve que dejar la copa en la mesa y pensar cuantas copas de vino llevaba para saber si era eso lo que me estaba descontrolando.
Creo que se dio cuenta por que enseguida se disculpó y se fue. Un poco más tarde comenzó la conferencia principal seguido de un pequeño ejercicio “hágalo usted mismo”, y por extraño que parezca fue super divertido hacer nuestra propia comida. Y, ¿adivinen quien hizo la actividad? Exacto… ¡él!
Ver la forma en que cocinaba, como explicaba paso por paso el proceso y el detalle que tenía para tomar la comida se me hacía muy sexy, pero al parecer no solo a mí, me di cuenta de que cada chica que estaba en el lugar se derretía por él. Y los hombres, cada vez más celosos… uno que otro muy astuto aprendiendo no solo a cocinar, si no, los gestos y la forma de hablar que derretían a tantas mujeres.
Era sublime ver lo que hacía con las manos, mientras escuchaba su voz ronca a través del micrófono y de vez en cuando levantaba la mirada y sonreía, de una forma tan sexy que, por todos los Dioses, todas caían derretidas.
Tras la primera muestra él bajó para dar un vistazo a cada participante. Justo cuando pasó por nuestro lugar yo tomaba un camarón para metérmelo de lleno a la boca, así que me vio de una forma seria y me dijo que eso no se podía hacer, que los camarones eran para preparar sushi, no para comerlo así. De forma inmediata tomé uno más y lo llevé a mi boca mientras lo miraba directamente a los ojos, sonriendo a lo bajo y sin dudar en que ese hombre sería mío, sí o sí.
Su mirada pasó de mis ojos a mi boca y bajó un poco más al escote discreto que dejaba ver mi blusa rosa, y en cuestión de segundos algo se encendió en su mirada, se hizo más ardiente y una media sonrisa se dibujó en su boca.
- Puntos menos por portarse mal - dijo con una voz ronca que me humedeció mis bragas en segundos.
- ¿cómo puedo compensar el mal ocasionado? - le contesté con una voz inocente y con mi mirada coqueta.
Soltó una pequeña carcajada y siguió con su recorrido, para pasar a la siguiente práctica.
40 minutos después el evento llegaba a su fin y solo escuchábamos música en vivo de un saxofonista que era impresionante. Los meseros repartían bocadillos y llenaban las copas de vino sin parar. Yo ya iba por la cuarta copa cuando Juli me dijo que no me podía llevar a mi casa como siempre lo hacía porque iría a cenar con un ejecutivo de otra compañía para hablar de un proyecto. Como si le creyera, pero en el fondo me da gusto que se ligue a alguien de vez en cuando.
Al saber esto, dejé mi copa de vino y pedí un agua mineral, para que el chofer del UBER no notará que me encantó el sabor de cada copa. Ni hablar, esta noche no conquistaría a ese tipo como me sucedía cada vez que salía de una fiesta y tomaba uno.
Este tipo de eventos es genial para conectar con posibles clientes, uno va por la vida repartiendo sonrisas y tarjetas de presentación seguidos de un “estamos en contacto”, la mayoría de las veces ligábamos más de lo que vendíamos, pero eso no le quita lo divertido al asunto.
Me preparé para salir, y fue justo ahí cuando lo vi de nuevo, repartiendo detalles del evento junto con un pequeño postre perfectamente adornado como regalo, esa era su tarjeta de presentación.
Me dio uno, una sonrisa y de una forma que seguramente intentó que fuera casual me preguntó si podíamos hablar en algún momento respecto a su libro.
Como acto de inercia, metí mi mano a la bolsa del saco y le di mi tarjeta. Márcame mañana antes del medio día y agendamos una cita.
- Gracias por acompañarnos – fue todo lo que dijo.
Salí del hotel de Reforma donde fue el evento y prendí un cigarro mientras esperaba mi chofer, que por suerte resultó ser un niño de no más de 20 años, así que estaba segura no me querría ligar.
A la mañana siguiente 9:30 en punto me llegó un mensaje de un número que no conocía, pero sabía perfectamente quién era. “¿Te puedo marcar ahora?”
Yo misma le marqué, porque me he descubierto que soy la clase de persona que quiere tener el poder, tomar las decisiones y no esperar a que ellos den el primer paso. Así en la vida, en los proyectos y en todo.
Uno, dos, tres tonos después…
- ¿Hola?
- Hola buen día, ¿cómo estás? Soy Lilhy, recibí un mensaje tuyo, ¿te puedo ayudar en algo?
- Hey, sí. Todo está genial. Soy Coss, el chef del evento de ayer, ¿me recuerdas? Quiero hablar contigo respecto al libro que te comentaba.
- Perfecto, por mí encantada de ayudarte, ¿te parece que nos veamos más tarde y lo platicamos?
- Tengo eventos todo el día en el hotel, ¿te importaría que fuera en la noche? Si gustas puede ser en el hotel y te invito a cenar.
- Claro, no tengo problema con eso. Es más ¿sabes si puedo conseguir una habitación? Será más seguro para mí quedarme ahí, además está a unas calles de mi oficina.
- Por supuesto, yo me encargo.
- Perfecto hablamos más tarde para que me digas a qué hora y qué lugar.
- Claro, hasta luego.
Y ahí estaba la cita que estaba esperando, la pregunta era por dónde iría, porque por un lado era trabajo, un nuevo proyecto donde podía participar, pero por otro, este hombre me encantaba de sobremanera. Buscaría un look que pudiera encajar en ambas direcciones.
Después de varios intentos mi vestido rojo fue el ganador, literalmente se abrocha con puros botones al frente y queda justo arriba de la rodilla, con zapatos no muy altos y un abrigo cumple su misión a la perfección.
Unas horas más tarde recibí el mensaje confirmando el nombre del restaurant y la hora en que nos veríamos. Todo estaba listo.
Al llegar, me di cuenta de que era uno de los lugares más exclusivos del lugar, y agradecí el venir de vestido, me veía muy formal para la ocasión. Me hicieron pasar a un salón privado que reservó para nosotros, supongo que son las ventajas de trabajar ahí.
Al sentarme una copa de vino y pequeños canapés llegaron a mi mesa, y estos detalles me fascinaban, porque demostraban que él tenía el control de la situación y eso era sumamente sexy.
Cinco minutos más tarde él llegó. De traje negro, con una camisa negra y una formalidad que me dejaba fascinada. Agradeció al mesero que nos atendía cuando este llevaba su copa de vino antes de que él incluso llegara a la mesa y le pidió algo que no supe qué fue, seguro la cena. Pero esa manera de tener el control de todo era jodidamente genial.
Cuando por fin llegó a la mesa conmigo me puse de pie para saludarlo, puso una mano en mi cintura, nos dimos un beso y me dijo lo bien que me veía esa noche, definitivamente era un conquistador y yo iba a caer en su trampa.
Nos sentamos, hablamos de sus eventos, de su puesto en el hotel, de comida, de mi trabajo, de cómo es que llegué al evento de la noche anterior y un sinfín de cosas más. Comimos delicioso y las copas de vino tal cual se vaciaban las volvían a llenar. Cuando llegamos al postre, como lo marca el protocolo comenzamos a platicar del tema que nos había llevado hasta ahí.
Comencé a contarle cómo trabajamos en mi empresa, la forma en que podía ayudarle y sin dudarlo me dijo que sí, pero con una condición… que tenía que probar al menos tres recetas que eran de su autoría para que le diera mi punto de vista.
- Con gusto, no hay nada más sexy que un hombre cocine – le contesté a esa petición.
- Lo mío es llevar el desayuno a la cama, así que tú me dices – contestó con una sonrisa que el mismo diablo se pondría nervioso
- Por la hora que es, solo tendría que esperar unas horas para probarlo – era claro que el vino, las hormonas y esa boca de ensueño estaban haciendo efecto.
- Lo bueno es que aparte una suite con cocina y ya tengo todos los ingredientes ahí – me contestó al paso que se acercaba lentamente a mí, siendo un cazador que atrae a su presa.
- ¿Lo tienes todo planeado? – literalmente no sabía que contestar
- Solo me anticipo a los hechos, siempre esperando lo mejor.
Y me besó, un beso apasionado, marcado a su ritmo, a su forma. Tan ardiente que la sangre comenzó a subir a mi cerebro, su mano tocó mi pierna y comencé a sentir como la subía cada vez más, mientras que con la otra sujetaba mi cara, todo era perfecto hasta el momento que su mano subió lo suficiente para sentir la orilla de mi media y el resorte que lo unía a mi liguero. Entonces su beso fue atropellado, se detuvo y me miró a los ojos.
- ¿Qué es esto? – preguntaba mientras pasaba la yema de los dedos por la orilla de mi media tocando ligeramente mi piel
- ¿Tú que crees? – dije mientras le sonreía ligeramente y me acercaba a besarle la mandíbula
- Ahora estoy loco por descubrir qué esconde ese vestido – dijo demostrando el hambre que tenía por mí.
- Solo me anticipo a los hechos esperando lo mejor – contesté fingiendo demencia, usando las mismas palabras que él.
Sin esperarlo me jaló hacia su cuerpo, tomó mi cabello y levantó mi cabeza para que lo viera directamente a los ojos, cosa que me hizo gemir muy bajito, pero lo suficiente para que supiera lo que provocaba en mí cuando me trataba así.
Me tenía sostenida en sus brazos, una mano entre mi cabello la otra rozando mi pierna y sus labios a unos milímetros de los míos y solo había silencio, ni una sola palabra, solo dos respiraciones agitadas sincronizándose.
Unió sus labios con los míos de forma tan íntima que me dieron ganas de llorar, eso era demasiado perfecto, fue entonces cuando caí en cuenta que tenía mi mano tocando su brazo que lo llevaba a mi pierna y con la mano que aún estaba libre comencé a tocar su verga. Al sentirla tan dura y preparada para mí, gemí un poco más alto, pero aún así no lo suficiente para que esto siguiera en secreto.
Al sentir como movía mis manos por cada centímetro de su verga cerró los ojos, suspiró y apretó mi cabello, me vio una vez más y está vez me besó en serio. Un beso como lo marca la ley, de esos que te dejan sin aliento, con ganas de más. Que te hacen mojar tus bragas y poner tu placer a su merced.
Cuando nos separamos los dos jadeábamos, a los dos nos quemaba la ropa y moríamos por sentir mucho más.
- Vámonos de aquí – dijo sin más
- ¿Y la cuenta? - pregunté en un segundo de consciencia
- Nena, tu no te preocupes por nada
Salimos de ahí, directo al elevador, cada paso era un beso, una caricia, un apretón, al entrar ahí oprimió el botón del piso 14, por cada piso desabrochaba un botón de mi vestido, una maravillosa casualidad tener 14 botones en él. Piso uno, fue el que quedaba justo hasta abajo; el piso 2 fue el primero de arriba, incluido un beso en la clavícula; piso tres fue el que le enseñaba un poco más de mis medias; piso cuatro, mi pecho subía y bajaba y él se perdía en ese compás; piso cinco, cuando vio la orilla de mi liguero suspiro y podría jurar que agradeció a algún Dios; piso seis, descubrió la orilla de mi bra y la forma en que me beso desde mi oreja hasta el hombro me hizo perder la cuenta de los pisos.
- Eres sumamente hermosa y perfecta.
Me decía una y otra vez con esa voz ronca que me ponía nerviosa y caliente. Acompañado de esa forma tan genial que tenía de acorralarme en ese elevador, lo hacía todo perfecto.
Un beso más y me descubrí con el vestido abierto completamente y su mano rozando mi humedad, un par de dedos se abrían paso para hacerme gemir un poquito más y acto seguido ver como se los metía a la boca al momento de que se abrieran las puertas.
Todo parecía irreal y hedonista, y me descubrí caminando tras casi desnuda en los pasillos de un gran hotel.
Saco la tarjeta de una suite hermosa, al entrar ya había una botella en la barra de la cocina, música de fondo y las persianas arriba demostrando una vista hermosa de la ciudad.
-Deja tus cosas ahí – dijo mientras señalaba una puerta junto a la entrada - ¿vino?
- Si por favor – solo eso pude contestar
Mientras metía mi maleta en el closet y colgaba mi abrigo sentí una boca rozar mi cuello, su cuerpo emitía un calor y un olor que me enloquecían. Cuando estaba apunto de voltearme para besarlo me detuvo en seco y sacó mi vestido por mis manos para que cayera a mis pies.
Tomó mis brazos y los sostuvo sobre mi cabeza recargándome en la puerta del closet, y ahí estaba yo, de espaldas a él, aprisionada con su cuerpo y su mano, sintiendo como recorría con su otra mano la orilla de mi tanga, o la orilla de mi media pero sin tocar en ningún momento mis nalgas.
Era meticuloso y cuidadoso, de repente puso su mano firme en mi cadera y la empujó hacia atrás, en ese momento mis nalgas rozaron son su verga que se sentía dura a través de la tela de su pantalón, y ese simple movimiento me hizo gemir, esta vez un poco más fuerte y de repente, una nalgada llegó.
¡Zaz! No me la esperaba, pero eso calentó mi cuerpo mucho más.
- ¿te gusta?
- Ajá
¡Zaz! ¡Zaz! Al parecer le gustaba tenerme con el culo colorado, porque podía sentir cómo ardía.
- No se contesta así.
- No te pienso contestar de otra manera – retarlo era aún más sexy en esta situación.
Pasó su mano a mi pecho y con fuerza bajo un poco la orilla de mi bra para sacar mi pecho, lo masajeo hasta sentir que mi pezón respondía a él, cuando lo tenía duro y sensible una nalgada me sorprendió de nuevo. ¡Zaz!
- Dime si te gusta
- ¿quieres ver cuánto me gusta?
- Claro que sí, quiero que me lo digas
- Mejor te lo demuestro
Mi respuesta lo sorprendió, así que me pude safar de su mano, girarme y besarlo. Justo cuando me correspondía el beso y este se volvía más ardiente desabroché su pantalón y por fin liberé su verga.
Estaba ansiosa por probarla, por sentir su sabor y su textura, así que sin pensarlo más caí de rodillas ante él y pasé mi lengua, lentamente sobre su glande. Una lamida que lo llevo al cielo.
Cuando estaba a punto de reaccionar me metí toda la verga a la boca y soltó tal gemido que sentí como se ponía más duro para mí.
Me encantaba tener ese poder, saberlo follar con la boca y hacer que perdiera el control. Eso era sexy.
Llegó un punto donde él sostenía mi cabeza y entraba y salía a su antojo, yo creí que estaba a punto de terminar cuando me miró de una forma que aún no sé cómo describirla.
- Aún no pequeña, ven conmigo.
Me levantó como si fuera niña chiquita y me llevó a la barra de la cocina, me sentó en la orilla y abrió mis piernas.
Con delicadeza bajo mis bragas, levantándome un poco para poderlas sacar, acarició cada pierna para quitarlas y empezó a besarlas.
Cada beso, cada caricia y cada mordida aprovechaba para desvestirse frente a mí, verlo era una obra de arte.
Al momento de quitarse la camisa pude ver la maravilla de cuerpo que tenía, un tatuaje desde el hombro, pasando por su pecho y llegando a las costillas de un ave fénix que rogaba por ser besado y reclamado, un percing en el pezón izquierdo que era el contraste perfecto y una sonrisa que mataba.
- Es mi turno de probarte como se debe.
Y solo pude ver como se perdía su cabeza entre mis piernas y la humedad de su lengua haciéndome tocar el cielo.
Sabía cómo hacerlo, me tenía solo para él y definitivamente era lo mejor que me podía pasar.
Se movía a un ritmo perfecto, sabía leer mis movimientos, mis gemidos y de vez en cuando me decía una guarrada o me daba algún manotazo en la pierna para aumentar mi placer.
Mi primer orgasmo fue maravilloso, me hizo temblar completita, me quedé sin aliento y veía todo borroso, pero aun así cuando se paró frente a mí, me perdí en su sonrisa.
- ¿Estás lista?
Solo asentí con la cabeza, ya no daba para más, pero al ver que ponía mis piernas sobre sus brazos y me jalaba hacia él, supe que ahora sí vendría lo mejor.
Entro de golpe y fue como tocar el cielo y el infierno, la estocada pasaba del dolor al placer y era perfecto, entraba y salía como quería, marcando el ritmo perfectamente, haciéndome suya. Soltó un poco mis piernas y las puse alrededor de su cintura, mientras me sostenía de su cuello.
Cuando pase la lengua por el percing de su pezón soltó tan suspiro que supe que ese era el punto, así que lo metí a boca y chupe, al ritmo que él me follaba, él marcaba mi cuerpo y yo lo follaba como quería.
Me atreví a morder ligeramente y su gruñido y sus estocadas me acercaban más al segundo orgasmo, y de pronto se salió de mi y me bajó de la barra para ponerme de pie.
Los tacones, el vino y el sexo me descontrolaron y por poco caigo, pero él me sostuvo, una mano en mi cadera y la otra sosteniendo mis manos sobre la barra. Con sus piernas abrió un poco más la mías y entró. De lleno. Pude sentir cada centímetro de su verga dándome un placer sublime.
Unas cuantas estocadas, tres nalgadas y su voz ronca pidiéndome que terminara con él fueron el final perfecto.
Pude sentir como terminábamos juntos. Mis manos me dolían de la forma en que las apretaba sobre la mesa, sin darme cuenta me mordía yo misma el brazo y había dejado una marca de mis dientes y sus dedos se clavaban en mi cadera. Y poco a poco todo regresaba a la calma. Cuando se salió de mi cuerpo pude sentir como si algo me faltara.
Mientras recobrábamos la postura me quité los zapatos y tomé un poco más de vino. Era delicioso. Unos minutos después comenzó un masaje en mis hombros y paso a mi cabeza, esa forma tan perfecta de sentir sus manos de hombre me hizo ronronearle buscando más. Y me dio mucho más.
Terminamos en la cama, completamente desnudos y orgullosos de haber probado cada parte de nuestro cuerpo, para terminar, durmiendo entre sus brazos. Eso, definitivamente era la gloria.
A la mañana siguiente, un olor a café y comida me despertó. Como bien lo dijo, su especialidad era el desayuno en la cama.




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