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El poder de su sonrisa

  • Foto del escritor: Lilhy Camacho
    Lilhy Camacho
  • 24 may 2019
  • 7 Min. de lectura

Actualizado: 1 jun 2019

Mi día estaba de mal en peor, todo lo que podía salir mal resultó mil veces más feo. Solo pedía a gritos estar en mi cama, comer un helado y ver Netflix. Simplemente ya no podía más.


Dos calles antes de llegar a mi casa pasé al supermercado por una botella de vino y, por supuesto, un litro de helado.


En ese momento odiaba andar de falda y zapatillas, mi cabello era un caos en un chongo mal amarrado y parecía que me escondía del mundo debajo de mi chamarra XXL que siempre traía en el auto.


Lo bueno es que en el supermercado nadie te juzga, por eso estaba ahí, esperando en la caja, solo estando. Y de repente lo vi, tres personas detrás de mí había un chico, con un six pack de cervezas y una bolsa enorme de Doritos, lo primero que pensé fue que definitivamente teníamos el mismo plan, llegar a casa y mandar todo a la mierda.


Justo en medio de nosotros estaba una señora con un bebé que no paraba de llorar, supongo que ella hubiera dado lo que fuera por cambiar su lugar con nosotros, pero no podía hacer nada más que esperar a pagar por su leche y pañales.


Y de repente, el incómodo momento de una sonrisa fingida entre los tres, cada quién con su desesperación, su tristeza, su estrés y su mal día. Pero por arte de magia nuestras miradas se cruzaron y tuve la sensación de que el tiempo se detuvo una eternidad. Como su fuera cosa de magia… ¡una sonrisa sincera apareció!


Fue ahí donde lo vi detenidamente, no era mucho más alto que yo, si acaso unos 5 o 7 centímetros, camisa blanca que dejaba asomar un coqueto tatuaje, pantalón negro y tenis blancos. Cada chino de su cabello estaba acomodado perfectamente y sus ojos tenían un brillo ideal.


Para mi sorpresa me hizo la plática, sí, con la chica del bebé en medio de nosotros. Y pues nada, resultó ser un master en las ventas, solo 4 años más grande que yo y con una semana de mierda como la mía.


Después de pagar seguimos platicando y optamos por ir a su casa. Lo seguí en mi auto y aparcamos al mismo tiempo en un discreto edificio no muy lejos del supermercado.

Y ahí estábamos los dos, con una botella de vino, seis cervezas, un litro de helado y muchos doritos. Una extraña y épica combinación.


Subimos al primer piso, 14 escalones que me empezaban a poner algo nerviosa, después de todo, ¿quién en su sano juicio se va con el chico del six pack del supermercado solo por tener una mala semana?


Al parecer, YO.


Al entrar me encontré con un funcional apartamento, su sala te invitaba a sentarte y disfrutar. Una pantalla enorme y un extraño videojuego fue lo que llamó mi atención, a la izquierda una cocina con una barra donde había un par de platos sucios y al fondo la puerta de su recamara.


La plática fluía de forma genial… me parecía interesante y divertido. Coqueto de una forma sutil, al momento de servirme una copa de vino, me miro a los ojos con esa sonrisa tan perfecta, y debo decir, tan practicada que logró acelerar mi corazón de inmediato.

Una, dos, tres cervezas mientras yo ya iba por mi cuarta copa de vino y cada vez la risa era más contagiosa, poco a poco nos metíamos en la mente del otro.


Y de repente, recordé mi helado. No podía dejar pasar la oportunidad de disfrutar el perfecto sabor de yogurt, una delicia que siempre me encanta comer. Cuando le pedí que me lo pasara, me dijo que sí, pero con una condición… que me lo comería de donde él quisiera servirlo.


En una deliciosa epifanía pude imaginar su cuerpo desnudo cubierto de helado para pasar mi boca lentamente por cada lugar, saborearlo como quisiera con un delicioso sabor a yogurt.


Estoy segura que pudo detectar mi inmediata excitación, su sonrisa era perfecta y sus ojos brillaban como si se hubiera ganado la lotería. Caminamos juntos a la habitación, lo cual parecía extraño, porque ni un beso nos habíamos dado… es más ni siquiera cerca estábamos uno del otro.


La curiosidad me mataba, así que traté de no perderme ningún detalle, al entrar una cama enorme con una colcha azul era lo único que podía ver, cuando intenté ver más allá me perdí en ver sus manos que desabrochaban uno a unos los botones de su camisa, de pronto aparecía frente a mí un ave fénix de mil colores acompañado de un abdomen perfectamente diseñado, un tatuaje de letras se asomaba debajo de sus costillas izquierdas y por todos los Dioses, la línea que delineaba su cadera y se perdía justo debajo de la hebilla de su cinturón hizo que se me erizará toda la piel.


No perdía detalle de cada centímetro de piel que me mostraba, parada a un metro de él, en completo silencio solo podía comérmelo con la mirada. Al darse vuelta para quitar la colcha y dejar solo un par de sábanas en la cama pude perderme en esa espalda tan perfectamente trabajada. Tres tatuajes más la diseñaban de una forma ideal.


Y yo seguía sin hacer nada, solo verlo moverse con pasos precisos, dejando las cobijas en un sofá que tenía al lado de su cama, incluso ignoré ese hecho tan extraño. Tomo el bote de helado, lo destapó y metió una cuchara que no tengo ni idea de donde salió. Solo pude perderme en su sonrisa al tomar una cucharada de helado y metérsela completita en la boca.


El simple hecho de verlo me hizo agua la boca, yo quería comerme el helado y su boca. Su sonrisa triunfadora lo era todo para mí.


Y de repente, sin verlo venir me jalo con tal fuerza que caí completita sobre él.


Definitivamente sentirlo era mil veces mejor que verlo, y escuchar esa pequeña carcajada que soltó me puso alerta y muy caliente. Por favor, ¿cada cuánto te encuentras con un Adonis semidesnudo y con sonrisa perfecta?


Mientras ese pensamiento pasaba por mi mente fue inevitable el pensar en su boca sabor a helado y sin dudarlo fui a comprobarlo. Al momento de sentir sus labios mucho más fríos que los míos mi temperatura se elevó, era como besar al mismo diablo. Cada movimiento que hacía con su lengua lo marcaba poniendo sus manos en mi cuerpo. Primero la cintura bien sostenida, con un par de manos firmes que poco a poco bajaron por mis nalgas, las toco y acaricio de tal forma que yo solo podía ser consciente de su calor… marcaba territorio en mí y yo encantada de la vida.


Mis manos subían por su pecho, repasando el ave fénix que tenía justo ahí, bajaron poco a poco a su estómago, podía sentir su calor, su deseo y, mientras bajaba mi mano para desabrocharle el pantalón, justo en ese momento llegaron ciertas mordidas bien recibidas.


Cuando por fin lo liberé de su pantalón y sus boxers, pude seguir esa perfecta línea que llegaba al paraíso. ¿Cómo pueden ser tan deliciosas las formas masculinas?


Y de pronto me soltó y se mostró desnudo ante mí, no sé qué llamaba más mi atención, su rica verga que le hacía justicia a su hombría, con una ligera curva hacía la izquierda que apuntaba a lo que se convirtiera mi tatuaje favorito. O la línea de su cadera que me moría por probar, quizá esos tatuajes tan perfectamente diseñados. Pudo haber sido su cuerpo, su sonrisa, su mirada que me quemaba por dentro o quizá la seguridad que me mostró en todo momento.


Porque él estaba fabulosamente desnudo para mí y yo tenía capas de ropa aún puestas. Y aun así yo jadeaba más que él. Verlo era delicioso, sus besos eran fuego… y ahora quería todo.


Cuando empecé a desabrochar mi blusa me detuvo, con la maravillosa excusa de: la que quería comer helado era yo. Él comería después.


Tomó el helado, se acostó en la cama y con tres palabras me tenía sobre él.


“Sirve donde quieras”


Fue la mejor invitación que me pudieron hacer. Era obvio por donde empezaría… esa línea me llamaba desde el primer momento que la vi. Así que tomé un poco de helado con la cuchara y marqué la línea perfecta… sus sonidos eran la gloria para mí.


Al primer lengüetazo pude ver como su verga se ponía más grande para mí, el segundo su gemido fue tan fuerte que me hizo replicarlo, al tercero y cuarto solo le quedó cerrar los ojos y disfrutar. Una línea de helado ya se dibujaba de nuevo sobre su abdomen que me moría por probar.


Y así me fui comiendo mi helado dejando hasta el final mi parte favorita, después de haber probado sus abs, sus pezones, sus hombros, su cuello, sus labios un par de veces, bajé de nuevo. Me metí una gran cucharada de helado y le lamí su verga de una forma espectacular, su sabor, su textura, su calor y sus gemidos eran lo más hedonista que podía haber en la vida. Chuparlo enterito, una y otra vez, hasta el fondo me hacía sentir la dueña y ama del placer.


Con su mano agarro mi cabello y movía las caderas de una forma pausada, disfrutando el calor de mi boca, el jugueteo de la perforación de mi lengua y la humedad que provocaba en mí.


Lo hacía tan lentamente, disfrutando como cada centímetro entraba y salía de mi boca. Y en cierto momento quiso parar con la intensión de quitarme la ropa.


Fue ahí donde descubrí que no sería así… que hoy venía a comer algo más que helado. Así que sin pensarlo lo volví a recostar en la cama y seguí chupando y lamiendo a mi antojo, mi mano se movía de arriba abajo mientras que con mi lengua jugaba una y otra vez con su glande, de vez en cuando lo metía hasta el fondo solo para disfrutar de su placer.


Un par de veces más bastaron para sentir como se tensaban sus piernas, su espalda se arqueaba, el sostenía mi cabeza y entraba en lo más profundo de mi garganta. Sentí como se venía dentro de mi boca de una forma magistral.


Al terminar, él se quedó recostado, con una cara de satisfacción que puff, me lo comería mil veces más.


Yo solo me levanté de la cama, vi la hora de una forma muy dramática y dije: es hora de ir a casa.


Y sí, por esa noche solo me puse mi chamarra, tomé la botella medio vacía de la barra y salí de su departamento, dejando una nota con mi teléfono.


Y me fui a mi casa con la certeza que ese orgasmo me lo pagaría sí o sí justo como yo quería.


Pero eso, te lo dejo para la siguiente historia.



 
 
 

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