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La mejor noche de mi vida

  • Foto del escritor: Lilhy Camacho
    Lilhy Camacho
  • 22 jul 2019
  • 13 Min. de lectura



Después de varios días de estrés y trabajo interminable creí que lo mejor era despejarme de todo y de todos, desconectarme, leer, meditar, hacer yoga y nadar. Y nada de eso podía hacer en la ciudad, así que el viernes pasado pedí permiso para salir temprano, llevé mi maleta en el carro y en punto de las 5, después de comer me dispuse a tomar la carretera.


En la mañana no sabía a dónde iría, solo sabía que me iba a despejar y olvidar de todo.


4 horas y media de camino, el teléfono en silencio y mi música favorita me acompañaban a un lugar hermoso, un pueblito cerca del lago donde hay unas cabañas de lo más románticas, el frío te invita a tomarte un café cerca de la chimenea y sus albercas con agua calientita es el lugar perfecto para descansar. Cada detalle es hermoso y acogedor, las personas ahí te hacen sentir en casa, siempre amables e incluso cariñosas.


Justo lo que necesitaba, paz, tranquilidad y mucho silencio, lejos del estrés diario, de las llamadas, los mensajes, las quejas, los reportes y mis estúpidas malas decisiones. Aquí no existían, aquí estaba yo, mi libro y un café.


Cuando llegué pensé que quizá después de cenar me tomaría una copa de vino, solo una. Estaba tan cansada que no creo que pudiera con más.


La cena fue perfecta, cada día la dueña cocina lo que quiere, así que el menú cambia todos los días. El viernes pude cenar una sopa de hongos con tostadas de algo que no supe que era, pero fue lo más rico y delicioso del mundo, un sabor casero de pueblo que cada mordida me hacía sentir en casa, arropada y querida. Su café de la olla con un poco de canela y vainilla era la combinación perfecta para agradecer por la vida.


Y tal cual esperaba, al llegar a mi habitación caí rendida, al tocar las suaves almohadas y sentir ese cobertor el sueño me tomó y dormí como tenía mucho que no lo hacía.


Al otro día en punto de las 8 de la mañana desperté, definitivamente era lo más que podía dormir, pero me sentía renovada, el dormir así era lo que necesitaba, definitivamente ese día pensaba ocuparlo para leer y relajarme, pero en ese momento un poco de yoga y meditación era lo que me haría iniciar mejor el día.


Cuando baje a desayunar todo iba perfecto, unos chilaquiles con pollo y queso me recibieron, acompañados de un café y la mágica sonrisa de la señora de las cabañas. Se preocupó incluso por cómo dormí, si pasé frío, si descansé y si me sentía bien.


Esos mimos y esos tratos me encantaban, ya me veía en mi mecedora con una copa de vino disfrutando de eso toda la tarde en perfecta paz y libertad.


Pero justo cuando estaba por terminar de desayunar un grupo de cuatro chicos llegaron a hospedarse y de paso a desayunar, todos tenían alrededor de los treinta y pocos, los clásicos sujetos que, aunque haga un chingo de frío suelen andar de bermudas y sin playera para presumir sus abs trabajadas y marcadas.


Al parecer venían de una competencia o algo así porque no paraban de hablar de todo lo que sucedió ahí, las mismas cosas que a mí no me importaban porque yo solo quería silencio.


Baje a la alberca y me lleve una copa de vino, y mi libro, dispuesta a por fin terminarlo y enterarme que paso con el novio de Aileen… definitivamente esta novela me estaba robando el sueño, pero la falta de tiempo no me dejaba terminar. Pero ese sería el día.


Me senté en la mecedora envuelta en un chal tan calientito como ligero que me cubría lo necesario para no darme frío. Ya que abajo solo traía mi traje de baño para poder nadar más tarde.


Tres capítulos más tarde esto estaba super intenso, las escenas eran tan explícitas que solo de imaginármelas me daba sed y hambre, y no precisamente de comida, y eso me encantaba.


Llevaba tres copas de vino, y pensé que si seguía así solo terminaría ebria y sola en una cabaña en medio de la nada, así que opte por meterme a nadar, esperando que no me pasará nada por nadar después de tomar, a fin de cuentas, no era tanto, ¿o sí?


Dejé mi libro, mi copa y me dispuse a pararme cuando justo en ese momento llegaron los dichosos huéspedes de los que estaba huyendo, en fin, algo que no podía evitar. Pero ahora mi actitud estaba algo diferente un poco más chispada.


Entre el vino, las escenas del libro que eran sumamente gráficas y detalladas respecto a cómo Aileen y Caleb se reconciliaban cada vez que peleaban, y por todos los Dioses del sexo, esos dos se la pasaban como perros y gatos. Y si le sumas a eso que enfrente de mi tenia a cuatro hombres que solo les cubría un traje de baño, con cuerpos perfectamente moldeados, definitivamente era algo me estaba alterando.


Decidí respirar y concentrarme en mí, en mi descanso, en mi vino y en nadar hasta cansarme.


Me acerqué a la alberca, y totalmente decidida me quite el chal que me cubría y fue ahí donde, al levantar la mirada, descubrí que uno de los chicos me miraba fijamente, cuando lo vi, sus ojos estaban fijos en los míos, me sostuvo la mirada por un momento y me sonrió de una forma tan coqueta que lo único que pude fue replicar esa sonrisa, al momento en que le sonreí abiertamente bajo descaradamente la mirada, primero en mi boca, cosa que me hizo chuparme los labios por puro instinto. Luego mi cuello, analizando con detalle el tatuaje que tengo cerca de ahí, bajó a mis pechos y por arte de magia mis pezones se pusieron duros, y ese cabrón tenía una sonrisa triunfadora. Y yo ahí, parada al final de la albera hiperventilando, agradeciendo el contraste de temperatura de mi cuerpo con el agua. Que, aunque no estaba tan fría, definitivamente no estaba tan caliente como yo en ese momento.


Bajó un poco más la mirada, pero ya no pude resistirlo y de un brinco me metí completa a la alberca, tenía que moverme, hacer algo y distraer mi mente. Si estaba aquí era para conectarme conmigo misma, tenía que pensar en mis sentimientos y todas esas cursilerías que a las mujeres se nos dan, pero, por el contrario, ahí estaba dejando sabrosear por un completo extraño, al cual, cabe mencionar, ni siquiera había visto bien.


Con ellos me pasaba el efecto porrista, ¿sabes?, ese que cuando un grupo de personas medianamente atractivos están juntos, todas sus características se juntan y te parece que todos son guapos, super atractivos y perfectos, pero cuando los ves con detenimiento, uno por uno, descubres que no lo son. Pues eso me pasaba, a primera vista, además era molesto porque interrumpían mi paz así que solo les di un pequeño vistazo. Pero ahora necesitaba buscar la forma de verlos detenidamente y saber qué tal estaban. Por que bueno, ya había sido demasiada introspección por hoy, ahora volvería a ser yo de nuevo.


Así que nadé hasta darle 5 o 6 vueltas a la alberca, pero a quién engaño, con eso ya me sentía sumamente agotada. Las últimas semanas había tenido tanto trabajo que con dificultad había podido ir a correr un par de veces, y eso a media vuelta mi jefe me mandaba audios para pedirme ya sea un correo, un pago o un archivo. Así que mi condición física estaba por lo suelos.


Y como tenía una reputación (impuesta por mí misma) que cuidar, antes de verme jadeando y sin poder moverme me salí de la alberca y corrí al jacuzzi que estaba a un lado, necesitaba sentir su agua cálida y sus ricas burbujas masajeadoras. Además, descubrí que era el lugar perfecto para poder espiarlos.


Justo me acomode en el lugar perfecto, cuando llegó la señora que atendía, una señora de poco más de 60 años, cansada por la edad, pero con una sonrisa y un brillo en los ojos que cautivan. Llegó con una copa de vino y se sentó en la orilla del jacuzzi solo para platicar conmigo. Me contaba cómo eran las chicas, los chicos y las parejas que llegaban ahí, cuántos años tenían atendiendo ese lugar y la cantidad tan inmensa de historias dramáticas y muchas más cursis y románticas que habían vivido ahí.

Su plática era tan amena, cariñosa y divertida que me olvide por completo de mi plan de espiar a los vecinos, mejor me concentré en contarle qué me llevaba ahí, cómo me sentía y juntas analizamos qué podía hacer para resolver mi vida. Ella era como una abuelita cariñosa, que te lleva una copa de vino y te prepara tu comida favorita para consentirte. Estar con ella me hacía sentir muy bien.

Cuando se fue, porque tenía que preparar la comida, me di cuenta de que ya no estaban mis objetivos, y que, por mucho, había fallado como espía.


Ni hablar, era mejor ir a mi cabaña a bañarme para poder bajar a comer. Y así tal cual lo hice, después de comer bajé al pueblo a caminar y turistear, me compré unos detallitos, me tomé un café, y después de varias horas regresé con la idea fija de terminar mi libro y descansar para poder pasar mi último día sin hacer nada más que disfrutar lo más que se pudiera para regresar a la ciudad.


Y así fue, acabe mi libro casi a las 9 de la noche, tomé un baño y me puse un camisón de lo más ligero, lo cual parecía una locura, porque en ese lugar hacía mucho frío, pero ese era el efecto de leer a mi escritora favorita, imaginar cada escena, cada personaje, cada situación me hacía ponerme de lo más ardiente, así que mi camisón era suficiente y al estar cómoda y segura en mi cabaña podía andar sin bragas, tan libre como quisiera.

Ya eran casi las 11, me disponía a dormir cuando un ruido horrible me empezó a alterar, ¿era en serio?, los caballeros de al lado llegaron enfiestados, alborotados, con música y un relajo que en otro momento me hubiera dado envidia. Ese día no era el caso.


Me esperé unos minutos creyendo que cuando se metieran a su cabaña ya no se escucharía tanto, pero no, se instalaron en la alberca que quedaba justo entre nuestras cabañas. Y ahí estaban riendo, cantando y disfrutando como si de verdad fueran muy felices.


Y yo, dentro de mi cabaña no lo estaba siendo.


Así que me decidí a salir y pedirles que me dejaran dormir, a fin de cuentas, era mi última noche ahí y la quería disfrutar.


Justo antes de salir me asomé por la ventana, y me di cuenta de que los podía espiar, así que por fin iba a comprobar mi teoría.


Al primero que vi era el que hacía mucho más ruido, el líder de la manada, pensé. Ese que se le ocurren las más locas ideas y todos hacen lo que dice. Era alto, quizá 1.90 y tenía todo el brazo derecho tatuado, porque ¿ya te conté que no llevan playera nunca?, el punto es que estaba bien, no era guapo como tal, pero tenía una cara de niño travieso que contagiaba su actitud, entendí porque era el líder. Hasta a mí me dieron ganas de hacer travesuras y jugar.


El segundo que vi era uno más chaparro y un tanto gordito, dentro de lo que cabe porque él también estaba marcado, incluso su panza era graciosa, él estaba calladito junto al líder, solo riendo a lo bajito y tomándose su cerveza con calma, por mucho el más tranquilo del grupo.


Luego venía uno que estaba super chistoso, tenía un bigotito como cantante de algún grupo norteño y su traje de baño era como un speedo super pegado, o sea, ¿quién usa esas cosas hoy en día?... creo que solo él.


La verdad no le puse mucha atención, solo buscaba con la mirada al chico que me robo el aliento en la mañana, lo buscaba, pero no lo encontraba, y de pronto me descubrí pensando en mil cosas sin sentido, como si se fue con alguien, o si estaba en la cabaña solo, o si solo había sido un sueño.


Me cansé de especular y decidí salir a callarlos una vez por todas, entre miles de pensamientos y algunas raras emociones, se me olvido tomar algo para taparme, así que salí así, en camisón, descalza y con cara de sueño y pocos amigos a callarlos.


De pronto, cuando estaba por llegar a ellos, lo vi. Venía saliendo de la cabaña con un pantalón de pijama de cuadros que le llegaba a la cadera y le quedaba de una forma sumamente sexy y perfecta, caminaba con calma, son seguridad, tenía una copa de vino en la mano y un tatuaje de un dragón que iba por su brazo, su hombro y llegaba a su pezón izquierdo.


Su sonrisa era única, era embriagante, y tenía una seguridad que me hipnotizaba.


De todos fue el único que se acercó a mí, los demás literalmente me tiraron de loca. Y sí algo había de eso, pero había encontrado quien calmara mi locura.


Mientras se acercaba a mí me comía con la mirada, otra vez recorrió mi cuello, mis hombros, mi tatuaje… y en ese momento me descubrí deseando que hiciera eso, pero con su boca, sentir sus besos, su calor, su cuerpo tan pegadito a mí. Y mi respiración empezaba a acelerarse.


Cuando llegó no dijo hola, ni se presentó, literalmente me dijo, “¿Quieres de mi vino?” mientras me ofrecía de su copa.


Creo que perdí el juicio porque inmediatamente dije que sí.


En ese momento él dio un trago a su copa y se tomó todo lo que había en ella. Y un segundo después, mientras todavía analizaba que se había tomado todo, dio un paso, puso su mano en mi cintura y sus labios junto a los míos, de la impresión abrí la boca y sentí el sabor del vino, un líquido que aún estaba ligeramente frío y la combinación perfecta con lo caliente de su cuerpo y de su boca.


Solo me tocaba lo necesario, su mano en mi cintura y sus labios con los míos, nada más, en realidad no estábamos tan cerca y aún así sentía como ardía… ¿o era yo?


No lo sé en realidad, cuando me dio todo el vino me lo pasé y por fin lo pude besar justo como quería. Di un paso hacía él y mis manos empezaron a recorrer sus brazos, esos brazos de nadador que me mataban, subí mis manos a su cuello y de ahí a su cabello, largo y alborotado, que me moría de ganas por tocar.


Mientras nos besábamos sus amigos comenzaron a gritar como changos alborotados, era realmente molesto, porque bueno yo estaba en el beso más sexy de mi vida y ellos con su inmadurez molestando. Así que me hice para atrás con una clara señal de que eso era molesto.


Él me sonrió y me dijo: “¿Te acompaño a tu cabaña?”


Yo solo moví la cabeza asintiendo, no sé si era el lugar, el vino, sus pantalones perfectos, su pelo despeinado, el libro que leí o una combinación ideal que me hacía llevar a ese gran hombre a mi habitación.


Cuando entramos se escuchaba aún mi playlist en mi teléfono que dejé prendido. Alicia Keys cantaba “If I Ain´t Got You” y todo era cálido y perfecto. La cabaña tenía la chimenea prendida y yo me sentía en el cielo.


En cuanto cerramos la puerta me acorraló con su cuerpo, tomó mis manos y las sujetó sobre mi cabeza, de una forma tan sutil que me dejé llevar. Y ahora sí me besó, como debe ser un beso, marcado, perfecto, su boca me encantaba, su lengua acariciaba la mía y me hacía el amor solo con besarme así, era dulce, tierno y perfecto.


Soltó mis manos solo para sostener mi cintura con ambas manos, era dulce, besó mi cuello, despacito, suspirando a cada momento, y a mí me encantaba.


Jugar con su cabello era genial, lo tenía algo largo, y despeinado, y en cada mimo el se pegaba más a mí.


Como si le encantará ese contacto, tierno, cariñoso y un tanto cursi.


Caminamos entre besos y caricias hasta llegar a la cama, a la que caímos de una forma divertida, el de espaldas al colchón y yo sobre él. Su risa era de un niño, incluso se le hacían unos hoyuelos en las mejillas que me dejaron desarmada.


- ¿Cómo te llamas? – me preguntó de pronto.


- Lilhy – Contesté mientras me daba cuenta de que ni siquiera sabía su nombre y aún así me sentía segura y plena estando con él.


- Hola Lilhy, soy José


Y me volvió a besar, despacito, sus manos me recorrían con dulzura y sonreía en todo momento.


En un momento paró y me preguntó de dónde venía, a qué me dedicaba y qué hacía ahí.


Mientras le contestaba me sentía con la libertad de besarlo, tocarlo y jugar con él. En algún momento nos paramos por una copa de vino, literal, porque solo teníamos una. Nos descubrimos jugando, riendo y pasándola genial.


Habían pasado un par de horas y de repente el sueño me estaba venciendo. El estaba acostado en mi cama y yo tenía mi cabeza en su pecho, de una forma muy curiosa con solo voltear un poco podía besar la cabeza del dragón, justo en el pezón izquierdo, que descubrí que se rascaba inconscientemente cada vez que le preguntaba algo y tenía que pensar la respuesta.


Con cada respiración su pecho subía y bajaba. El acariciaba mi pelo y decía las cosas más dulces de la vida, nos sentíamos completos y relajados. Y cuando estaba a punto de dormir, justo antes de perderme sentí que se movió y eso me despertó, cuando abrí los ojos lo tenía justo enfrente de mí. Sonriéndome.


Su sonrisa era contagiosa, así que le sonreí casi dormida y lo besé, como a nadie en la vida, lo bese con gratitud por la mejor noche de mi vida, con cariño por ser quien ser era, con todo lo bueno y lo malo que tenía, lo besé y dejé mi alma en ese beso.


Y todo se calentó, ahora tenía hambre de él, de entregarle todo lo bueno que podía dar y él me correspondió en beso, ahora me tocaba con ansiedad, con necesidad y con cariño.


Ahora ya nos conocíamos y sabíamos que de cierta nos correspondíamos, y no solo fue coger, hicimos el amor en toda la esencia, porque con sus preguntas y mimos me hizo sentirme mucho más desnuda de lo que podría estar sin ropa. Por que al tocarlo y escucharlo fue mucho más mío que si solo entrara y saliera de mí.


Y ahora solo teníamos que cerrar el trato y terminar de pertenecernos. Y eso lo notamos en ese beso, nos entregamos completamente.


Cuando me quitó el camisón y quedé completamente desnuda para él su respiración se detuvo, de pronto, como lo hacían en los viejos tiempos se separó de mí, se quitó el pantalón y quedó esplendorosamente desnudo para mí.


Brillaba, con un cuerpo perfecto, y una sonrisa mágica y yo solo lo quería dentro de mí.


El punto medio era la alfombra en frente de la chimenea y sabíamos que tenía que ser en ese lugar, así que justo ahí me besó de nuevo, sus manos me recorrieron y me acostaron con calma y cuidados.


Y entró en mí despacito, haciéndome sentir cada centímetro de su cuerpo, hablándome en cada momento, besándome y marcando mi cuerpo y mi alma con su pasión y su calor.


Fue mío y fui de él en la mejor noche de mi vida.


Y así terminamos juntos, cansados y felices. Sintiendo nuestro calor, nuestro amor y nuestro deseo.


Me quedé dormida sobre él, cuando aún estaba dentro de mí. Me encantaba sentirlo y sabía que nunca me querría separar de él.


Porque cuando dos almas se encuentran el tiempo y el lugar es lo de menos. La magia es lo que importa.


En la mañana, justo a las 8 como todos los días desperté y verlo junto a mí lleno mi corazón de felicidad.


Bajamos a desayunar junto e incluso nos fuimos a la habitación a bañarnos juntos, sabiendo que era el último tiempo que pasábamos juntos. Él volvería a su casa y yo de vuelta a la normalidad.


Y dejaríamos en manos del destino el volvernos a encontrar…


Mientras guarde su número de teléfono como “Mío”


Estoy segura de que algo genial pasará.


Lilhy.


 
 
 

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