La mujer del jefe
- Lilhy Camacho

- 11 jul 2020
- 14 Min. de lectura

- Buenos días princesa – Me decía Jonhy al despertarme con un beso
- Mmmmmm – me rehusaba a despertar, como me suele suceder muy seguido
- Anda hermosa, tenemos un gran día – Lo decía mientras volvía a besarme el cuello
- Noooo – Dije mientras tomaba mis cobijas y me volteaba para dormir de nuevo
- Niña dormilona – Decía mientras se reía como niño de mi extraña manía de sentirme un koala
- Esta bien, ya voy – Dije mientras sacaba una pierna del refugio de las cobijas
- Huy, por eso me gusta despertarte – Lo decía mientras pasaba su mano por mi pantorrilla y poco a poco llegaba a mi rodilla.
Por instinto mi cuerpo se curveaba para sentir más su calor, y el subía más y más hasta cubrir mi nalga con su mano y yo cada vez me calentaba más con su cuerpo y no con las cobijas.
Bajó su mano hasta delinear cada detalle de mi tatuaje mientras su boca se acercaba a mi cuello y mi cuerpo respondía por él.
Definitivamente era la mejor forma de despertar.
Cuando por fin abrí mis ojos para voltear a verlo una carcajada salió de él, sabiéndose ganador una vez más. Mi cuerpo, mi alma y mi mente respondían a él.
Entonces se paró y dio cuatro pasos apresurados al baño, y dos segundos después se escuchó la regadera. Imaginarlo desnudo bajo ese chorro de agua me calentó aún más.
De un salto bajé de la cama y corrí al baño, al momento de abrir la puerta un par de manos salieron detrás de la puerta dándome un susto infernal.
Sus carcajadas eran las de un niño, uno muy travieso que le encanta sorprenderme con cosas así. Mi grito fue épico y me hizo quererle pegar y reír al mismo tiempo. Siempre me pasaba lo mismo con él, pero lo que es cierto es que eso hacía que mis días empezarán de forma maravillosa.
El baño fue delicioso, después de reírse de mí me hizo levantar las manos para poder sacarme por la cabeza la playera 3 tallas más grandes que yo, con el fabuloso estampado de “Los Misfits”, una joya que él apreciaba mucho y yo disfrutaba para dormir. Debajo no tenía nada, así que poco a poco mi cuerpo aparecía ante él y me hacía sentir como un regalo de navidad que llega para alegrarte la vida, y en este caso ponerle dura la verga.
Él mismo se quitó los boxers y estando los dos desnudos nos metimos a la regadera que ya llenaba el baño de vapor. No puedo decir qué estaba más caliente, el agua o nuestros cuerpos, pero el sabernos húmedos y juntos hacía todo perfecto.
Sus besos eran ardientes, la forma que tenía de aprisionarme entre la pared y su cuerpo me encantaba, lograba un choque de temperatura que encajaba perfecto con lo que él me hacía sentir. Tomó un poco de jabón líquido y pasó sus manos por mi cuerpo, bajando poco a poco por mis hombros, mis pechos con un especial cuidado en cada uno de mis pezones poniéndolos duros solo para disfrutar de mis gemidos de placer.
Después de haber disfrutados de ellos bajo su mano por mi vientre y con la otra tomó mis manos por mi espalda para tener el control total de mi cuerpo, de mis emociones y de mi placer. Era suya y él lo sabía, y mejor aún, lo honraba.
Poco a poco bajó su mano hasta llegar a mi clítoris y en pequeños círculos suaves me llevo al cielo… mi humedad se mezclaba con el agua caliente que caía sobre nosotros. Mi respiración estaba acelerada y en ciertos puntos entrecortada. Justo cuando los espasmos comenzaban a disminuir soltó mis manos y me dio media vuelta para entrar en mí de una sola estocada.
El asombro, el dolor, el placer, su calor, su verga, sus manos clavándose en mi cadera eran la combinación perfecta para que mis contracciones abrazaran el duro falo que entraba y salía de mí, con fuerza, haciéndonos terminar juntos agotados y felices.
Aún después de terminar entraba y salía lentamente para hacerme sentir los últimos estragos de mi maravilloso orgasmo. Mientras delineaba con un dedo la silueta del tatuaje de mi espalda. Y me decía con una voz ronca lo mucho que le encantaba.
Yo literalmente no podía ni hablar, solo terminé con la cabeza recargada sobre mis manos intentando controlar mi respiración. Sabiéndome la más afortunada del mundo por tener este maravilloso hombre no solo como mi pareja, también como mi nuevo jefe.
La vida fue diferente al regresar de esa hacienda, ahora todo lo hacíamos juntos, éramos un gran equipo, él como coordinador de mi área y yo dirigiendo lo que mejor sabía. Con su llegada venían muchos cambios en el sistema de trabajo, ahora a todos nos hacía meditar y bajar la intensidad en el estrés que se venía manejando. Después de todo, la mayoría de los empleados eran millennials que terminaban más preocupados por redes sociales que por los problemas de la oficina. Y él llegaba a poner un poco de estilo a la oficina.
Lo primero que comenzó a cambiar fue que se les permitió más casual, respetando ciertas reglas de vestimenta, pero de vez en cuando veías empleados en tenis, blazers, chalecos y en un par de semanas las corbatas habían desaparecido.
Por suerte él era de la vieja escuela y el 80% del tiempo las usaba, incluso un par de veces las ocupamos para que me amarra en la silla de su oficina para darme algún tipo de placer.
Antes de su llegada yo era el brazo derecho de mi jefe y estaba presente en la mayoría de las reuniones “importantes” excepto en esas que se cerraban en restaurantes carísimos donde las meseras atienden con medio escote de fuera y, en donde se cuenta que, por un par de billetes te dan un postre especial. Eso era solo de los jefes, pero en todas las demás siempre estaba.
Al llegar él se quedaba como mi coordinador, es decir, un puesto entre mi jefe y yo y eso me desplazaba de esas reuniones, y para hacerme parte de ellas fingía ser la asistente, pero como tal solían tratarme. Al entrar a la sala se callaban o hacían bromas respecto a los empleados.
¿Cómo podía ser que algo que me hacía tan feliz (que era trabajar con él) cambiara completamente el panorama de mi trabajo?
Un trabajo que además amaba y me encantaba de sobremanera.
Ya habían pasado un par de semanas y cada vez era más obvio mi incomodidad, pero no quería salirme, en esa empresa había escalado por mucho tiempo, pasando por todos los puestos debajo de mí. Logré mi ascenso puesto tras puesto y en menos de un año ya ganaba el doble y tenía mucha responsabilidad a mi cargo. Cuando él llegó lo alivió, pero al parecer ya no me necesitaban y eso me ponía mal.
En una de las juntas uno de los clientes no dejaba de verme, cada vez que entraba sentía su mirada repasarme completa, de arriba abajo, sin ningún descaro. En otro momento sentirme así de deseada por algo prohibido me hubiera hecho coquetearle un poco, pero ahora el hombre que daba la proyección a un año ocupaba todos mis sentidos.
Además, justo ese día había pasado algo extrañamente genial.
Al pasar por mí a mi casa (porque no siempre me quedaba en su apartamento, algunas veces me iba al mío) salí con dos termos de café, unos muy cursis que compramos en una plaza. Tan cursis que nos encantaban.
Al momento de subirme al carro, en pocos segundos el carro comenzó a oler a un rico café, negro cargado como nos encantaba. Habíamos avanzado un par de calles cuando recordé que había olvidado el folder del contrato en la barra de la cocina por tomar los termos, así que con una risa solo dijo “si no te amara tanto seguro esto me haría enojar demasiado”. Dio la vuelta en la esquina y condujo hasta mi casa.
Esas mismas calles que habíamos avanzado y ahora regresábamos fueron las que me quedé pensando en lo que había dicho… ¿yo había escuchado mal? ¿era sarcasmo? ¿se burlaba de mí de cierta forma?
No dije nada, bajé en silencio y dos minutos después estaba de vuelta en el auto. Aún en shock, sin saber qué decir o qué hacer.
Cuando me subí y abroché el cinturón de seguridad, estaba mirando hacía abajo cuando sentí un par de dedos en mi barbilla que me hicieron levantar lentamente la mirada, debo confesar que fue con un poco de miedo.
Y ahí estaban esos dos ojos cafés que están llenos de magia, los mismos que me enamoraron a través de una pantalla, los mismos que día tras día me veían como un regalo solo para él cuando me hacía el amor. Esos de los cuales estaba perdidamente enamorada y que tenía un miedo irremediable de confesarlo.
- Así es hermosa, te amo
- Pero…
Su mirada estaba fija en mí y poco a poco pude ver de nuevo ese miedo que se acercaba, descubrí que los dos teníamos miedo de amarnos como lo hacíamos.
- Llevamos tan poco – dije en un suspiro
- Te he esperado toda mi vida
Las palabras adecuadas con el beso adecuado. Sus labios sellaron la oportunidad de dar alguna mala excusa para no confesar que yo sentía lo mismo por él. Sus manos sostenían mi cabeza, poco a poco fue posando el peso de su cuerpo en mí, cada vez lo sentía más caliente, más acelerado y en mi pierna lo podía sentir más duro por mí.
Eso me calentó en segundos y al quererlo tocar llevo mis manos debajo del cinturón de seguridad que tenía puesto y jaló el extremo de este. Eso me inmovilizó y me hizo gemir un poco más fuerte.
En un acto de extrema destreza, en un movimiento jaló la palanca que reclinaba mi asiento totalmente y se posaba literalmente encima de mí, mientras yo permanecía inmóvil por el cinturón. Me besaba con hambre, con ansiedad y necesidad de escuchar las mismas palabras salir de mi boca.
Poco a poco subió sus manos por mis piernas hasta llegar a la orilla de mis bragas y la bajó lentamente, hasta que cayeron a mis pies.
Y se levantó para dejarme húmeda, jadeante, caliente y necesitada de él. Su único toque había sido para sacarme las bragas, nada más, ¿Quién dice “te amo” y después te deja a medias? Al parecer él.
Se sentó en su asiento, tomó mis calzones y se los metió en la bolsa del saco, se ajustó no se qué delante del espejo y prendió el carro para empezar a manejar.
Mientras manejaba yo estaba acostada aún en mi asiento, con mi cabello alborotado y mi respiración irregular. Opté por una nueva jugada, poco a poco me puse de lado, dejando que mi falda se subiera un poco más enseñando parte de mi nalga y extendí mi mano derecha para tocarle la pierna. No se inmutó ni un poco así que moví un poco más la mano y saqué un poco más el culo.
Esta vez funcionó porque dejó de agarrar la palanca para poner su mano en mis nalgas y comenzaba a sobarlas con fuerza, con la misma intensidad que yo acariciaba su verga, y él movía la cadera para tener el control de la forma en que lo tocaba.
Eso era la gloria, el carro olía a café, a su loción, mi perfume y el fabuloso olor a sexo y deseo. Un par de calles antes de llegar se ajustó en el asiento haciendo que quitara mi mano, me dio una nalgada y con una sonrisa que juraría era la marca del Diablo, me dijo:
- Señorita Camacho, sus bragas y su orgasmo será confiscado hasta que se confiese con su amo y señor, o sea, yo.
Tenía una sonrisa triunfal que era contagiosa, él sabía lo que yo sentía, y en cierto modo conocía mi miedo a confesarlo y encontraba la forma de hacérmelo pasar genial a pesar de eso.
Su acto me dio risa, y me hizo ajustarme en el asiento y alinearme el cabello, tomar un par de tragos de café y estar lista para bajar del carro, consciente de que mis bragas estaban en la bolsa de su saco. Eso y que me había dicho que me amaba. Así, normal.
Ahora en medio de la junta presentía que el cliente sabía que mis bragas habían abandonado su lugar de origen. Había repasado mi cuerpo con detalle y me miraba como si de cierta forma al aceptar trabajar con nosotros podría tener un cierto poder sobre mí.
Claramente pidió que quería que yo coordinara esto de nuevo, como en los viejos tiempos yo a cargo y teniendo contacto directo con él totalmente por casi un mes. Esa historia ya me la conocía y me di cuenta de que ya no la quería.
Si bien extrañaba eso, ahora que tenía más tiempo había podido ejecutar un plan que siempre tenía a medias, lo cual nos ayudaría a llegar a mucha más audiencia, así que pude entender la maravillosa función de Jonhy en mi trabajo.
Pero si bien ya entendía eso, ahora lo iba a dejar claro frente a un machista pendejo que se creía con poder sobre mí.
Así que, entré una vez a la oficina, cuando estaba por terminar de explicar el proyecto Juan, era la parte final y este era el momento donde el cliente decía quien quería que lo coordinara.
Juan daba sus últimas palabras y yo me acerqué de forma coqueta a Jonhy que instintivamente puso su mano en mi cadera casi mi nalga para acercarme más a él y en el oído le susurré “Te amo”.
Yo sabía que el cliente nos veía con detalle, puedo jurar que no tenía ni idea de lo que Juan estaba diciendo solo por estar totalmente enfocado en como Jonhy apretaba mi cadera y me miraba fijamente a los ojos y yo me entregaba por completo a él.
Un segundo después me soltó y dijo en un susurro fingido, “dile por favor que en dos minutos tomó su llamada desde mi oficina, que no cuelgue”.
Yo solo le sonreí y salí de nuevo de la oficina, viendo de reojo la cara del cliente. Se lo merecía por su estúpida actitud de macho. Nada que ver con el hombre que salió de la oficina para llevarme a la de él.
Apenas cerramos la puerta me besó, mientras subía mi falda y movía ágilmente sus manos para sentir mi humedad y recargarme sobre un archivero y así poder entrar en mí.
Ambos estábamos preparados, húmedos calientes… enamorados.
Eso tenía que ser rápido, teníamos que regresar a la junta, así que un par de estocadas bastaron para un orgasmo monumental.
Mis uñas se clavaban en su piel a través de su camisa y él me besaba con intensidad para callar mis gemidos y así llegamos juntos al orgasmo. Sentía mis piernas húmedas por los fluidos de ambos, y no teníamos nada con que limpiarlo, así como todo un cabello de la vieja escuela sacó un pañuelo de su saco y me limpio, solo que no era un caballero y eso no era un pañuelo, ¡eran mis bragas!
La risa de niños volvía a nosotros, sabiéndonos traviesos, cómplices, amantes.
Al terminar de limpiarme guardó la evidencia en la parte trasera de su pantalón y me ayudó a ponerme de pie, ni hablar hoy sería día libre de bragas en la oficina. Un par de minutos después regresamos a la oficina con una sonrisa triunfal.
- Pues ya conoce mis reglas, si no se respetan no hay trato – decía el cliente
- Pero Lilhy ya no coordina esa área, ahora lo hace Jonhy – contestaba un poco exasperado mi jefe
- ¿Qué pasa aquí? – preguntó Jonhy entrando en la conversación
- Pues lo que pasa es que yo llegué a esta empresa por la recomendación directa de que trabajara con Lilhy, porque ella es la que llevó el caso de mi amigo, y ahora resulta que van a poner a alguien más que ni siquiera tengo referencias de cómo trabaja – contestó el cliente con un tono de voz muy alto.
- Para eso le di la presentación – dijo Jonhy en un tono muy calmado
Eso siempre me sorprendía de él, esa habilidad de calmar sus emociones, de ser claro, sereno, maduro, y lo mejor es que era solo para mí.
- Además, la llamada que recibí era del área fiscal, tu investigación no pasó y no podemos trabajar contigo, hacerlo sería una pérdida de tiempo porque al final no nos aceptarán tu proyecto. Así que te sugiero que antes de pedir un coordinador hables con tu contador y pídele que aclare esto.
- ¿De qué me estás hablando? – gritó hecho una fiera el cliente
- Hace años fuiste a juicio por una cuestión familiar, ¿cierto? – dijo Jonhy con una calma que parecía que daba la hora
- Pero eso fue hace años, además ¿a ti qué te importa? – decía cada vez más agitado
- ¡Claro que nos importa! – dijo casi gritando mi jefe – nos harías perder tiempo y dinero si seguimos con esto. Gracias a Dios tomaste esa llamada a tiempo Jonhy. Yo te sugiero que hasta que no arregles esto no avancemos más.
- Pues no, ya no volverán a saber nada de mí – dijo mientras azotaba la puerta.
Y ahí estábamos, Juan, Jonhy, mi jefe y yo.
- ¿Cómo supiste? – le preguntó mi jefe a Jonhy, al parecer fue obvio que no fue a tomar una llamada a su oficina
- El tipo del área fiscal me pasó el reporte ayer, pero tenía curiosidad por saber cómo se iba a comportar, y bueno, ya lo dejó muy claro.
- Ni hablar, ¿todo bien Lilhy? Te noté algo molesta
- Solo un poco acosada – dije tratando de bromear
- Lo notamos, lamento que pasara eso – me lo dijo mi jefe con un gesto de apoyo
- Bueno, si me permites, voy a llevar a mi mujer a comer – dijo Jonhy mientras me estiraba la mano para ayudarme a parar
- Claro, ¿regresan?
- No creo, nos vemos mañana
Y salimos de la oficina, yo creía que íbamos directo a su departamento, pero me sorprendió notar que no fue así.
Fuimos a comer a un restaurant con mesas muy privadas y un ambiente acogedor. Música de Jazz en el fondo y una atención perfecta por parte del personal.
Pedimos algo ligero de comer, yo lo acompañé con una copa de vino y el con un whisky que le sirvieron con un par de hielos con una interesante forma.
- Lamento que pasaras por eso hoy, quería partirle la cara
- Cariño 90% de las personas con las que trabajo son hombres, he escalado posiciones trabajando con ellos codo a codo, muchas veces soy un cabrón más. Le puedes preguntar a cualquiera, si tu y yo no fuéramos pareja lo hubiéramos manejado diferente, pero estoy bien. Te lo aseguro
- Quiero cuidarte – dijo con total sinceridad
- Y lo haces, a tu manera
- Nadie toca lo que es mío – lo decía mientras tocaba lo su vaso hasta empapar sus dedos de las gotas que tenía alrededor su vaso a causa de los hielos
- ¿Es en serio? ¿Cómo todo un macho dominante? – pregunté en tono de burla
- No – dijo mientras metía su mano entre mis piernas y con sus dedos fríos tocaba mis labios – Como alguien que te ama
Las 5 palabras y sus dedos me hicieron cortocircuito, mis manos temblaban sobre la mesa, mi respiración estaba agitada, mi pecho subía y bajaba y solo podía ver sus ojos que brillaban de una forma genial. Una sonrisa de medio lado era mi perdición y ese exquisito tono de voz que había adoptado al vivir mucho tiempo en el extranjero, y luego vi sus labios, esos que eran una clara muestras de lo que es perfecto, su barba, su sonrisa…
Y bajé la mirada un poco más y debajo de su camisa se alcanzaba a ver la orilla de su tatuaje y sus manos, que por cierto ya no sentía entre mis piernas y como si fuera en cámara lenta pude ver como tomó un hielo y se lo metió a la boca, mientras chupaba un poco sus dedos. Imaginar que tenían mi sabor me prendió un poco más. Y de pronto tomó el hielo en su mano de nuevo y está desapareció entre mi falta.
Me besó lentamente con su boca y su lengua tan fría como el hielo que ahora entraba en mí.
Mi cuerpo se erizaba por completo, el choque de temperaturas era excitante, saber que nos podían descubrir nos subía la adrenalina y cuando el hielo rozó un par de veces mi clítoris clavé mis uñas en su brazo y cerré los ojos, eso era la gloria. Eso era lo que él causaba en mí.
Entonces sacó el hielo de mí y lo llevo a mi boca, el sabor era delicioso, todo era hedonismo puro y yo estaba que ardía por él.
Me besó para que le pasara el hielo a su boca, y acto seguido lo tiró a su vaso, dio un último trago a su bebida y pidió la cuenta.
Con trabajo pudimos salir del restaurant, los dos ardíamos. Al bajar al estacionamiento el ascensor fue una deliciosa parada, pero era peligroso así que caminamos hasta el carro, cuando me iba a abrir la puerta me aprisionó, subió mi falda hasta la cintura y sacó su verga dura por mí.
De una estocada entró y me hizo suya ahí mismo.
Mis pechos subían y bajaban con cada estocada, así que decidí jalar los dos botones que los mantenían tapados para que pudieran salir, mi brasier no fue impedimento para liberarlos.
El chupaba, mordía y tomaba todo a su paso y el orgasmo fue magistral.
Poco a poco comenzamos a retomar la respiración hasta que me pude poner de pie y respirar con normalidad.
Después de una eternidad me abrió la puerta del carro y me pude subir, un minuto después él hizo lo mismo y antes de prender el carro me miro directo a los ojos, un simple acto que me encantaba.
- So? – preguntó con su cara de niño que me volvía loca, con sus ojos sacando chispas y una sonrisa monumental
No pude evitar sonreír, este hombre me encantaba en todos los sentidos.
- Te amo cariño
- ¡Lo sabía! Ahora vamos a casa.




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