Mi lector favorito
- Lilhy Camacho

- 26 abr 2020
- 13 Min. de lectura

Mi historia con él comenzó de la forma más inesperada, y me sorprendió en tantos sentidos que no supe cómo reaccionar.
Él era mi lector más atento, cada historia que publicaba era automáticamente comentada y compartida por él, siempre festejando mis ocurrencias, siempre atento, siempre para mí.
Cierto día compartí la experiencia que tuve con un majestuoso instructor del gimnasio donde iba, como en cada historia contaba con lujo de detalle como me hizo suya y la forma en que follé con él. Esta vez me di la oportunidad de hablar un poco más de sentimientos que el placer carnal, era algo nuevo para mí, pero lo merecía.
Al momento de subirla no vi su like, ni que la compartiera, así que le di un poco más de tiempo… Uno, dos, tres días después y nada, de repente un mensaje en el buzón de mi blog me sorprendió. Un mensaje que parecía más una carta de amor.
“Leer lo que sentiste por él me hizo sentir miedo, miedo de perderte, aunque no eres mía”
Decía aquella carta, donde con lujo de detalle él me explicaba cómo llegó a mí, cómo al leerme cada semana sentía que me conocía un poco más y la forma en que esperaba con ansias conocer un poco más de mí.
Debo confesar que al principio me dio miedo, después de todo yo no lo conocía y él solo conocía una parte de mi vida, la que yo quería mostrar. Pero, por otro lado, sabía leer entre líneas, mencionaba pequeños fragmentos de mis historias que me hacían ver vulnerable, detalles que nadie notaba… pero él sí.
Leerlo me hizo sentir que yo era parte de él, que me conocía y que se preocupaba por mí. Fue una oleada de aire fresco el pensarme querida y mimada por alguien, el saber que hay con quien puedo ser frágil por momentos y eso está bien para él. Porque me ve humana.
No puedo decir cuántas veces leí su carta antes de contestarla, y curiosamente, siendo escritora, me costó mucho más trabajo de lo que esperaba.
“Querido lector”
Así comencé la carta, aunque me había dicho su nombre no me sentí capaz de escribirlo en ese momento. Pero sí pude agradecerle de corazón sus atenciones, su cariño, su interés en mí, más allá de mis historias.
Dos horas después de mandarle la respuesta un nuevo mensaje aparecía en mi bandeja de entrada, una carta con un humor extraño y divertido. Contestarla me resultó muy fácil y extrañamente familiar. Antes de finalizar la semana nuestros mensajes eran demasiados, y juntos creamos una historia de ficción para mi blog, esta vez con pequeñas fantasías que se ligaban en una historia perfecta, y puedo confesar que ha sido de las mejores historias que he publicado.
La siguiente semana me invitó a comer juntos, y con gusto acepté, después de todo no todos los días puedes conocer a tu seguidor más importante.
Cuando llegué a la cafetería que quedamos, iba muy nerviosa, sintiéndome de nuevo como una niña de secundaria que está a punto de llegar a su primera cita oficial. Lo busqué con la mirada, las fotos que nos habíamos mandado eran suficientes para reconocernos, además en sus mensajes decía que iría con una camisa blanca con figuritas. Recuerdo que cuando leí eso pensé “ojalá no sean figuritas de Star Wars ni Mario Bross”, no soportaría algo así.
Pero no, justo en la mesa de la ventana un chico lindo me sonreía al tiempo que se ponía de pie para mí. Y en dos segundos quedé prendada a él. Sus ojos brillaban, su sonrisa era sincera y por todos los Dioses, nunca nadie en la vida me había visto así.
Cuando llegué con él me di cuenta de que era, quizá, unos 5 o 7 centímetros más alto que yo, y eso me gustaba, además su camisa no tenía figuras de otra galaxia y tenía una expresión seria que resultaba intrigante por el contraste del brillo de sus ojos y su media sonrisa.
Sentí como me miraba, como su pecho subía y bajaba de la misma forma que el mío, que estaba tan nervioso y ansioso como yo. Era raro sentir que nos conocíamos desde hace mucho tiempo a pesar de que esa era la primera vez que estábamos juntos. Veía sus movimientos perfectamente marcados, tan seguro de sí mismo, siendo un caballero para mí.
Comimos delicioso, mientras teníamos una de las mejores platicas que he tenido en la vida. Conocerlo era exquisito, porque su inteligencia y su habilidad era notorio, y no porque no él lo hiciera obvio, más bien porque tenía una forma de expresarse tan precisa que me hipnotizaba cada que hablaba.
De repente me descubrí contándole cosas que a nadie le comparto, y lo mejor del caso es que me sentía genial haciéndolo, es una sobredosis de ternura saberme escuchada y mimada. Y él lo conseguía. Todo el tiempo serio, todo el tiempo atento y de repente algo en él me hacía ver que estaba loco por mí.
Al salir del lugar caminamos a su carro, me abrió la puerta y creí que sería el momento perfecto para un beso, pero no fue así, solo me miró como nunca nadie y agradeció mi compañía. Eso lo hizo mucho más intenso, porque ahora moría por un beso de él. Quería probar esa boca, quería tocarlo y curiosamente me sentía nerviosa de hacerlo.
Durante todo el camino platicamos perfecto y de repente, en un semáforo, mientras yo veía una tienda de artículos de decoración, dijo mi nombre y al momento de voltear a verlo solo me tope con unos labios perfectos… el asombro, las ganas y el roce de su lengua me hicieron besarlo como nunca lo había hecho. Ahí estaba sorprendiéndome de nuevo, marcando el ritmo y quedándose en mi mente de la forma adecuada.
El beso solo duró lo que el semáforo en rojo, pero juro que sentí la sensación en mis labios los 20 minutos hasta que llegamos a mi casa. Al llegar, se bajó él primero para abrirme la puerta y al despedirse solo fue un ligero beso, uno que me dejaría con ganas de más, mucho más.
Las siguientes semanas hablábamos todo el tiempo, resultó que era tan adicto al trabajo como yo, todo el tiempo me hablaba de metas y proyectos y eso lo hacía sumamente sexy. Platicar con él, incluso de temas cachondos era coquetearle a su mente. Él no era un chico común y eso me encantaba.
Dos semanas después, yo moría de ganas de verlo. Una parte de mí para comérmelo entero y otra para comer un helado mientras veíamos el atardecer… así de loca me sentía por él.
Habíamos planeado varias salidas, y por cuestiones de ambos trabajos nunca se podían hacer… hasta cierto sábado por la tarde. El día que yo me tomaría para desconectarme del mundo y él lo ocuparía para compras en su casa descubrimos que teníamos tiempo libre los dos.
- ¿Vamos por un café?
- Estoy en pijama, ¿me llevas así?
- Sí, podemos comprarlo y lo tomamos en mi casa.
- Si va a ser así mejor pasemos por una botella de vino.
- Ok, paso por ti en una hora.
Y mi corazón se detuvo, ahí estábamos los dos, a punto de vernos, con la misma idea en la cabeza… entregarnos uno al otro completamente.
Dos palabras hicieron que mi corazón se parara y en un microsegundo comenzara a latir con fuerza. “Estoy afuera”, solo eso decía y yo ya quería correr a sus brazos.
Al salir lo vi recargado en su carro, esperándome. Al verme juro que su cara se iluminó, y su sonrisa llegó poco a poco mientras me recorría con la mirada.
Al llegar con él tomó mi cintura y me dio un beso de telenovela, ese donde él se inclina sobre mí y nuestros cuerpos se acoplan perfecto, mientras me sujetaba fuertemente y mis brazos rodeaban su cuello. Pensaba en eso cuando su mordida me regreso al mundo y en microsegundos calentó mi cuerpo. Sentía sus manos en mi cintura y sus labios moverse con un compás perfecto que cuando terminó el beso hubiera dado lo que fuera por volver.
Me puso de pie y ajustó su postura y un segundo después sacó un chocolate de la bolsa de su pantalón, ¿sabes hace cuánto nadie tiene un gesto así? Puffff, lo tomé y me colgué de su cuello para besarlo y agradecerle ese lindo gesto.
Nos subimos en el carro y fuimos a un supermercado que quedaba cerca. Un poco de queso, galletas, uvas y dos botellas de vino fueron la compra perfecta, para una tarde juntos.
Cuando llegamos a su casa, sin saber bien porqué, me quité los tenis en la entrada, colgué mi suéter en el perchero de la entrada y automáticamente quedé en short y camiseta, como si fuera lo más normal. Aunque era nuestra segunda cita.
Él me hacía sentir en casa, juntos partimos el queso, lavamos las uvas y mientras él ponía música yo me paseaba por su casa como si fuera mía.
Me descubrí bailando y cantando en su cocina, verlo preparar todo era sexy. Cuando a mí me tocaba preparar algo él llegaba a abrazarme por detrás, sintiendo todo su calor y mientras besaba mi cuello podía sentir su verga rozar mis nalgas. Y así comenzaron los juegos, de repente parábamos para besarnos, también hubo momentos donde había un cómodo silencio solo con la música de fondo para después decir algo que nos gustaba del otro.
Debo confesar que tanta familiaridad me hizo pensar en lo posible que podría ser el sexo monótono entre nosotros, y me imaginé estando en la posición de misionero rogando que termine lo más rápido posible. Y eso me dio miedo.
Creo que lo notó porque algo pasó…
- ¿Estás bien? – me preguntó
- Sí, no es nada.
- ¿Segura?
- Ajá, o bueno, es que…
- Dime – lo dijo en un tono mucho más serio.
- Me siento muy bien contigo. Eso es todo
- Pero…
- Tengo algunas dudas.
- Solo ve con calma, nos estamos conociendo, eso es todo.
Beso mi nariz y volvió a lo suyo.
Cuando tuvimos todo listo nos instalamos en su sala, la idea principal era ver una película, pero antes de ponerla comenzamos a platicar y eso nos llevó varias horas, una botella de vino y unas cuantas porciones de queso. Jamás prendimos la tele.
Poco a poco nos acurrucamos para seguir platicando y en cierto momento nos quedamos dormidos, juntos.
Al día siguiente yo tenía un desayuno con dos posibles clientes, así que me llevo muy temprano a mi casa para prepararme. Al despedirse me agradeció la noche y se fue.
Pasó una semana más y como cada viernes yo publicaba una historia nueva, esa semana ambos tuvimos muchísimo trabajo, así que no había mucha inspiración y mi historia fue una oda a mi libro favorito.
10 pm en punto y la historia estaba publicada. 10:15 había un like en mis redes sociales. 10:30 llegaba un mensaje a mi teléfono. “¿sigues en la oficina?”. Él sabía que sí, cada viernes me esperaba a subir la historia para salirme de ahí.
- Hola corazón, sí. En 15 minutos pido mi UBER.
- Yo voy por ti, llego en 10 minutos.
- ¿En serio? Pensé que estabas en tu casa.
- No, te espero abajo.
Su actitud me pareció extraña, como si estuviera enojado, preocupado o algo así. Como no supe que era me apuré a recoger todo, guardé mis cosas y me bajé del edificio. Al llegar afuera él se iba estacionando.
Como toda la vida, se bajó del carro para abrirme la puerta, pero al llegar a mí su beso me impactó. Esta vez no fue de telenovela, esta vez parecía salido de una escena del Marqués de Sade, me sostenía tan fuerte que podía sentir sus dedos clavándose en mi piel, una mordida me hizo abrir un poco más la boca y movía la lengua de forma casi mística. Lentamente subió su mano hasta mi cabello y lo sujetó fuertemente. Lo cual me hizo gemir, y esa fue la señal para recargarme en el carro y rozar todo su cuerpo con el mío. Sus besos eran dominantes, eran precisos y el roce de su verga me estaba haciendo mojar mis bragas.
Abrió la puerta del carro y me subí casi gimiendo, cerró la puerta con un empujón y corrió a subirse él. Cuando lo hizo me volvió a besar, parecía tener hambre de mí, y yo agradecía eso.
Cada semáforo, cada momento de tráfico y cada oportunidad que tenía me besaba. El camino duró exactamente 14 minutos hasta un hotel hermosísimo. Un momento antes de entrar me preguntó si quería pasar la noche con él.
Un beso mientras pasaba mi mano sobre la bragueta de su pantalón le dieron la respuesta.
Cuando nos dieron la habitación antes de bajar del carro me besó como nunca, de cierta forma su cuerpo estaba sobre mí y sentía su respiración tan agitada que me calentaba más y más.
Ya conocía su lado tierno y cursi, su lado inteligente y hábil… y esta noche conocería a la bestia que me enseñaría cómo se debe follar.
Bajó del coche y antes de abrir mi puerta algo sacó de la cajuela y lo puso sobre el carro, después llegó conmigo. Al bajarme, después de besarme me dio media vuelta y presiono su verga en mis nalgas mientras sujetaba mi pecho con una mano y rozaba mi oreja con su boca. Podía sentirlo por todos lados y mientras me perdía en ese placer me sorprendió sentir algo sobre mis ojos.
La impresión fue mucha, así que lo toque y era una tela satinada que amarraba detrás de mi cabeza para mantener mis ojos tapados. En ese preciso momento fui consciente de mis respiraciones agitadas, de que me sudaban las manos y que estaba totalmente loca por ese hombre.
Sentí que se movió y un momento después me besó, solo tocando mis labios con los suyos nada más. Al momento de levantar mis manos para sentirlo, con una voz muy gruesa, que imponía solo dijo “deja las manos como si rezaras”.
En lo último que podía pensar era en rezar, aunque podría ponerme de rodillas ante él cuando quisiera.
Mientras pensaba en eso sentí un par de esposas en las muñecas y mi cabeza explotó. Juraría que mi gemido se escuchó en la otra habitación.
- Ahora subiremos con cuidado, solo sigue mis instrucciones
- Sí señor – dije un poco en broma
- Si no lo vas a decir sincero no lo digas
Su comentario me dio miedo, ¿en serio estaba con un hombre tan dominante?
Uno, dos, tres escalones y se detuvo.
No lo sentía cerca, tenía miedo de caerme y traté de agudizar mi oído y solo escuchaba su respiración agitada.
- Eres hermosa, ¿lo sabes?
La cinta que tapaba media cara no dejaba ver lo sonrojada que estaba, ¿cómo podía hacer un comentario así?
Unos escalones más y me detuvo de nuevo.
- Estamos en la habitación, ¿te puedes quitar los zapatos o te ayudo?
- Son sandalias, solo es necesario bajar el cierre detrás y listo.
- Lo hago por ti.
Lo dijo mientras sentía sus manos recorrer mis piernas, escuché bajar el cierre y me sacó mis sandalias con delicadeza mientras me daba pequeñas mordidas en las piernas, y eso era fascinante.
Antes de pararse sentí su cabeza justo en medio de mis piernas y aspiro mi olor a través de mi ropa, y yo ya no podía más, lo que quería ya dentro de mí.
Se paro lentamente y con sus manos me ayudó a bajar las mías hasta sentir su verga dura sobre la tela de su pantalón.
- Así me pones Lilhy
Escuchar mi nombre en esa voz, en ese momento me hizo masajearla con entusiasmo, sentía como palpitaba bajo mis dedos, cómo se ponía cada vez más dura y como su respiración era más intensa para mí.
Sentí como desabrocho las esposas para quitarme el saco que traía.
- Levanta los brazos
Lo hice sin dudar y una pequeña risa se le escapó, lo cual me hizo poner tensa en segundos, ¿de qué se reía? ¿de mí?
- ¿Estás nerviosa?
- No
- ¿Tienes miedo?
- No
- ¿Quieres hacerlo?
- Sí
- ¿Vas a complacerme? – lo decía cada vez en un tono más dulce, más caliente.
- Sí – dije mientras sonreía
Mientras me besaba y sentí sus manos levantando mi vestido hasta sacarlo por mi cabeza.
- Buena niña, ahora a rezar.
Para su sorpresa caí de rodillas ante él, y si no trajera la venda de los ojos mi mirada lo hubiera retado desde abajo.
- ¿Eso quieres? – preguntó más divertido de lo que esperaba
- Sí
- ¿Segura?
- Sí
- Abre bien la boca, que quiero que folles como nunca.
Bajó el cierre de su pantalón y tuve que ocupar mis manos para sentirlo, para ser testigo de que estaba tan duro para mí. Así que pase la lengua para probar esa ligera perla de semen que se asomaba y su gemido fue monumental. Y lo chupé un poco más, y más… hasta que lo metí completo a mi boca y él gruñía de placer.
- Las manos atrás y abre la boca – dijo con toda la excitación en la voz.
Entraba y salía de mí, llegaba tan profundo que cuando salía mi boca lo llenaba de saliva. Una y otra vez. Hasta que me puso de pie y me besó para probar su sabor en mí.
Cada beso era la gloria para mí. Me encantaba esta faceta de él y jamás me cansaría.
Comenzó a besar mi cuello, pasó por mis hombros y bajó hasta mi pecho, los besaba y mordía a su antojo, y era la gloria. De repente yo quise tocarlo y hacer lo mismo y se detuvo.
- No niña, no tienes permiso de tocarme.
- ¿Por qué? – Dije haciendo un puchero.
- Porque esta noche tu eres mi comida.
Escuchar eso me pareció lo más sexy, así que baje los brazos decidida a ser devorada por él.
- Las manos atrás.
El sonido de las esposas me hizo gemir de nervios y ansiedad.
Las puso con delicadeza y después se alejó de mí… ya no sentía su calor, ni sus besos, ni nada.
La alfombra me impedía escuchar los pasos, y solo podía escuchar los latidos de mi corazón. De pronto la música de Annie Lenox inundaba la habitación. Mi canción favorita, él lo sabía.
La tarareaba mientras se acercaba a mí y eso me encantaba.
Al llegar conmigo me besó, ¿cómo podía enloquecerme tanto un beso? Estar ahí dependiendo de él era la prueba que daba todo por esos besos. Y sentir sus manos tocándome, bajando poco a poco hasta descubrir mi humedad debajo de mis cacheteros de encaje era lo mejor.
Mientras masajeaba mi clítoris metió un par de dedos en mí y la sensación era sublime. Y mientras mordía mi hombro yo me derretía más en sus dedos.
De repente me llevó tres pasos adelante y sentí algo tocando mi trasero, moví mis manos para saber que era y encontré una fría mesa, o barra, no sé bien qué era.
Me ayudo a subirme con cuidado y el frío de la superficie era el contraste perfecto con lo caliente de mi cuerpo, y mientras era consciente de las temperaturas me perdí del momento donde abrió mis piernas… pero su lengua me regreso a la realidad.
Sabía lo que hacía y eso era genial, cuando me tenía sumamente húmeda sentí que se levantó y unos pequeños golpes me hicieron gemir… era la suavidad de su verga que anunciaba que estaba a punto de meterla, y yo ya no podía esperar más.
Entró sin tapujos, hasta el fondo y el placer combinado con dolor era delicioso, marcaba mi cuerpo perfecto, cada movimiento, cada palabra, cada beso me llenaban más de él.
Entraba y salía de mi a su antojo, tenerlo para mí era el cielo y saberme de él era tocar el infierno. Juntos éramos el contraste perfecto y así terminamos en un glorioso orgasmo.
Al terminar descubrió mis ojos y mientras me adaptaba a la tenue luz de la habitación y mi corazón latía a mil por hora solo fui consciente de su sonrisa. Esa por la que ya daba todo.
Soltó mis manos, aún estando dentro de mí. Y comenzó a besarme los hombros, mientras sentíamos los últimos estragos de ese orgasmo.
Descubrí sintiéndome segura y plena con él.
Pasamos una noche genial, estar con él era maravilloso.
Ahora puedo decir que él es mi lector favorito.




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