Mi mejor amiga
- Lilhy Camacho

- 31 may 2019
- 10 Min. de lectura
Había tenido una muy buena semana en mi trabajo, todo marchaba de maravilla. Esta vez los clientes se mantuvieron felices y relajados, lo cual nos llevó a subir nuestros números de ventas, y eso siempre lo agradecía.
Mi mejor amiga me llamó para quedar de vernos en un lugar que amábamos las dos, la cerveza siempre estaba fría y las alitas eran lo mejor. Como pocas veces en la vida, las dos teníamos tiempo y dinero para poder disfrutar de tan rico manjar.
La cita quedó a las 8:15 de la noche en la entrada del lugar, la hora perfecta para comer/cenar antes de empezar a chelear, así que sin perder ni un minuto más, le dimos con todo.
Como siempre, todo delicioso, pero esta vez algo nos faltaba, la cerveza ya no era suficiente, así que pedimos una botella de tequila para poder disfrutar justo como queríamos, y así, mientras ella me contaba cómo fue que pudo asociarse con ese alto ejecutivo al que le traía ganas desde hace mucho tiempo, yo me la pasé hablando de los tantos proyectos de libros que tenemos en la empresa, de los fabulosos clientes y de una forma casual y discreta confesarle que el nuevo compañero se me antoja demasiado. Porque sí, ¿para qué negarlo?
En respuesta a eso, ella me confesó que este sujeto con el que hizo la alianza, siempre estaba tan formal, tan lindo, tan caballeroso que inevitablemente en cada reunión salía excitada por alguna novedad que descubría en él.
Y de repente, nuestra conversación subió de tono, mencionando las miles de fantasías que nos pasaban por la mente cada que estábamos con estos hombres, desde el beso casual en el escritorio, un abrazo reconfortante que se podría salir de control en la entrada de la oficina, tal vez, un buena sesión de besos y caricias sobre el escritorio, y si ya vamos por ese camino, porque no follarlo de la forma más ardiente en el cuarto de papelería que nadie tiene acceso.
Ella hablaba de hacerlo en su carro en el estacionamiento de la oficina y que, incluso, se atrevería a darle una rica felación debajo del escritorio, en silencio, solo para darle placer en un lugar y en un horario totalmente prohibido.
Fue entonces cuando pensé en lo rico que sería la fantástica idea de que nos regalaran un orgasmo en un lugar público.
Literalmente le dije, imagina esto: en algún restaurant mientras comemos, él con su mano debajo de mi falda de una forma muy casual, sintiendo como sus manos tocan de repente mis rodillas, acaricia mis muslos poco a poco, subiendo cada vez más. Mientras mide sus palabras, mis gestos y mis gemidos que no puedo pronunciar. Su mano va subiendo cada vez más hasta llegar a mis bragas. Ver su cara de sorpresa al sentir la suavidad del satín que se mezcla con la de mi piel, perfectamente depilada para él, para que me haga lo que quiera. Con movimientos perfectamente controlados y con una sincronía perfecta primero me besa, pero solo para callar el gemido que provoca sentir sus dedos en mi humedad. Y mientras sus besos suben de intensidad, y me muerde mis labios dominándome, sus dedos juegan con mi clítoris de una forma mágica y gloriosa.
Descubrirme pidiendo más en silencio, solo con ese beso que es fuego en todos los sentidos. Mientras él me tortura con ese placer de poseerme de todas las formas posibles y solo tres palabras le bastan para hacerme tocar el cielo:
“Nena, dámelo ahora”
Una orden precisa que hace que pierda todos los sentidos, que no me importa nada más que su boca, sus mordidas y su mano.
Al terminar de contar esto, con un suspiro, mi corazón acelerado y un encantador rubor en las mejillas hizo que mi amiga replicara mi gesto, por todos los Dioses, estábamos las dos solas en un bar, con una música que tocaba al ritmo de nuestros corazones y más excitadas que nunca. Era obvio que el tequila corría como si fuera agua, y de cierta manera buscábamos algo más.
Casualmente, a los lejos vimos un par de chicos disfrutando de la noche, cabe mencionar que uno de ellos tenía una sonrisa muy coqueta, y un brillo perverso en los ojos que encajaba perfecto con nuestras aspiraciones de la noche. Cruzamos miradas, sonrisas y de pronto… ¡funcionó!
Los dos se acercaron a la mesa, el más guapo venía decidido a ligar, se le notaba en la confianza, en la sonrisa y en cada paso perfectamente marcado que no dejaba duda de que el que mandaba era él. Su amigo en cambio, traía su cerveza en la mano y al parecer le daba igual acercarse o no.
Cuando llegaron se presentaron, era obvio que él hablaría primero, José, 34 años, soltero. Su amigo, Javier, 32 años, soltero y con una actitud de hueva que los tres pusimos los ojos en blanco cuando nos empezó a contar sobre las broncas de su trabajo.
No había pasado ni media hora cuando se dio cuenta que en realidad no estaba en el mismo mood que nosotros, así que se disculpó con una mala excusa que a nadie le importó y se fue, y de repente ahí estábamos tres personas ebrias y, por mucho, calientes a más no poder.
Aun así, nos tomamos la libertad de pedir otra botella, de bailar y, ¿por qué no?, seducirnos un poco más. Mi amiga y yo cada vez bailábamos más cerca, nos tocábamos un poco más, era sumamente hedonista el sentir la suavidad de su piel y como se encendía con mis manos, ella sin remordimientos me hablaba al oído mientras ponía sus manos en mi cadera y bailaba de forma sensual conmigo. Nos sonreíamos y coqueteábamos de forma muy deliberada frente a él.
Y de pronto vimos que él pidió la cuenta, sorprendidas (¡y, no!) preguntamos qué porque tanta prisa, y con una enorme sonrisa triunfal contestó que era hora de terminarlo en otro lugar.
Saliendo del lugar, nos dimos cuenta que el conflicto era ¿dónde?, el traía carro y nosotras veníamos en el de Elena, entonces la única solución que encontramos fue que lo seguiríamos a su casa, dejara su auto y en el de ella nos fuéramos a un hotel. Así en ninguna de las casas tendríamos broncas.
Y tal cual paso, lo acompañamos a su casa, aparco el carro y de ahí se subió al de nosotras y llegamos a un lugar bellísimo. Sin problemas pasamos los tres y fue ahí donde empezó la verdadera diversión.
Al entrar, Elena y yo íbamos de la mano, hablándonos al oído y riéndonos como estúpidas, recuerdo que verla en ese vestido azul me hacía imaginármela de mil maneras, sus tetas se veían riquísimas, perfectamente torneadas y firmes. Sus largas piernas me invitaban a recorrerlas con mi boca hasta llegar debajo de esa tanga negra que muchas veces le había visto pero nunca se me había antojado tanto como esta vez.
Detrás de nosotras venía José que con su pantalón negro ajustado marcaba una verga que me moría por probar, unas piernas de ciclista que iban de acuerdo a su hombría. Su pecho tan perfectamente marcado, duro y perfecto que se me antojaba morderlo y perderme en él. Pero entre tantas cosas fabulosas que tenía, definitivamente me quedaba con su sonrisa, era el mismísimo Diablo sonriendo, con una chispa de saberse todo poderoso y dueño, al menos en ese momento, de nuestro placer.
Una vez en el cuarto, al cerrar la puerta Elena me dio el mejor beso de mi vida, tan dulce, tan suave. Definitivamente besar a una mujer es una sensación completamente diferente a un hombre, es mucho más ardiente y delicioso. Sus labios eran una poesía, su lengua la movía tan suave, tan delicada que me fascinaba. Si a eso le sumas que podía tocarle esa cinturita que a todo mundo encantaba, sus nalgas tan duras y firmes, que cuanto más la acercara a mí sus ricas tetas chocaban con las mías y que delicia.
Un jalón en el brazo me tomó por sorpresa, hizo que solté a Elena y cayera en brazos de José, un contraste perfecto, con su fuerza, su tamaño y su hombría que me perdí una vez más en él.
Marcaba un beso salvaje y perfecto, a su ritmo, con fuerza y con una necesidad que parecía que su vida dependía de mi boca. Indudablemente me sujete de sus brazos y tocaba cada parte de su cuerpo con una pasión que me parecía deliciosa.
De pronto, sentí unas manos bajando el cierre de mi vestido, me lo fue quitando poco a poco hasta dejarme en bragas y sostén en medio de los dos, Elena mordía y besaba mis hombros, José mi boca y mi cuello. Por un lado, sentía un cuerpo caliente, delicado y perfecto, y por el otro la fuerza y el vigor de un hombre.
Después me dieron la vuelta y pude quitarle el vestido a ella, y verla en esa tanga, sin sostén, sabiendo que la había visto miles de veces así y que ese día, por primera vez, la probaría fue demasiado hedonista. Recuerdo que besaba esos pezones perfectos que se ponían duros al sentir la humedad de mi boca y el movimiento de mi lengua mientras ella sostenía mi pelo para medio besar y medio gemir en mi oreja.
Mientras tanto sentía unas manos de hombre, una en mi cadera pegando mis nalgas totalmente a él para sentir lo duro que estaba por nosotras. Y la otra masajeando mi pecho, su mano era tan grande que lo cubría todo y lo tocaba a su antojo.
Entonces, como si estuviera practicado, las dos nos soltamos y corrimos a él, mientras ella se encargaba de quitarle la camisa yo fui por el pantalón y los boxers. Y te juro que tanta perfección debería estar prohibida, un tatuaje en la pierna, uno en las costillas y uno justo arriba de su verga fue la invitación perfecta para que las dos cayéramos de rodillas ante él.
Era imposible no querértelo comer enterito, tenía el cuerpo perfecto y la verga deliciosa, eso lo supimos casi al mismo tiempo. Ahí estábamos las dos hincadas ante él, pasábamos la boca y la lengua por cada centímetro, de pronto una se lo metía hasta el fondo mientras la otra chupaba y lamía todo a su antojo. Y en sincronía perfecta cambiábamos de posiciones.
En un punto el sujetó nuestro cabello y a su antojo entraba y salía de la boca de una y de otra de acuerdo a su placer, mientras tanto ella y yo nos tocábamos, me encantaba tener mi dedos en su humedad, sentir cómo se excitaba cada vez que él entraba en su boca y yo tocaba y masajeaba su clítoris, ella disfrutó mis tetas, las tocaba y masajeaba de una forma perfecta, y de pronto, al sentir como se venía en mi mano provocó en mí la mejor reacción y pude terminar con ella, pero esto apenas empezaba.
Sin dudarlo la levanté y la llevé a la cama, sí o sí, tenía que probar esos jugos, quería sentirla tan sensible, y pasar mi boca justo donde estuvieron mis manos. Una vez que la acosté en la cama comencé a pasar mi boca por sus labios hasta llegar a su clítoris, al mismo tiempo yo estaba en una posición perfecta que él aprovechó para penetrarme sin piedad, sin pedir permiso y obvio fue lo más delicioso que me pudiera pasar.
Él entraba y salía con la misma devoción que yo chupaba y lamía, tres gemidos, tres gritos, y un mundo de sensaciones fue el sentir cómo se venía en mi boca mientras yo mojaba la verga enterita que entraba en mí.
De pronto nos cambió de posición, él se tiró en la cama y Elena no tardó ni un segundo cuando se subió en él, segura de que lo quería sentir en lo más profundo de ella. Yo me tomé el tiempo de ver la escena tan deliciosa que tenía en frente, ella gemía delicioso, verla era un placer, cada que entraba y salía sus boobs rebotaban delicioso, su boca se entreabría y hacía sonidos perfectos, yo solo veía como el clavaba sus manos en sus nalgas, llevando el control, la fuerza y sabiéndose el poseedor de su placer.
Él me miró de una forma que cada poro de mi ser se calentó al momento, estiró su mano hasta tocar la mía y con un leve gesto me invitó a que me acercara, fue inevitable no hacerlo, fui hasta él y primero lo besé, cómo se debe hacer, cómo es preciso comerte a alguien con la boca, sintiendo su lengua bailar con la mía. Y una orden lo mejoró todo.
“Siéntate en mi boca”
Dioses, jamás había escuchado algo tan perfecto como eso, y no me quedó más remedio que hacer lo que me pedía, abrí mis piernas alrededor de su cabeza y bajé lentamente hasta que sentí su lengua rozar mi humedad, la movía de una forma gloriosa que me ponía al mil.
Elena seguía disfrutando de él en frente de mí, así que sin dudarlo puse mis manos en su cuerpo, lo recorría con suavidad, su piel a diferencia de la de él era tan suave y tersa, con ese tono de piel perfecto.
Ella subía y bajaba con una pasión interminable, así mismo me besaba y tocaba, podía sentir la lengua y las mordidas de él en mi lugar favorito. Y de pronto los tres comenzamos a sentir mucho más, todo era placer, pasión, deseo, los gemidos se convirtieron en gritos, él sujetaba mis caderas en una misma posición, yo mordía los labios de Elena y ella clavaba sus uñas en las piernas de él. Los tres perdidos en placer tuvimos un orgasmo monumental, delicioso y perfecto.
Poco a poco comenzamos a retomar el aire y la consciencia. Las respiraciones que fueron intensas comenzaban a ser un poco más pausada. Yo fui la primera en bajarme y acostarme junto a él. Elena se movía muy lentamente aún con él dentro de ella. Los últimos toques de aquel orgasmo nos mantenían sudando.
Poco tiempo después y con un gesto de dolor/placer ella nos acompañó a la cama, y ahí estábamos los tres, agradecidos con la vida por esa experiencia tan perfecta. Ella y yo estábamos acostadas juntas, ella recargaba su cabeza en mi hombro y nos sonreíamos con esa confidencialidad de siempre.
Unos minutos más tarde decidimos meternos a la tina a bañarnos, como muchas veces lo habíamos hecho, a fin de cuentas, ella siempre fue mi mejor amiga.
Llegó un punto donde él se sintió como un intruso, y sin dar más explicaciones, se despidió de cada con un delicioso beso en la boca, tomó sus cosas y se fue.
Ella y yo nos quedamos a dormir, al día siguiente pedimos el desayuno en la habitación, y después de otro baño nos preparamos para ir a casa, cambiarnos y salir de compras.
Porque, a fin de cuentas, ella siempre ha sido y será mi mejor amiga.





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