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Mi príncipe azul

  • Foto del escritor: Lilhy Camacho
    Lilhy Camacho
  • 18 dic 2020
  • 17 Min. de lectura

“¿Qué hora es?” Es el primer pensamiento que me llega a la cabeza antes de abrir los ojos. Un rayo de luz me da directo desde hace un rato, lo que mantiene mi espalda y mi pierna derecha mucho más caliente que el resto de mi cuerpo. Me llega un olor a café combinado con… su aroma.


Comienzo a abrir poco a poco mis ojos, pero se resisten, mi cuerpo está cansado, adolorido de hecho… anoche fue, grandioso. Imágenes de lo que pasó comienzan a aparecer como una película en mi mente, una sumamente sexy por supuesto.


El simple hecho de recordar su voz, sus besos, sus manos, y esa promesa implícita de estar juntos por placer, me hace latir de nuevo mi corazón, me niego a abrir los ojos, abogo por la oscuridad de la noche, misma que fue testigo de las cosas más maravillosas que pasaron entre nosotros.


Estiro los brazos pero los siento entumidos, me recuerda la forma en la que me sostenía de lo que podía mientras él arrasaba con mi cuerpo, el dolor de mis piernas me lleva a sentir de nuevo cómo entraba y salía a su antojo y mi mente siente aún el placer de follar desde nuestras fantasías más escondidas.


Aprieto un poco más los ojos y el olor a café abre mi apetito, por instinto paso mi mano por mi estómago y recuerdo los besos y las mordidas que me dio ahí. La forma en que sus manos sobaban mis tetas mientras él recorría con su boca cada centímetro de mi cuerpo me hizo soltar un gemido. Entre mis piernas algo comenzaba a palpitar y a humedecerse cuando recordé como pasaba su boca por mi humedad. Me tenía al límite, y en un punto exacto paraba y decía: “mírame”.


Dioses, esa voz. No sé cómo explicar lo que me hace sentir. Puede pasar de lo cursi a la fantasía más sexy.

Anoche fue así, él fue el mejor director de orquesta y con su lengua y sus manos me llevó al cielo.


Comienzo a moverme en búsqueda de un roce que llene el vacío que dejó, pero no lo consigo, así que bajo mi mano y siento mi cuerpo desnudo, el roce suave hace que mi piel responda, erizando cada poro. Cada lugar por el que paso puedo recordar un beso, una mordida, una caricia de él.


Al llegar a mi sexo aprieto más los ojos, ahora con el único fin de recordar esa mirada llena de placer que me hizo entregarme por completo, su boca, diciéndome las palabras más sucias con un tono tierno… algo difícil de explicar pero ahora me está dando el mayor de los placeres.


Mis pezones están tan duros que con una mano comienzo a sobarlos y responden a mí, o al recuerdo de él, no lo sé. Solo soy consciente del calor, de mi cuerpo, de mi placer… mi dedos hacen magia, mis gemidos son cada vez más fuertes y mientras toco el cielo pensando en él mi cuerpo tiembla, se desvanece y me parece que un olor mucho más fuerte a café y comida se intensificó.


Creo saber por qué, pero no estoy preparada para abrir los ojos, aún no.


De pronto, mientras mi corazón comienza a latir con un poco de normalidad siento un cuerpo caliente sobre mí. Sus labios se unen a los míos y yo aprieto los ojos y, sin querer, las manos que posan en mi sexo húmedo y caliente y en mi pezón izquierdo aún adolorido por todo lo acontecido vuelven a moverse.


- Es una delicia verte – me dice mientras besa la comisura de mi boca y con una mano quita el pelo de mi cara.

- ¿Quieres saber qué es una delicia? - pregunto sin abrir aún los ojos.

- Claro que sí – dice divertido.

Y abro mis ojos para verlo, y me encuentro con los de él, que me miran tan fijo que estoy segura que puede ver hasta el fondo de mi alma, y despierta esa sonrisa de medio lado en mí, es inevitable.


Esta vez no nos decimos nada, solo me acerco y lo beso, pero él sigue en la espera de una respuesta… de pronto dos dedos de mi mano con mi sabor plasmado en ellos entran suavemente en su boca.


Abre los ojos en medida que su lengua los recorre poco a poco, siento de nuevo mis pezones duros y soy consiente que él está duro para mí.

En medida que prueba de mis dedos y mi sabor su verga roza suavemente mi sexo y es delicioso.


Saco mis dedos húmedos de su boca para llevar mi mano a su verga, quiero darle el mismo placer que él me da. Quiero tocarlo, sentirlo, saborearlo, hacerlo mío.


Su mano de pronto sostiene mi cabello para mantener mi cabeza en su lugar, no puedo oponerme y siento todo su cuerpo marcando el mío y eso me hace sonreír.


- Eres una cabrona… y me encanta. – dice de esa forma única que tiene de tratarme.

- ¿Podría ser algo más? – digo retando un poco mas aún sabiendo que esta marcando mi cuerpo y mi alma.

- ¿Puedes? - pregunta en un tono que me reta y me prende.


Y yo asiento con la cabeza, mientras levanta una ceja en espera de la respuesta. Su mano jala mi cabello y la otra marca mi nalga izquierda tan fuerte que estoy segura dejará marcas en mi piel.


- Soy tu puta – lo digo mirándolo a los ojos.


Y levanta mis nalgas con una mano para entrar en mí. Marcando mi cuerpo, tomando lo que es suyo.

Sus embestidas son exquisitas, en el punto exacto, sabiéndose dueño de mi placer. Y eso es lo exquisito en él.

Llegan recuerdos a mi mente de la noche anterior donde me tomó a su placer en el carro, ninguno de los dos pudo esperar… los besos y su calor me hacían enloquecer. El alcohol en nuestro sistema nos quitó cualquier prejuicio que pudo quedar y nos entregamos uno al otro.


Mi falda se convirtió en un cinturón y mis bragas fueron a caer a algún lado del asiento de atrás, ambos nos masturbábamos, mientras Frank Sinatra contaba “Strangers In The Night" y me cantó al oído. Mientras entraba en mí y se abría paso poco a poco y todo era perfecto.


Terminar así fue sublime. Coger con él lo es, por que me toca el alma, la mente y mis fantasías… más allá de mi cuerpo.


Y ahora lo tengo dentro, siento como entra y sale de mí, con esa verga que me encanta. Sus embestidas son suaves y precisas. Esta vez me está haciendo el amor y es aún mejor.

Entre besos y caricias llegamos al cielo, siento como las palpitaciones de mi cuerpo acarician su miembro que está dando los últimos espasmos de placer y mis ojos se comienzan a adaptar a la luz.


Él está sobre mí, mientras acaricio su espalda y recorro cada uno de sus lunares del hombro con una mano el acaricia mi cabello que hasta hace un momento lo tenía apresado para el placer de ambos.


- Buenos días – es lo único que logro decir entre suspiros.

- Hola hermosa, buenos días – me contesta sonriendo y su voz hace saltar mi corazón. Sigo sin poder creer que este hombre sea mío.


Una sonrisa traviesa sale de mí y él abre sus hermosos ojos esperando mi travesura, aunque esta vez no la hay… solo es la felicidad de saberme con él. Acomodo mis piernas alrededor de su cadera y lo inmovilizo para que se quede justo ahí donde esta, quiero estar segura que se quedara ahí.


- Acabo de tener el sueño más extraño – digo de la nada.

- ¿Qué fue?

- Tú y yo viajábamos horas en carretera solo para buscar una tienda – digo consternada – o sea, en el lugar donde estábamos había tiendas… pero nosotros íbamos muy lejos buscando una.

- ¿Y luego? – pregunta riéndose un poco de mí.

- La encontramos y entramos a comprar comida chatarra porque tenía hambre.


Su cara era un poema, sabía perfecto que se estaba aguantando la risa por mi sueño tan equis y el momento más inesperado para contarlo.


- ¿Tienes hambre? – lo preguntó en un tono de voz tan ronca que me puso los pelos de punta una vez más… este hombre era insaciable.

- No te imaginas cuánta – contesté en el mismo tono.


El beso que vino después fue una mezcla de pasión y adoración, ambos sabíamos que no habría más sexo en ese momento, pero aún así los besos y caricias que había debían estar prohibidos.


Cuando por fin nos soltamos pude probar mi café, era delicioso… aunque ya no estaba tan caliente, tenía el sabor exacto. Y al lado un par de piezas de pan untados con mermelada de fresa y unas gotas de miel maple. Algo dulce para comenzar el día.


- ¿Qué harás más tarde? – me preguntó justo cuando salíamos de su departamento al mío.

- Voy a comer con mi mamá y mi hermana. ¿Quieres venir? – pregunté de compromiso y un segundo después me di cuenta que lo preguntaba de verdad.

- No pequeña, gracias. Disfruta con ellas.

- Ok, estaremos por la condesa, si quieres llegar. – dije casi en un puchero esperando a que dijera que sí.

- No creo, pero te aviso – fue lo último que dijo del tema.


Llegando a mi departamento se despidió de un suave beso y se fue. Al entrar me sentí de nuevo como en mi adolescencia, miraba las fotos que nos habíamos tomado juntos y sonreía como idiota a mi pantalla. ¿Qué me estaba pasando?


Recordaba la primera vez que me habló, dijo las palabras correctas en el momento correcto y me robó la razón. Nuestra primera cita fue interesante, al principio pintaba, (al menos de mi parte), ser la primera y última con él. Mientras más lo conocía menos teníamos cosas en común, pero había algo en él que me gustaba.


Entre risas y grandes conversaciones quede completamente alucinada con su sentido del humor, su madurez, sus cuidados, su aroma, sus ojos y su voz. Recuerdo que fue la mejor cita que he tenido. Solo por ser con él.

Y ahí estaba yo, un par de meses después viendo nuestras fotos juntos, extrañándolo de nuevo, pensando en él.


Pero, como ya había quedado, tenía que prepararme para comer con mis personas favoritas. Así que tomé un largo baño relajante y muy caliente. Me puse un vestido negro que me encanta. Tiene un listón en la cintura y una falda tan amplia que, a pesar de ser algo corto, me permite andar súper cómoda. Mis botas altas y un abrigo terminaban mi look para salir.


Justo cuando estaba por llegar mi taxi mi hermana me mandó un mensaje para que pasara por ella, al parecer ninguna llevaría carro por si se nos pasaban las copas, está noche íbamos por todo. Y no era para menos, mi hermana acababa de recibir un título que le costó bastante.

Pasé por ella y en el preciso momento que me vio me dijo:


- ¡¡Cuéntame todo!! ¿Anoche saliste con él de nuevo?

- Fuimos a cenar, algo tranquilo – contesté queriendo quitar peso al tema, pero nadie mejor que mi hermana conoce lo que hay en mí.

- Ajá… y yo soy la primera dama – dijo en un tono tan sarcástico que estallamos de risa.

- Lo he invitado esta noche, pero me dijo que no – dije en un puchero que salió desde mi pecho.

- ¿No quiso o no podía?

- Da igual. El punto es que no vendrá – dije en un suspiro. Por fin lo decía en voz alta.

- Bueno… la noche va empezando, todo puede pasar – me dijo ella con un guiño.


Ella tiene eso, puede hacerme mis días más sencillos con pequeños comentarios que alimentan mi espíritu. Tras una sonrisa de confidencialidad me contó la larga agonía que vivió en su trabajo, y así, un viaje de 20 minutos pasó volando.


Al llegar mi mamá nos esperaba en la mesa, y tal cual dijimos la noche fue fabulosa. Hubo vino, música, risas y la mejor actitud que podríamos imaginar. La noche había caído y estábamos algo enfiestadas… y en un arranque de euforia le mandé un mensaje al hombre que robaba mis sueños.


“Hola guapo. ¿Cómo va tu noche? ¿Piensas en mí? ¿Me imaginas desnuda?... Porque yo sí “


Le di enviar en medio de un chiste de mi hermana y no pude pensar tanto en las consecuencias. Tres copas de vino después, la cuenta y un tropezón en el baño decidimos que era hora de irnos.


- Yo pido el uber – dijo mi hermana.

- Nop, yo lo hago – dije yo, entrando en una tonta discusión.


Al sacar mi teléfono vi un mensaje de él.


“Hermosa, todo el tiempo pienso en ti, es más… dime dónde estás y ahórrame el imaginarte".


El mejor mensaje, saber que lo vería de nuevo era genial. Mientras veía mi pantalla y sonreía como estúpida, (por que sí, así sonreía a mi pantalla) mi hermana me preguntó por el taxi.


- Espera… ya lo pido, solo deja contesto este mensaje.

- Pero estás mandando tu ubicación – dijo riéndose de mí.

- Ya lo sé, me la pidieron – dije con una sonrisa que iluminó mi cara.


Mientras buscaba la aplicación para pedir el taxi un mensaje nuevo apareció.


“Estoy a 5 minutos, espérame y yo te llevo a casa".


Y ahí estaba de nuevo esa emoción de niña, ya quería verlo, besarlo y abrazarlo. Así que fui al baño, arreglé mi cabello, retoqué mi maquillaje y alisté mi vestido.


- Creo que te ves muy sexy – dijo mi mamá y me sonrojé demasiado.

- Gracias – dije sin poder ocultar mi sonrisa.


Los minutos se me hicieron eternos mientras me ponía mi abrigo y salíamos del lugar.


“Estoy aquí, te espero".


Al salir, lo vi. Un cigarro en la mano, su sonrisa perfecta de medio lado, una chamarra de piel negra, jeans oscuros y una camisa que apenas y se veía. Recargado en el auto de algún extraño y esos ojos que me encantaban viéndome como siempre quise ser vista. Una mezcla de adoración, interés y mucha lujuria.

Yo sentía que volaba y detrás de mí venían mi mamá y mi hermana, que estoy segura estaban escaneando a mi chico centímetro a centímetro y eso me parecía genial.


- Buenas noches mi niña – dijo en ese tono de voz que me hace temblar, 4 palabras y me tenía a sus pies.

- Hola guapo – dije con voz ronca - ¿qué haces aquí?

- Me dijiste que aquí estarías, y bueno… ¿te molesta? – preguntó sinceramente.

- Para nada, al contrario. ¡me encanta!


Y sin dudarlo lo abracé y me llené de su aroma a hombre, a él.


- Te presento a mi mamá y mi hermana.

- Chicas, él es mi… - lo miré y la palabra novio se me quedó atorada en la garganta.

- Amante – concluyó él.


Y los 4 soltamos reverendas carcajadas por su habilidad de quitarle hierro al asunto y mi poca capacidad para asumir algo que todos sabíamos.


Después de eso fue fácil mantener una conversación entretenida afuera del local, pero cada vez se sentía más frío y era hora de irse.


- Nosotras pedimos un taxi y nos vamos juntas – me dijo mi mamá en un guiño – cuídala por favor y diviértanse.

- No se preocupe, está en buenas manos – le contestó y me besó, un beso suave y casto en los labios, pero fue un gesto que me marcó la piel.


Cuando ellas se fueron caminamos a su auto, yo le contaba mi velada sintiéndome una niña consentida que tiene su mejor posesión con ella.

Hablaba de mi familia, de algunos chismes y cosas triviales cuando de pronto se detuvo y me besó. Esta vez de una forma mucho más ardiente, tan sexy que debería estar prohibido besar así. Y una llama se encendió de nuevo.


Caminábamos entre besos, esta vez con trabajo llegaríamos al auto. Él pasaba sus manos debajo de mi abrigo tocando todo a su paso. Para mayor seguridad nos recargamos en una pared y me aprisionaba con su cuerpo. Ahí teníamos un poco más de libertad, dentro de lo que cabe estando en una vía pública en una colonia que vive de noche. En cualquier momento nos podían cachar… y eso era sexy.


Subió sus manos por mis piernas, tocando todo a su paso, masajeaba mi cuerpo, mis muslos y llegó a mis nalgas. Las tocaba de una forma sublime, y mientras me besaba el cuello y bajaba poco a poco a mis tetas, sus dedos buscaron el resorte de mis bragas y las bajó lentamente.

Yo solo me sostenía de su chamarra, trataba de no perder el eje, pero en medida que la prenda bajaba yo me sentía más excitada.


- Levanta un pie – me dijo con una voz ronca que humedeció aún más mi entrepierna – ahora el otro.


No podía hablar… mi mente estaba nublada y sumamente caliente. Cuando tuvo la prenda en sus manos la llevó directamente a su nariz y aspiró su olor.


Un suave gemido salió de mí y se mezcló con el que salía de él. Ahora estaba a medio metro de distancia y yo lo sentía con todos mis sentidos.


Cuando vi que acomodaba su verga debajo de su pantalón fui por ella, pero una mano detuvo mi camino.


- No pequeña, te quiero llevar a que veas un lugar

- ¿Qué? ¿Cómo? ¿Ahorita?


Dije más descolocada que nada, su calor nublaba mis sentidos, su voz que siempre era un bálsamo para mí, ahora se tornaba en un hechizo. Estoy segura que si me pedía que me pusiera de cabeza ahí mismo lo haría sin pensar.


Una sonrisa de medio lado apareció en su rostro, puso sus manos a cada lado de mi cara y besó mi frente.


- Estoy seguro que te gustará mi niña, ¿confías en mí?

- Absolutamente.


No había más, esa era la verdad y ahora estaba emocionada por lo que me pudiera enseñar. Y bueno, el hecho de no llevar bragas le daba un plus a la noche.


Caminamos dos calles antes de llegar a un lugar que por fuera se veía desolado, una puerta negra que arriba tenía un letrero que decía “Cz” con luz fosforescente. Nada más.


Al tocar la puerta un tipo de 1.90 y más de 100 kg salió y nos miró antes de preguntar cosas que no le encontré sentido.


- ¿Son mayores de edad? ¿Tienen identificación? ¿Bebieron? ¿Van a participar?

- Si somos mayor de edad, ella tomó un poco de vino pero venimos al 100 y no vamos a participar, solo vamos a ver – contestó él.


Yo no entendía nada, ¿qué era ese lugar? Era una clase de mazmorra donde uno puede participar en orgías o simplemente verlas, gracias al cielo me tomé ese vino. Porque esto era demasiado para mí. En el mejor de los sentidos.


- Este lugar se llama “El Calabozo" – dijo una vez que nos dejaron pasar – hoy vamos a ver un performance de dominación, espero que te guste.

- Wow – no pude decir nada más, tengo la grandiosa facultad de que mi cerebro se apaga en los momentos claves y no se me ocurre nada que decir.


Mientras pasábamos por un pasillo que tenía una alfombra roja y estaba iluminada con antorchas pasamos por unas cuantas puertas que permanecían cerradas, solo al final del pasillo estaba la puerta más grande con una chica sumamente sensual en espera de nuevos invitados.


Mi vestido me encantaba, y traerlo sin bragas me hacía sentirme un poco más sexy, pero no se comparaba con el liguero y las medias de red que usaba esa chica, unos cacheteros enmarcaban sus nalgas y sus botas le llegaban a la pantorrilla, un corset de látex dibujaba una figura perfecta y levantaba sus tetas de forma sugerente. Su labial rojo era un tono del pecado.


Por todos los dioses, aún no entrábamos y ese lugar me estaba superando. Nos hicieron llenar un par de formularios antes de entrar, mientras llenaba el mío y la chica nos ajustaba un par de pulseras que usaríamos adentro, él se acercó a mí por detrás y subió su mano por mis piernas poco a poco hasta llegar a mi zona más húmeda y poder tocar mis labios. En un suave roce los abrió un poco y su dedo medio me acarició el lugar adecuado.


- Sigue escribiendo – me dijo al oído con su voz ronca.

- Ya terminé – dije en un suspiro controlando un gemido que se moría por salir.

- No te pregunté – fue el tono perfecto que contrastaba con el roce de su dedo hurgando en mi humedad.


Yo quería poner los ojos en blanco, abrirme un poco más de piernas e inclinarme ahí mismo para que me hiciera suya.


- ¿Listos? – preguntó la chica de las medias de red, con una sonrisa que tiene alguien que sabe un secreto sexy.

- Sí, listos.


En un abrir y cerrar de ojos él estaba a mi lado dispuesto a entrar. Al voltear a verlo de reojo pude ver el momento exacto cuando se metía un dedo a su boca, el dedo que tenía mi sabor, justo como yo lo había hecho esa misma mañana. Puso su otra mano en mi cintura y entramos juntos.


Desde el primer momento que entré un olor a látex, sexo y placer invadió mi nariz. La luz era roja, suave. Eso me permitía ver a las personas que estaban ahí de una forma casi prohibida.


No podía distinguir bien los sonidos aún, había gemidos, gritos, copas chocando, risas al fondo… ¿o era un llanto?, no lo sé, ese lugar era tan sexy e intrigante. La música de jazz sonaba al fondo, pero algo me hizo creer que ellos ya no lo notaban, cada quien estaba perdido en lo que hacía.


Una chica con unas botas rojas de látex y un mundo de plataforma pasó frente a nosotros con un hombre a cuatro patas amarrado a una correa. Ella imponía, pero él era extrañamente sexy.


Dos pasos más adelante un tipo con un chaleco de cuero y jeans desgastados le estaba poniendo las nalgas al rojo vivo a un sumiso y este le agradecía cada golpe. No quería perderme nada, un par de metros más adelante había una chica colgada de una cadena que bajaba desde el techo a unas muñequeras de piel, en su pecho solo tenía un par de cruces de cinta negra que tapaba sus pezones y por bragas tenía una tanga negra, nada más. Nadie la tocaba, pero ella estaba ahí para complacer a una domina que posaba junto a ella con una copa en la mano y cada vez que esta le hablaba o le daba algo de comer la sumisa le decía las cosas más lindas.


Literalmente él me abrió un mundo nuevo, yo me sentía en una juguetería, quería jugar con todos ahí, mi corazón palpitaba a mil por hora y cada escena era más sexy que la anterior.


- ¿Quieres jugar?


Un tipo que me sacaba como 20 centímetros, con un pantalón militar y botas, sin playera y un perfecto six pack me lo preguntó parándose frente a mí y tomándome de la barbilla para que pudiera verlo a la cara. Era guapo de infarto. Tenía una mandíbula cuadrada con una barba de pocos días, unos dientes blancos y parejos y unas cejas que enmarcaban unos ojos oscuros que me analizaban.


Por instinto di un paso atrás buscando el calor de alguien conocido. Por mucho que me pareciera sexy no estaba preparada para algo así.


- Deberías jugar con él – me dijo al oído cuando notó que me comía con la mirada al adonis que tenía enfrente

- Pero… pero – estúpida lengua, siempre quedándose sin ideas en los momentos claves.

- A mí me encantaría verte – dijo aún detrás de mí.


Negué con la cabeza mientras veía al chico que aún sostenía mi barbilla y él encogió los hombros y dijo entre dientes algo tipo “como quieras", me soltó y se fue.


Al momento giré a verlo, su altura era aproximadamente 5 o 7 centímetros más alto que yo, su cabello corto y bien peinado, sus ojos que varias veces hubiera jurado que cambiaban de color, una nariz que me encanta y ese par de arrugas debajo de los ojos que denotan su madurez. Lo miré como nunca antes… y me supe de él.


- Si voy a jugar quiero que sea contigo – dije en el momento preciso que la domina le pegaba con un flogger a su chico y marcó mi frase de una forma épica.

- ¡Hagámoslo! – me dijo en un tono de felicidad y complacencia absoluta.


Me dio la mano y me llevó a caminar por el lugar. Entre tantas personas descubrimos a un chico que estaba enseñando como amarrar artísticamente a una chica, de hecho, por diversión, me hizo lo que seria una liga en la pierna con una cuerda de cáñamo color rojo. Yo me sentía más sexy que nunca.


Más adelante una domina le enseñó a darme golpes de placer en mi pecho, el primero me dolió, aunque creo que fue mucho más por la impresión, los que le siguieron me calentaron muchísimo más.


Conforme avanzábamos en el lugar me calentaba mucho más. La cinta en mi pierna me daba una presión y un roce único… mi pecho me ardía y de vez en vez él se acercaba a besarme la piel sensible. Pero la realidad es que me tenía jadeando a más no poder. Mi cuerpo exigía algo más.


Al final de la sala había una cruz de madera, una chica estaba ahí amarrada de pies y manos mientras todos podíamos ver como la masturbaban con un dildo que daba vueltas sin parar.


- Te quiero ahí – le dije señalando ese lugar.

- Pero está ocupado – contestó riéndose.

- Ya sé, pero te quiero ya.


Dije más en un ruego, yo estaba húmeda y preparada para él desde que lo vi fumando afuera del bar, ahora no solo iba sin bragas, también tenía una cinta en la pierna y mis pechos exigían de su lengua para calmar el ardor.


- Eso se soluciona así…


Caminó un par de pasos y me llevó a un banco alto que estaba cerca de la mesa, me recargó ahí y levantó mi pierna derecha para que rodeará su cintura mientras me besaba. El roce de mi sexo con su bragueta era la gloria, se movía para delante y atrás simulando una penetración y cada vez me excitaba más.


- ¿Lo quieres? – preguntó con esa voz ronca.

- Sí.

- ¿Sí qué? – gruñó mientras sostenía mi cabello en un puño.

- Sí señor – dije no muy convencida.


Una carcajada salió de su garganta y acto seguido me besó.


- ¿No te importa que nos vean? – me preguntó con un real interés.

- Medio vouyerista la niña – contesté con sarcasmo, adelantándome a su respuesta.


Me miró y su sonrisa de medio lado le llegó a los ojos, bajó la mano a su pantalón y liberó su verga… un segundo después la deslizaba entre mis piernas. Podía sentir como se abría paso en mi cuerpo, me tomaba como suya… ahí, enfrente de todos.


Sus embestidas eran perfectas y juntos terminamos entre sudores y jadeos, y la multitud vitoreó, aplaudió y brindó por nuestro placer. Mientras nos reponíamos cada quien fue a ver los otros shows.


Me paré del banco después de sentir la mayor liberación. Una chica del bar se acercó con un kit de limpieza… pañuelos, gel y un poco de agua… lo que fuera necesario.


Nos limpiamos y caminamos un poco más, pero la verdad ambos estábamos agotados, así que salimos del lugar.


Llegamos a su departamento, y por fin me quitó la cinta de mi pierna… mi piel estaba tan sensible que cada beso o caricia me ponía sensible. Era el mayor de los placeres.


Una vez más cogimos, disfrutando de nuestro cuerpo, nuestra desnudez, nuestro placer.


A la mañana siguiente cuando desperté no era el rayo del sol lo que me daba calor… era ese hombre que se había metido de lleno en mi vida.


Estaba segura que hoy solo haríamos el amor.

 
 
 

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