Nada enseña mejor que los años
- Lilhy Camacho

- 18 sept 2019
- 10 Min. de lectura

Lo conocí en una conferencia, recuerdo perfectamente cuando lo ví, algo había en el que me llamó la atención. No sé si fue que llegara de mezclilla y tenis a un lugar donde todos llegaban de traje y aun así verse elegante y sofisticado. O su calma y seguridad al caminar, o esa voz ronca de hombre maduro, o quizá fue esa sonrisa triunfadora que me regaló cuando llegó a mí.
Ese día me tocó estar en la puerta repartiendo credenciales y asignando lugares, por suerte ya casi estaba lleno el lugar y ya podría sentarme a desayunar algo para preparar todo para la hora del break pero al verlo todo mi mundo se detuvo.
Me preguntó cuál era su lugar. Sin querer recorrí cada centímetro de su cuerpo con la mirada antes de contestar. Gesto que replicó y acompañó de otra sonrisa, una mucho más coqueta y ardiente. Le pregunté su nombre para ubicarlo en el mapa y tras un largo silencio dijo “¿Cómo?, ¿no sabes quién soy?”
Mi respuesta automática fue reírme, ¡pos esté! A menos que fuera Keanu Reeves o Jason Momoa sabría quién es, y estaba claro que no era ninguno.
Cuando vio mi sonrisa burlona levantó mucho una ceja, se cuadró y con una voz grave y fuerte sin llegar a gritar dijo: Me llamo Dante, para que lo tengas muy presente. Y ahí estaba yo, debatiendo dentro de mí el hacerme chiquita o no, el bajar la mirada y hacer como que buscaba su nombre en la lista o simplemente mantenerle la mirada.
No te voy a engañar, no fue fácil, pero al final, antes siquiera de buscar su nombre y seguir el protocolo simplemente sonreí, como lo haría una niña cuando sabe que hizo una maldad, de la forma más sincera y descarada posible, alce una ceja y dije: “tu nombre completo”. Ni por favor, ni gracias. Porque a pesar de que era mucho más grande que yo, no podría intimidarme. Aunque siendo muy sincera, una parte de mi se cagó por un momento, pero él nunca lo supo y eso me dio una pequeña victoria.
⁃ Dante Gutiérrez - dijo en un tono de asombro y un poco diversión.
⁃ Con gusto. Asiento 45, sígueme por favor - conteste con una sonrisa coqueta.
Lilhy 1 Dante 0
Mientras caminaba podía sentir como me veía las nalgas, con una confianza que no se de donde salió comencé a marcar mejor los pasos, analizaba mis movimientos y todo era perfecto, cuando se sentó le ofrecí una taza de café, cosa que no hice con nadie más. Aceptó de una forma particular.
⁃ Muy cargado, sin azúcar ni crema, recuérdalo siempre. - Y guiñó el ojo de una forma coqueta.
Por todos los Dioses si volvía hacer eso le llevaría su café cada día a la cama. Fui por él y tuve la delicadeza de ponerle unas galletas en un plato, porque definitivamente esto iba a ser un coqueteo en forma.
Cuando deje la taza frente a él ya había empezado la conferencia, así que de forma descarada me acerqué a su oído poniéndole mi escote muy muy cerca y le dije que le dejaba su café y sus galletas si necesitaba algo más me hablara.
Sentí como repaso mis senos con la mirada, soltó el aire de una forma muy marcada y después dijo que seguro me buscaría más tarde. Así que me pude ir a mi lugar, afuera de la sala, a desayunar y preparar todo para el momento del break.
20 minutos más tarde estaba platicando con mi hermana mientras saboreaba mi café cuando sentí una mano en mi espalda mientras veía como mi hermana abría muy grandes los ojos. Al levantar la mirada, ahí estaba él, parado justo detrás de mí, con una sonrisa coqueta, unos dientes perfectos y sus manos suaves tocando mi espalda.
-Perdón que te interrumpa, ¿me podrías decir donde puedo encontrar un poco de agua natural?
Tuve que pasar saliva porque no entendí al momento de qué me estaba hablando, en cada mesa había botellas de agua para todos los participantes.
-Si gustas te puedo acompañar al área de comida donde puedes tomar una botella de agua.
-Te lo agradezco, ¿es por aquí?
Y estaba él esperando a que me parara y lo guiara, y yo seguía sin entender qué pasaba.
El área de comida estaba dos pisos más arriba, mientras esperábamos el ascensor me dijo:
-Y a todo esto, ¿cómo te llamas?
-Lilhy, mucho gusto.
-El gusto es mío.
Dijo mientras se acercaba sutilmente a mí, y me sonreía de una forma que me ponía nerviosa.
-Te vas a perder la conferencia, no era necesario que vinieras hasta acá por tu agua, yo pude haberla llevado a tu mesa.
-¿Y perderme de disfrutar tu compañía?
Definitivamente un comentario que no me esperaba y me puso mucho más nerviosa de lo que esperaba. Mi risa me delató y justo antes de sonrojarme y ponerme nerviosa, algo que sigo sin saber qué fue me hizo decir:
-Siendo así, me hubieras dicho y vamos por un café
Su sonrisa triunfal era el claro reflejo de la mía, y ahí estábamos los dos, sonriéndonos como idiotas. Durante el camino me contó que iba a ver a su hermano menor que era uno de los conferencistas, el tema en general no era su fuerte, pero lo acompañaba en solidaridad, por eso le daba igual el perderse un poco de la conferencia.
-Eso está perfecto, pero yo estoy trabajando y debo estar ahí.
-¿Eso significa que tendré que esperar a que termines tu turno para robarte y llevarte por ese café?
-Si ya esperaste toda una vida por mí, puedes esperar unas cuantas horas más.
Lo dije como si diera la hora, con toda certeza, una sonrisa de niña traviesa y toda la energía que pedía con todas sus fuerzas por él.
-Eres una niña, ¿sabes? Yo que tú, me andaba con cuidado con un viejo lobo de mar como yo.
-No soy una niña, no eres un viejo y ten por seguro que sé lo que quiero.
Lo decía mientras me acercaba, él me veía fijamente desde esos 12 centímetros de diferencia entre nuestras estaturas, sin moverse, conteniéndose incluso la respiración. No decía nada, y por un momento pensé que estaba mal lo que hacía y me detuve, aunque no podía dejar de verlo a los ojos. Él notó, supo lo que pensaba sin que dijera una palabra. Al momento que me detuve y lo dudé su sonrisa surgió de pronto, una sonrisa que venía desde la garganta, que muy poco le faltaba para ser carcajada y reírse de mis pocos de segundos de seguridad y coqueteo. Y al verlo ahí, tan confiado, tan maduro, tan él. Sonreí.
-Ven para acá.
Dijo mientras me jalaba hacía él y besaba mi frente.
¿Cómo era posible que me sintiera tan bien en los brazos de un extraño? No lo sé, pero su olor, su calor, su sonrisa, su altura, su seguridad y todo él nublaba mi visión, solo quería sentirlo.
Pero la realidad era que yo estaba trabajando y no lo conocía. Así que, de regreso a la sala, él tomó su lugar y yo me puse a trabajar. La conferencia siguió como era debido y no volví a tener contacto con él.
Al finalizar, como parte del staff me tocaba quedarme a desconectar todo, levantar banners y un sinfín de cosas más. Y, tristemente, no supe cuando se fue. Ni hablar, todo se había quedado en un extraño momento que paso rumbo al área de comida.
Pasaron varios días, y como es costumbre los conferencistas crearon distintos eventos que surgieron de ahí. En uno de esos eventos, mi jefa tuvo una comida con uno de los conferencistas, y nos pidió apoyo del equipo. No sabía quien era hasta que llegamos y lo vi, resulto ser nada más y nada menos que el hermano menor de aquel hombre que aún me robaba el sueño.
Durante el evento, después de la comida, cuando mi jefa esta exponiendo su tema, él se acercó a mí.
-¿Tu eres Lilhy?
-Sí, ¿te puedo ayudar con algo?
-Hummm sí, ¿me puedes dar tu número de teléfono?
-¿Perdón?
-No es para mí, Dante lleva días pidiéndome que lo consiga, pero no sabía cuando te vería de nuevo.
No supe qué hacer, si reír, emocionarme, hacerme la difícil, ceder… así que me quedé un tiempo en silencio.
-¿Eso es un no?
-Es raro, es la forma más extraña que me han pedido mi teléfono.
-Ya sé, le dije que a su edad ya debería saber pedirle a tiempo el teléfono a una chica.
-Y, a todo esto, ¿cuántos años tiene?
Sip, ahí estaba yo, preguntándole a un chico que era quizá 3 o 4 años más grande que yo cuántos años tenía su hermano mayor, que, por cierto, me fascinaba por completo.
-Muchos más que tú, eso sin duda. ¿Cuántos años tienes?
Me preguntó mientras sopesaba la idea de decirme la verdadera edad de su hermano.
-No soy tan pequeña, tengo 29.
Su risa fue totalmente sincera, era como un hermano mayor burlándose de la pequeña que quiere salir a jugar con los mayores.
-Él es mucho más grande que tú, ¿de verdad quieres saber qué tanto?
Pensé mi respuesta por un momento, para saber que tan importante era para mí el saberlo, si cambiaría las cosas o perdería el interés al saber su edad. O, por el contrario, se haría mucho más imponente e irresistible. Juraba que me daba más la segunda opción.
-Sí, dime cuantos años tiene.
-Te lleva, nada más y nada menos que 19 años niña.
Y si, ahí estaba yo, sintiéndome poderosa de saber que un hombre como él, que se sabía guapo, poderoso, coqueto y con la posibilidad de conseguir a quien quisiera había mandado a su hermano menor a conseguir el teléfono de una chica que le llamó la atención.
Definitivamente tenía que saber qué tanto le había enseñado la vida, qué tanto me podría hacer sentir y sobre todo qué tanto me podría dar. A esa edad ya no gastas energía, tiempo ni dinero en cosas que no te dejarán nada. Y él ya había gastado las dos primeras en mí.
Anote mi teléfono en una hoja acompañado de una carita feliz.
Al día siguiente recibí un mensaje de un número que tenía sin registrar, una foto que de título decía “quiero ver esa sonrisa en vivo por favor”.
Al abrirlo, ahí estaba mi nota, con mi número y mi sonrisa. Misma que se replicaba en mi rostro. Quería saltar de alegría, gritar, reír y correr por él.
Las cosas se tornaron un poco extrañas, justo esos días estaba sobrecargada de trabajo y clases, de hecho, a tal punto que tenía agendado el tiempo que podría pasar con mi mamá y mi hermana, verlo era imposible para mí. Eso mismo le comenté por mensaje.
Era un tanto extraño platicar con él, no era el clásico chico que buscaba sextear por la noche, o que insistiera por una cita. No, él era delicado, me deseaba los buenos días y me contaba de sus ocupaciones sin aspirar a ser el foco de atención, me contaba de su vida, de su trabajo, de sus viajes e incluso tenía el tacto de mandarme audios en francés solo para hacerme sonreír. Porque obvio no le entendía nada, pero por todos los Dioses, que sexy era.
Pasamos así 3 semanas, entre sus viajes de negocio, mi trabajo y el fin de curso por fin teníamos tiempo para vernos. La cita fue un jueves a las 5 frente al Ángel de Independencia.
Llegué con mi pantalón negro, una blusa con rayas amarillas y un saco beige, un look que, según yo, me hacía ver más formal y mayor. Aunque mi pelo rojo y alborotado, la perforación y mis tatuajes no ayudaban mucho.
4:50 y yo ya estaba en el punto de reunión, nerviosa y ansiosa por igual, hablaba con mi hermana que era la única que sabía de mi cita y la que me ayudaría a controlar mis nervios. Y en punto de las 5 ahí estaba, del otro lado del semáforo, los autos sobre Reforma nos separaban y me daban esos minutos necesarios para controlar mi respiración.
Mis manos me temblaban, mi equilibrio me fallaba y los segundos fueron eternos. Él, al contrario de mí, se veía tan tranquilo, confiado, llevaba un pantalón negro con tenis blancos, una playera blanca y un blazer que le quedaba de 10, era un cuarentón que se sabía guapo y con porte, que su cuerpo demostraba que le gustaba ejercitarse y cuidarse, que sabía de la vida y lo demostraba.
Camino seguro de sí hasta que llegó a mí, sin preguntarme me jaló hacia él y me besó, un beso que no se parecía a ninguno, tenía una mano en mi cintura y la otra en mi cuello, manteniéndome muy cerca, llevando el ritmo, teniendo el control.
Yo solo me podía sostener de sus brazos, necesitaba tocar algo para asegurarme que no estaba soñando. Sus labios se movían de forma perfecta, su lengua acariciaba la mía y me provocaba todo tipo de emociones, sus manos eran firmes y decididas, sin sostenerme demasiado cerca marcaba mi cuerpo como nunca lo habían hecho. Fue el mejor beso de mi vida.
Cuando me soltó, su sonrisa fue triunfal, tomó un largo respiro y como reflejo se ajustó el pantalón. Cosa que me prendió más que nada, si ya me gustaba, saber que un beso le generaba eso me hacía querer probar todo.
Y él lo sabía, me tomó de la mano y comenzó a caminar.
-¿A dónde vamos?
Pregunté queriendo escuchar solo una respuesta.
-¿Quieres comer?
-¿Cuál es el menú?
-No contestes con una pregunta
-¿Pooooor?
Ese tipo de cosas, sin sentido me hacían muy feliz, él era todo un señor, tan culto y elegante… y yo, muchas veces una niña queriéndose sentir mujer. Así que mi risa era contagiosa cuando teníamos este tipo de conversaciones por teléfono, solo le causaba risa, ahí estando juntos una nalgada me sorprendió y encendió por igual, con un gesto serio, viéndome a los ojos y abrazándome solo dijo:
-Dime si quieres comer o no.
Y ahí estaba de nuevo esa disyuntiva de sentirme niña consentida y mimada o una mujer contestona, ese extraño sentimiento que él me generaba. Esta vez opté por bajar la mirada y sentirme como niña regañada, pero él era un viejo lobo de mar, lo sabía, podía leerme completita y eso hizo que, antes de que bajara la mirada y contestara, me diera otro beso arrebatador, uno que decía cuanto me deseaba en cada movimiento de su lengua, uno que me quemaba al paso que movía sus manos por mi cintura y me acercaba cada vez más para que sintiera su calor. Al soltarme los dos jadeábamos.
-Definitivamente pediremos servicio al cuarto.
Y comenzó a caminar más rápido. Y sí, por primera vez me sentí perdida.
Caminamos unas cuadras más y entramos al Hotel Marriott, directo a los elevadores, entonces entendí que él ya tenía la habitación lista y sabía perfectamente lo que pasaría esa tarde, pero a quién quiero engañar, yo también lo sabía, no era casualidad que me pusiera mis cacheteros de encaje negros, esos que delineaban mis nalgas de una forma sensual, un brasier que hacía juego y unos tacones que eran la combinación perfecta para modelarle solo a él.
Subimos al séptimo piso, mientras, en el elevador nos comíamos a besos, salimos jadeando en búsqueda de la habitación, justo estaba a tres puertas del ascensor.
Al entrar el juego de luces que hizo con las lámparas era perfecta, en la mesa junto a la pantalla estaba su computadora prendida sonando un rico jazz y yo ahí, parada, viendo la inmensa cama, dejándome llevar por ese rico aroma a él y disfrutando de la buena música sentía como besaba mi cuello, lentamente me quitaba el saco y tuvo el detalle de decirme con su voz ronca, de hombre, de fuerza, lo feliz que lo hacía tenerme ahí.
Aún a mis espaldas puso sus manos en mi pecho y me acercó a él, podía sentir en mis nalgas su erección y en mi oído su respiración agitada. Me fue quitando la ropa aún sin darme vuelta, desabrochó mi pantalón y sosteniéndome me ayudó para que lo sacará por mis piernas sin quitarme mis zapatos, de repente ahí estaba yo, en lencería sexy solo para él.
Me dio la vuelta y me contempló enterita, su mirada me quemaba, él lo era todo para mí, sabía que a partir de ese momento, todo sería diferente.




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