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Un día con él

  • Foto del escritor: Lilhy Camacho
    Lilhy Camacho
  • 23 ago 2020
  • 11 Min. de lectura

Actualizado: 28 sept 2020



Correr me encanta, sentir cada paso firme en ese camino de piedritas que hacen un sonido característico que se acoplan a mi música, el aire golpeando mi cara, tan frío y tan limpio; mi corazón va acelerado, y mi mente viaja al más allá.


Algunas veces al pasado, la mayoría al futuro… hoy, a él.


Una vez más recuerdo su mirada clavada en mis ojos, sus manos sosteniendo mi cabeza y su boca marcando mis labios, mordiéndolos y follándolos de forma magistral.


Su sonrisa tiene algo que me encanta, quizá sea la seguridad que está marcada en ella. Él se sabe guapo, se sabe inteligente, se sabe ardiente… y lo demuestra a la perfección.


Marcó mi cuerpo con su calor, besó cada parte de mí, me devolvió a la vida.


El conocerlo fue la forma más ñoña que puede haber, entre los libros de Harry Potter. Siempre me creí una experta en ese tema, hasta que lo conocí y resultó que no. Eso lo hizo aún más divertido.


Resulta que él ya me había visto antes, eso yo no lo sabía, hasta el momento que comenzamos a platicar y me dijo que me había visto observar un par de cuadros que están al final de la biblioteca. Así que tuve que confesarle que buscaba el peor para regalárselo a la jefa de producción, una bruja sin corazón que me cae mal pero le tengo que caer bien.


La carcajada que soltó me sorprendió, platicar con él resultaba ser muy sencillo, el coqueteo se daba de forma natural y de pronto me sentí prendada a él. Sus ojos me quemaban, el lugar donde posara la vista me daba ganas de pasar mis manos, alguna chispa se encendía dentro de mí.


Platicamos por un momento hasta que tuve que regresar a mi oficina porque se acababa el horario de comida, pero antes de irme le dejé mi teléfono y la esperanza de saber qué es lo que ardía por él.


Unas horas más tarde me llegó un mensaje “¿Puedo pasar por ti cuando salgas de tu trabajo?”


Lo pensé por unos segundos, pero en realidad me sentía como una niña emocionada por conocerlo, él era igual que esa expectativa antes de navidad, sabía que traería un regalo espectacular… y moría por ver.


Salgo a las 9:30, ¿me esperas?” Los minutos que tardó en contestar se hicieron una eternidad para mí.


“Hasta la pregunta me ofende, te veo afuera del edificio”


Y ahí estaba yo, sonriéndole al teléfono como si fuera el responsable de lo que acaba de leer. Estaba consiente que tenía que ir con cuidado, la última relación amorosa que tuve me dolió y me dejó marcado mi corazón, así que en nombre de todas esas noches que pasé llorando debía ir despacio, ya mi cuerpo estaba intoxicado de tanto helado, mezcal y cigarros. Y poco a poco empezaba a encontrar la paz. No debía perder eso por unos ojos lindos que vi en la sección de Harry Potter.


Aun así, antes de salir arreglé mi maquillaje, mi cabello y me puse mi abrigo.


Al salir ahí estaba él, con dos cafés en la mano (¿acaso los cafés eran las flores de la actualidad?), pero lo agradecí de igual forma y el primer trago calentó mi boca, mi garganta y me dejó un sabor fuerte y delicioso. Sin darme cuenta un ligero gemido de placer salió de mí, y mientras lo disfrutaba él se acercó a mí, puso una mano en mi cintura y pude sentir perfectamente cada uno de sus dedos y sin decir nada me besó.


Solo podía sentir su mano y sus labios, nada más, y sin embargo comenzaba a sentir una palpitación entre mis piernas que se acoplaba al ritmo de mi corazón.

Poco a poco todo se humedecía en mí y él se acercaba más. Podía sentir todo su calor, su energía y lo duro que se ponía.


Sin dudarlo, mi mano libre la pase detrás de su cabeza y lo acerqué un poco más a mí, el beso se hizo más ardiente, más pasional. Y al cabo de unos minutos nos alejamos jadeando al unísono.


Su sonrisa replicaba la mía y me tomé el tiempo de quitar una mancha de labial que le dejé. Un gesto demasiado personal y aun así nos sentíamos cómodos.


- Sabes a café pequeña. Mi sabor favorito.


Me dijo mientras daba un paso atrás y me sonreía de medio lado.


- Eso es porque todavía no me has probado a mí.


Contesté con una seguridad que, incluso a mí, me sorprendió. Pero él abrió los ojos con una par de chispas saliendo de ahí, sonrió y me miró lentamente desde los ojos, los labios, el cuello, el escote, (para este punto mi respiración estaba mucho más agitada), mi cintura, mis piernas y al llegar a mis pies suspiró y dijo:


- Serías una adicción para mí.


Ese tono de voz, esa seguridad y sus ojos que me quemaban… ¡lo fueron todo!


Caminamos lentamente hasta el estacionamiento, cada oportunidad que tenía me tocaba… de repente movía un mechón de mi cabello o pasaba su mano por mi hombro. Descubrí que cada lugar que él tocaba dejaba una estela que me cosquilleaba la piel. Y eso me llevó a pensar en hacerlo mucho más intenso, una nalgada quizá… el dolor sería sublime, el ardor y el tiempo que dure ¿lo disfrutaría?


Justo pensaba en eso cuando llegamos al carro y me trajo de vuelta a este plano, preguntándome de nuevo.


- ¿Estás bien? Te fuiste – y una risa burlona salió de él - ¿te llevo a tu casa?


- Por mí encantada, y sí estoy bien. Solo imaginaba qué tan duro sabes dar una nalgada.


Estuvo a nada de escupir su café mientras abría muy grandes sus ojos y una chispa salía de su mirada.


- ¿Qué tanto lo quieres saber?

- Más de lo que te imaginas

- Eso es mucho decir, mi imaginación no tiene límites

- Y eso te hace el chico ideal para mí

- Aún no lo sabemos

- Probemos – Le dije con una sonrisa coqueta.


Abrió la puerta del carro y me ayudo a subir, y ahí estaba yo, en su carro a solo unas horas de conocerlo. Mi mente me traía las estadísticas de los últimos años pero mi alma estaba en paz, saltando como niña chiquita por un par de ojos que brillaban cada vez que me veía.


Todo el camino a mi casa me contó quien era él, a qué se dedicaba, qué conocía y qué le gustaba. Cada cosa que decía se me hacía más y más interesante.


Su plática era interesante y me tenía cautivada… obviamente es más grande que yo y eso es lo que más me encanta. Su experiencia.


Al llegar a mi casa se bajó del auto, dio la vuelta y me abrió la puerta. Y un beso en los labios era el final de un día perfecto.


Hablamos unos cuantos días más hasta que nuestros horarios se ajustaron para ir a cenar juntos. La oportunidad perfecta para ponerme mi vestido negro favorito, sandalias muy altas y un abrigo rosa que combinan con mis zapatos.


Una vez más pasaba por mí al trabajo y al verlo sentí como mi cuerpo se encendía, el simple hecho de tenerlo cerca me hacía sentir genial, maravillosa.


- Buenas noches Dolores – Un mal chiste que yo misma le hice a mi mamá cuando me regaló este abrigo.

- ¿Es en serio? – dije tratando de ocultar mi risa.

- Yo siempre hablo en serio Dolores – Dijo marcando cada silaba de la última palabra.


Así que me acerqué a besarlo, decidida, confiada y segura. Pero antes de llegar me detuvo, me miro a los ojos y me preguntó:


- ¿Estás lista? – En sus ojos había algo, seguía sin descubrir qué era, pero no podía hacerlo.

- Solo espero que hayas traído tu varita se Sauco – Dije mientras pasaba mi mano por su verga que comenzaba a ponerse dura.


Sus ojos chispeaban al mismo tiempo que su sonrisa se hacía más grande. Ahí estaba yo, siendo una descarada ante él, algo que me nacía ser. Lo quería para mí.


- Ya verás su magia


Y me besó, un beso caliente que encendió mi mente, mi perversión y mi cuerpo. Su mano poco a poco pasó de mi cintura a mis nalgas, mientras yo pasaba las mías en su cabeza para atraerlo más a mí.


Una, dos, tres mordidas y una nalgada y ya me tenía jadeando por él. Con trabajo pudimos llegar al carro y subirnos, para seguir besándonos adentro.


Descubrí que la estela del dolor era más deliciosa si lo compensaba con un beso o una caricia.


Manejó rumbo a un restaurant muy bonito, mientras yo jugaba con su verga con mi mano, mientras me trataba de contar cómo fue su día.


Al llegar los dos estábamos sumamente calientes, excitados y la cena era lo de menos, decidimos irnos directo a un hotel.


Los besos eran interminables hasta que llegamos a la habitación. Mi abrigo fue a parar a un sillón, mi vestido rodeaba mis tobillos y ahí estaba yo con mi nuevo conjunto de encaje negro y un hombre de rodillas ante mí besándome y mordiéndome las piernas, mientras yo trataba de sostenerme de una pared cercana.


Entre tanto beso y gemidos no fui consciente en qué momento se puso de pie para sostener mi cintura y llevarme a un sillón cercano. Un suave sofá blanco de piel que me hizo un contraste de temperatura interesante. El frío del sofá con lo caliente de su boca que me besaba desde los pies, venerando cada centímetro de mi cuerpo. Era lo más sexy que me podía pasar, un hombre como él entregándose así.


Poco a poco bajó mi tanga y pasó su lengua tan cerca de mi clítoris que me hizo anhelarlo más, una mordida en una pierna y sus manos quitándome el bra me hacía jadear sin parar. Sus manos eran expertas, maduras y mías.


Cada lugar que tocaba, mordía o besaba me hacía tocar el cielo y de repente dos dedos dentro de mí y su lengua en el lugar adecuado me dieron el mejor de los orgasmos… toqué el cielo con las manos y pude sentir perfecto como me deshacía en su boca y él bebía de mí.


Y fue cuando comenzó a jugar conmigo de verdad, sus manos, su boca, su cuerpo… no sé. Yo lo sentía en todos lados. De vez en vez me besaba para disfrutar de mi propio sabor.


Había nalgadas, mordidas, jadeos y yo estaba perdida por él, desnuda solo con un par de tacones especiales. Y cansada de mi tercer orgasmo me di cuenta que él seguía vestido.


Fue el momento de devolver un poco de lo dado, así que me puse de pie y lo besé para sentir una vez más mi sabor en él. Mientras desabrochaba uno a uno cada botón de su camisa.


Poco a poco aparecía su piel bajo la tela… una ligera capa de vellos con algunas canas me parecieron el gesto de madurez perfecto. Pero al quitarle su camisa descubrí una piel perfecta cubierta de algunos tatuajes que me moría por descubrir.


Una serpiente bajando de su hombro hasta su pecho, su boca llegaba a su pezón izquierdo y eso era una invitación a probarlo, mientras pasé mi lengua húmeda por su pezón el pellizco fuertemente mi nalga, y ambos nos sumimos en un placer doloroso.


Del otro lado un símbolo celta iba desde sus costillas hasta debajo de la línea de su cadera, esa que nacía desde su costado y se perdía debajo de la hebilla de su pantalón como si fuera una invitación para ir un poco más abajo. ¿Quién era yo para desaprovechar esa oportunidad?


Desabroché su cinturón y su pantalón para bajarlo junto con un par de boxers ajustados… y ahí estaba mi regalo de navidad.


Besé cada centímetro de su cadera mientras su verga se ponía más dura y yo la recorría de arriba abajo con mi mano y en el momento apropiado pasé mi lengua por su glande, que ya tenía una perla brillosa esperando a ser probada por mí.


Al momento de sentir la humedad y calidez de mi boca perdió el control y me tomó con fuerza el cabello.


- Abre bien la boca pequeña, que esto es solo para ti

- Lo que me pida el señor

- No muñeca, esto es por ti… mi placer es tuyo.


Cuatro palabras que me hicieron jadear y abrir mi boca para sentir como su verga rozaba mi garganta y me hacía salivar para mojarla completita. Cada vez que la sacaba un hilo unía mi boca a su verga y al meterlo se mojaba más y más.


Uno, dos, tres… mil embestidas después y él me follaba como quería, a su forma, a su placer.


Y de pronto sentí como se tensó y su leche caliente recorrió mi garganta, llenó mi boca y me dio un orgasmo genial. Saberme dueña de su placer lo era todo para mí.


Poco a poco se alejó de mí y me ayudó a ponerme de pie para darme un gran beso de película para probar su sabor en mí.


Caí rendida en la cama, esta noche había sido demasiado intensa para mí. Y mientras me acomodaba entre las almohadas el sacó un cigarro y lo prendió.


- Pensé que ya no fumabas – le dije con sorpresa.

- Solo cuando una cogida es tan épica que vale la pena un cigarro, ¿quieres?

- Si, todavía aguanto más… y cigarro no, gracias. – dije con una sonrisa muy traviesa, segura de que él sabía a qué me refería.

- ¡Eso chingao… esa es mi mujer!


No sé si era el momento, el hotel o, mejor aún, él, pero esas palabras encendieron algo nuevo en mí, y me acerque lentamente hasta subirme sobre él y comencé a besar esos tatuajes que ahora eran mi nuevo vicio, veía cada reacción al besar cada parte de ese abdomen que parecía tallado por los Dioses.


En algunas zonas le fumaba intensamente, sostenía el humo y con un quejido de placer lo soltaba mientras sus caderas subían y bajaban y el roce de su verga se acercaba a mí vagina que ahora estaba húmeda por él.


Yo subía y bajaba mientras seguíamos rozándonos y su verga se ponía más dura, estaba a punto de meterla entre mis labios que escurrían humedad cuando terminó su cigarro, lo apagó y me bajó de golpe, para ponerme boca abajo sobre las almohadas.


Un gesto tan marcado y rápido que no me dio tiempo de reaccionar hasta que sentí sus manos en mi espalda. Una nalgada me hizo saltar y calentarme mucho más.


Ahí estaba, la esperada nalgada y había dolido más de lo que imaginaba, pero su boca y sus besos en mi cuello me distrajeron del ardor. Con una mano sujetó mi cabello para jalarlo mientras que con la otra me masajeaba, sentía dolor, calor y su verga poniéndose dura en mi cadera. Y él la rozaba deliciosamente.


En un segundo me levantó para acomodarme sobre una almohada, mientras me decía cómo me quería sacó algo interesante de su mochila. Al querer voltear a ver que era una fuerte y dolorosa nalgada llegó. (Debo confesar que me dio miedo por un segundo)


- ¿Te di permiso de voltear pequeña?

- No señor – dije más de fuerza que de ganas, porque creí que eso era lo debido

- No hermosa – dijo mientras sobaba mi nalga que tenía marcada su mano – debes desearlo más que yo, si no… no funciona.


Y comenzó a masajearme las nalgas, el ardor pasó poco a poco y se convirtió en un cosquilleo que se mezclaba con un aroma delicioso de un gel que tenía en las manos.


Sus manos resbalaban por mi espalda, mi cintura y mis nalgas. Mientras me decía mil cosas en ese tono de voz que me hacía ponerme a sus pies y poco a poco masajeaba más cerca de mi culo… y yo encantada.


De pronto un dedo se coló por ahí y esta vez no lo percibí, mi cuerpo ardía y estaba tan caliente que disfrutaba de cada roce que hacía con sus dedos. Él sabía lo que hacía y eso me encantaba, su mirada estudiando cada una de mis reacciones me fascinaban y me preparó para él.


Calentó mi cuerpo a tal punto que deseaba sentir más…


Una mano se coló en mi cuello y sujetó de nuevo mi cabello, lo que hizo que me arqueara y mi culo quedara a la atura de su verga. Una mordida, un beso y una orden bastó para que yo misma pidiera que entrara en mí.


Sus manos jugaban con mi cuerpo, su voz me encendía y solo dijo:


- Pídemelo

- Lo quiero

- ¿Qué quieres?

- A ti

- No es suficiente pequeña

- Quiero tu verga

- ¿Dónde?

- En mí – dije jadeando de deseo, eso era más sexy de lo que podía soportar

- ¿Aquí? – y sentí un golpeteo de su verga en mis nalgas, un golpe suave y rico que a su vez hacía más insoportable mi necesidad de él.

- No

- ¿Aquí? – dijo mientras me daba un leve golpe en mi clítoris

- No

- ¿Segura? – sus dedos comenzaron a rozar mi clítoris y los metía lentamente entre mis labios para humedecerlos para volver de nuevo a rozar lentamente a mi clítoris… yo ardía por él

- Ahí no – dije en un suspiro


Una nalgada, jalarme más el pelo y de repente entrar de lleno en mi culo me hizo tener el orgasmo de mi vida.


Él bombeaba mientras yo me partía en mis pedazos, mi humedad caía por mis muslos mientras él me cogía como nadie en la vida.


Un par de embestidas más y sentía como se tensaba, mi cuerpo ya no podía más y de pronto, su mano rodeó mi cuello. Me levanto y me dijo:


- Ahora eres mía


Tres palabras que me hicieron terminar junto a él una vez más.


No podía negar lo que decía.


Y mientras caíamos rendidos en la cama solo pude contestar:


- Solo tuya.


Los días han pasado, los mensajes aumentado y hoy me toca correr en espera de mejorar esas noches junto a él.


Hoy, aquí, corriendo, solo puedo pensar en él.


 
 
 

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