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Un fin con mi sis

  • Foto del escritor: Lilhy Camacho
    Lilhy Camacho
  • 16 jun 2019
  • 8 Min. de lectura

Mi hermana y yo, cansadas de la rutina nos escapamos ese fin de semana. Viernes por la noche, saliendo de nuestras respectivas oficinas, quedamos de vernos en un punto medio y después de cenar, agarramos carretera.


Ya teníamos tiempo planeando esto, a fin de cuentas, por mil razones nunca podíamos.


Pero esta vez era diferente, después de la semana tan pesada en el trabajo, lo único que queríamos era olvidarnos de todo.


6 horas de viaje, toda la noche manejando y llegamos a ver el amanecer en la orilla del mar, una playa hermosa en un pueblito chiquito que a las dos nos fascinaba. Después de desayunar en la playa, fuimos al hotel a dormir… 4 horas nos repusieron perfecto.


En la tarde nos bañamos y bajamos a comer, y de ahí a disfrutar de la playa. Caminamos en la arena, comimos unas cuantas delicias que siempre venden. Nadar, beber, comer, reír, disfrutar… así fue nuestra tarde.


Ya en la noche regresamos al hotel a bañarnos para salir a cenar, y de paso irnos a bailar, ya teníamos horas bebiendo deliciosos cocteles, así que ya íbamos más que enfiestadas.


Llegamos a un bar super coqueto, donde el ambiente, la comida y la música eran ideal, o al menos nuestro estado anímico así lo decía.


Seguíamos tomando, una botella no nos duró mucho que dijéramos, cada vez nos reíamos mucho más, bailábamos como locas y de vez en cuando nos sentábamos a platicar y analizar nuestra vida como siempre lo hacíamos.


Hubo un momento donde dos chicos, literalmente, se nos acercaron. Los dos lindísimos, coquetos y muy simpáticos. Uno se acercó con ella y el otro conmigo, se presentaron y en seguida nos cayeron perfecto.


Resulta ser que el mayor tenía 21 y el otro 19, unos niños para nosotras, porque, bueno… no es que seamos muy grandes, pero simplemente yo le llevaba 10 años. Estoy acostumbrada a salir con hombres más grandes que yo, mi último novio tenía 36, esos son muchos años de diferencia.


Cuando supimos su edad, al momento quedaron descartados de nuestra mínima opción de conquista, a fin de cuentas, estábamos ahí para descansar no para ligar, pero algo hubo en ellos que nos pareció divertido.


Esa vitalidad, su actitud de vale madres y en cierto momento, a la hora de bailar, Robert (el chico que me tocó a mí) me tomó con tal seguridad de la cintura mientras intentaba demostrar que era candidato para portarme mal, que hizo que el contexto cambiará.


Entre el alcohol, la fiesta y la aventura la plática con mi hermana no fue muy seria que

digamos, fue más o menos tipo:


- ¿Cómo los ves?

- Son unos niños

- Ya se. Pero, por otro lado, no vine a buscar una relación seria.

- Pues chingue su madre, solo cuídate mucho.


Y basadas en nuestra intuición, decidimos ver a dónde nos llevaba esa aventura. Así es como decidimos entrar en este plan divertido de coger por coger, solo porque se puede.


Me fui a bailar con él, cada vez más rico, más sensual, más sexy. De repente él me besó como si su vida dependiera de eso, cosa que no era así, y en el momento me causo mucha risa. Así que me separé un momento de él, tomé sus manos y las llevé a mi cintura, dejándolas justo en el lugar preciso donde inicia mi nalga, mi espalda y mi cintura, sostenía mis manos junto con las de él mientras bailando le pegaba cada vez más mis tetas, respiraba muy cerca de su cuello y su oído, y mientras me acercaba más sentía como me tomaba con más firmeza. Me daba cuenta de que quería mover sus manos, pero aquí no mandaba él.


De repente acerqué mi boca a su oído y mientras susurraba y lo acariciaba con mis labios le di una instrucción muy clara, “bésame muy despacio”. Sentí como saltó al momento, su instinto decía que me besara con fuerza, pero a pesar de eso, hizo tal y como se lo pedí.


Acercó sus labios a los míos y me beso tan despacio, tan rico, tan perfecto que podía sentir como se ponía duro al darme el control, sentía sus brazos tomándome con fuerza, sus manos apretaban las mías sobre mis nalgas y ahora sí, sabiendo que ya sabía cuál era el tono del beso solté sus manos y toque sus brazos, sus hombros y deje mis brazos en su cuello, para besarlo como era debido.


A mi ritmo, a mi tiempo y a mi placer lo bese como se me dio la gana, de repente una mordida aparecía, pero supo el momento perfecto para hacerlo. Mientras tanto, yo lo tocaba como quería, esos músculos perfectamente marcados tenían mucho que no los podía sentir, además tenía una extraña risita contagiosa de niño que me hacía desearlo cada vez más.


Sin tanta ceremonia nos fuimos al hotel, los cuatro. Él y yo nos quedamos en nuestra habitación, mi hermana y Patricio en otra. Al entrar, otra vez se lanzó por mí. Nunca espero un manotazo mío en la pierna. Eso lo puso alerta, y me soltó de inmediato.


Al parecer a este chico le gustaba ir por todo, pero algo le prendía al sentirse dominado.


Lo note desde que bailamos, al darle una orden y al tenerlo en mi habitación y aún así no acercarse a mí hasta que yo lo decidiera.


Lo veía con esas ansias, y esa hambre que hasta yo tenía… y aún así me tome el tiempo de quitarme el vestido y quedar solo en bragas y tacones enfrente de él. Sentía como su mirada me prendía, como saboreaba cada centímetro de mi piel, y la forma en que tenía de apretar sus puños y aún así no moverse ni un centímetro. La orden fue quedarse parado donde estaba con las piernas abiertas y los brazos a un costado y no moverse a menos que lo pidiera.


Yo me paseaba por la habitación en bragas sabiéndome sexy, deseada y la puta ama del mundo.


Fue hasta que me senté en la barra que estaba justo al terminar la habitación, justo del otro lado, que estaba en la altura perfecta para que pudiera ver cuanto quisiera, y así fue. A más de 4 metros de distancia me mostraba abierta para él, quería que me viera y me deseara mil veces más, que se imaginara las mil formas en que me iba a coger y aún no le daba la orden de moverse.


Se veía tan tenso y duro para mí que quería tenerlo ya. Pero el dejarme jugar con él era mucho más hedonista. Y así llegó la primera orden: desvístete.


Comenzaba a ver su cuerpo perfectamente esculpido, ese perfecto six pack, la línea que llegaba a su verga, sus brazos, sus hombros, sus piernas… por todos los dioses, no tenía ni un gramo de grasa en su cuerpo, su sonrisa de niño que tenía al sentirse deseado cambio de repente al darse cuenta de que me tocaba por él, que yo pasaba mis manos entre mi humedad y cada vez gemía más solo por saber que pronto lo probaría. Su mirada cambió, pude ver su hambre y su ansiedad, y eso me prendió mil veces más.


Segunda orden: toma la pastilla que deje sobre la mesa y métela en tu boca.


Y es que me encanta jugar con las sensaciones, y con todo lo que me puede llevar a tocar el cielo. Una halls siempre puede ser sumamente divertida si la sabes ocupar.


Tercera orden: acércate.


Pude ver como se puso más duro al escuchar esto, su verga se movió de una forma tan espontánea que hasta mi gemido fue más fuerte.


Y de repente lo tenía enfrente de mí, perfectamente desnudo y listo para mí.


Yo seguía sobre la barra con las piernas abiertas tocándome para él. Venía preparado a besarme cuando una nalgada lo sorprendió, era claro que no por el dolor, mi mano era sumamente pequeña en comparación de su cuerpo, pero si lo ponía alerta el saber que no le permitía tocarme.


- ¡De rodillas!


Sin más, lo hizo y supo que quería, su sonrisa delataba lo mucho que disfrutaría eso.


Movió mi tanga negra solo un poco más y me dio el más rico y espectacular lengüetazo de mi vida, tenía la sensación mentolada de la pastilla, y se mezclaba con mi humedad de una forma divina, movía de arriba abajo su lengua, me daba placer por todos lados, sujetaba mis piernas para tenerla bien abiertas para él, chupaba en lugares adecuados y jugaba con sus dedos entrando y saliendo de mí de una forma espectacular, y estando ahí, sabiéndome la poseedora del poder de tener un chico perfecto y divino de rodillas ante mí, me dio un delicioso orgasmo, sujetándolo del cabello, manteniéndolo ahí hasta sentir plenamente el orgasmo. Y el chupo y saboreo cada gota que salía de mí de forma perfecta.


Cuando recuperé la respiración lo vi de rodillas, contemplando mi placer, esperando por mí para darle más, mucho más.


Lo vi como en cámara lenta, se levantó y al ponerse frente a mi me dio el beso más rico que te puedas imaginar, lento, sincero, seguro y caliente como nunca me habían besado.


Me cargó y me llevó a la cama, supongo que una de las ventajas de tener esa edad es que su condición física es lo mejor que hay en el mundo.


Cuando me puso en la cama me quitó los tacones, las bragas y comenzó a besar cada parte de mi cuerpo, empezando por las piernas, subiendo poco a poco, con paciencia, con devoción y un extraño sentimiento de ¿agradecimiento? No sé, pero disfrutaba cada rose de sus labios, su respiración y sentir su peso cada vez más cubrir mi cuerpo me aceleró el corazón.


Sentir sus besos y mordidas en mi cadera me hizo que enterrara mis uñas en su espalda, eso se sentía tan bien, que me perdía en el placer que me daba.


En cierto momento quiso tomar el control y levanto mis brazos sujetándolos con una mano sobre mi cabeza. Eso, en otro momento me hubiera fascinado, sentirme dominada es excitante, pero esta vez no iba a ser así. Así que lo besé, con tal intensidad que se perdió en mi boca, en mi lengua, en mi beso y yo pude soltarme y hacer el gesto de dar la vuelta, yo tenía que estar arriba. No había opción.


Lo permitió y era momento de disfrutar de su cuerpo, lo besé enterito, no hubo parte de él que no probara, el sabor de su verga era embriagante y perfecto, sus piernas eran una obra de arte, su cadera, cada musculo estaba perfectamente tonificado y esta ternura que me derretía fue la combinación perfecta.


Después de chuparlo y probarlo me subí, quería sentirlo muy dentro de mí, quería demostrarle como es el coger de verdad, sin prisa, sin demostrar el hambre, si no, sabiéndose poseedor de semejante placer y llevarlo a su máximo punto.


Me senté sobre él y bajé muy despacio, poco a poco sentía como se abría paso para entrar por completo en mí. Podía sentir cada sensación, sus manos en mi cadera (que para estos momentos él ya sabía que era mi punto clave) me sostenían fuertemente, y yo gemía y pedía por él. Mis manos estaban perfectamente plantadas en su pecho, Dios ese pecho de hombre.


Una vez dentro me hizo suya cuanto quiso, en cierto momento paró solo para ponerme en cuatro y hacerme gritar entrando como se debe, haciéndome suya, tocándome, besándome, tomando todo mi placer y gozando con él.


Me follo de todas las formas que puedas imaginar, su vitalidad, su energía y su placer parecían no tener límites. Justo cuando yo iba por mi cuarto orgasmo de la noche, él iba por el primero. Y tenía que ser épica… la orden fue: termina en mi boca.


Su cara de placer, de sorpresa y de excitación no la olvidaré nunca. Su sabor era perfecto y saberme poseedora de ese poder me dio la mejor experiencia de mi vida.


No hubo parte de la habitación que no disfrutáramos, la noche fue fabulosa. Y justo antes de dormir, tuvo el detalle de apagar la luz.


Y así dormimos, juntos, desnudos… sabiendo que nunca en la vida nos íbamos a volver a ver. Y aún así agradecidos con la vida por tan deliciosos orgasmos.


En la mañana, bajamos al restaurant a buscar a mi hermana y a su amigo, desayunamos los cuatro y acabando nos despedimos.


Mi hermana y yo tomamos la carretera de regreso a la ciudad, con la promesa de repetir más viajes así.




 
 
 

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