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Un viejo lobo del mar

  • Foto del escritor: Lilhy Camacho
    Lilhy Camacho
  • 17 oct 2020
  • 17 Min. de lectura



Hoy amanecí sintiéndome más sexy que nunca, se nota la influencia de este hombre en mi vida, él me hace calentar mi mente, alimenta mis fantasías y me hace sentir la mujer más ardiente del mundo, solo él lo consigue.


Sabía que nuestra relación podría ser complicada, o siendo sincera no haber tal… vive a 5 horas de mi casa con su esposa y sus cuatro hijas, en un matrimonio perfecto para la sociedad. Lo conocí en un evento ejecutivo. Yo iba acompañando a mi jefe para conocer un posible cliente y ellos eran los anfitriones.


Cuando entraron ella me dejó sin palabras, traía un vestido rojo con los hombros descubiertos, su cabello caía a un lado de su cara y su labial era impactante, un par de stilettos que me dieron vértigo. Y su sonrisa enloquecía a cada hombre (y algunas mujeres) que estaban ahí.


Después de verla, inconscientemente me fui al baño a ver de nuevo mi look, ver a una chica así siempre dispara una dosis de inseguridad que quise olvidar viéndome de nuevo. Justo saliendo del salón había un espejo de cuerpo completo, me paré enfrente de él y observe mis zapatillas negras, de un corte clásico, no tan altas para poder caminar bien. Unas medias negras que se perdían debajo de mi vestido, pero al sostenerse con un liguero le dejaban un roce delicioso a mis nalgas que me encantaba. Mi vestido negro llegaba unos centímetros arriba de la rodilla y se ajustaba en mi cuerpo con un escote en v que dejaba ver mis pechos de una forma magistral. Un look clásico, serio, formal… pero me hacía sentir sexy.


Mientras retocaba un poco mi labial rojo un hombre de unos 50 años (puede que un poco más) se paró dos pasos detrás de mí y me miró poco a poco, empezando por mis pies, centímetro a centímetro iba subiendo la mirada, calentando todo a su paso.


Mi mente me decía que eso estaba mal, este tipo me estaba acosando, estaba en un evento laboral, pero su mirada me quemaba, su sonrisa escondida en esa barba canosa me ponía nerviosa y la respiración agitada que escuchaba mientras analizaba mis medias me hicieron llevar su compás en mi respiración.


Cuando llegó a mi escote ambos subíamos y bajábamos el pecho de la misma forma y su mano acomodaba discretamente su verga que se ponía dura por mí.


- No hay nada mejor que poder admirar a una verdadera mujer. – dijo con una voz ronca, de hombre mayor.

- Eso es acoso, ¿lo sabes? – contesté coquetamente.

- Lo siento, ¿te ofendí? – dijo mientras se acercaba un paso hacía a mí y podía casi sentirlo en mi espalda.


Nuestros ojos no dejaban de verse a través del reflejo del espejo, mi respiración era cada vez más agitada y él ni siquiera me tocaba.


- Bueno, no… pero eso no está… bien – dije tartamudeando de los nervios.

- Tranquila mi niña, no te haré nada – dijo mientras sonreía y ladeaba su cabeza para acercarla a mi cuello y poder disfrutar de mi perfume.

- Eso… es… precisamente… lo malo – dije disfrutando del calor que emanaba, dando un ligero paso atrás hasta sentir un poco su cuerpo.

- Espera – dijo mientras solo ponía una mano en mi cadera, donde podía sentir la textura del encaje de mi tanga.

- No estoy haciendo nada – dije mientras le sonreía traviesamente desde el espejo.

- Lo sé, pero el solo hecho de pensarlo es peligroso – lo decía mientras bajaba su mano por mi cadera hasta mi pierna, lentamente… hasta sentir el inicio de mis medias.


Al sentirlas soltó un suspiro que me enchinó la piel, clavó su mano en mi cadera y me hizo para atrás hasta que mis nalgas rozaron con su verga que ya estaba dura por mí.


- ¿Te gusta? – pregunté en un tono suave, tratando de seducirlo aún más.

- Pero claro que sí – dijo en mi oído poco antes de rozar mi oreja con los dientes.


Mi piel se enchinó, mi corazón latía a mil por hora y su verga vibraba en mis nalgas. Solo sentía su mano en mi cadera sosteniéndome firmemente y el roce en mi trasero, pero mi cuerpo ardía como si estuviera con él completamente desnuda entregándome por completo.


- Estás preciosa, espero verte después – fue lo último que dijo antes de soltarme y entrar al salón para perderse entre la gente.


Me quede parada frente al espejo viendo mis mejillas rojas y mis ojos brillantes por la excitación del momento, sentía mis bragas húmedas por la emoción y ahora tenía que enfrentarme de nuevo a mi jefe y al posible cliente.


Pasé por una copa de vino tinto antes de llegar a mi mesa tratando de recuperar mi postura, intentando ocultar lo sucedido. Mientras el evento comenzaba oficialmente pudimos hablar con nuestro cliente, al principio le había dicho un rotundo “NO” al proyecto que le presentábamos, pero al tenernos ahí enfrente y mientras se distraía descaradamente en mi escote lo convencimos para cambiar de opinión, lo cual hacía un éxito nuestra velada.


Estaba distraída en festejar discretamente con mi jefe cuando el presentador de la fiesta apareció dándoles la bienvenida a los creadores de la noche tan genial.

- Un aplauso para el señor y la señora Cortés – dijo antes de que todo el salón se llenara de ruido.


Al ver el escenario perdí el norte… ahí estaba la princesa deslumbrante y el hombre que me había hecho sentir algo a la entrada del salón. Me preguntaba si era de esos caza mujeres que solo seduce como juego, pero ¿por qué lo haría? Tiene una Barbie como esposa, era hermosa, su maquillaje, su gusto, su cuerpo… toda ella era perfecta. Bueno, al parecer solo fui la diversión antes del show. Ni hablar.


A punto de tomarle a mi vino, resignada por mis sospechas nuestras miradas se cruzaron, y el brindó conmigo levantando su copa y sonriendo de lado. Abrí mucho mis ojos y contuve el aire sin saber qué hacer. Su esposa estaba a un paso de él, había cientos de mujeres alrededor y aun así su mirada me quemaba hasta las entrañas mientras le tomaba a su copa de vino.


Solo le hizo falta levantar un poco la ceja y tocarse la verga dura para imaginarme ahí con él, bebiendo vino juntos, quizá dejaría que lo bebiera de mí. Quizá haría lo que me pidiera.


El calor iba subiendo desde mi entrepierna hasta mi cabeza, mi pecho subía y bajaba agitadamente y me descubrí sonriéndole descaradamente, con un gesto asintió y cada quien se fue a su lugar para disfrutar de la velada. Ya no lo vi más esa noche.


Pasaron 5 días del evento, pero sus ojos seguían clavados en mi mente, si cerraba los ojos aún podía sentir su mano clavándose en mi cadera y su mirada quemándome.

Imaginaba siendo suya en aquel evento, quizá en medio de todos mientras todo el público podía ver cómo me poseía al ponerme sobre la mesa principal, completamente desnuda, abría mis piernas para chupar y morder todo a su paso terminando en beber cada gota de mis jugos que mi cuerpo expedía gracias a su boca. Y en medio de aquel glorioso orgasmo voltearme para entrar en mí con una estocada firme, haciéndome gritar de dolor y placer. Otras veces lo imaginaba haciéndolo en secreto, metiéndome en el baño de los hombres y mientras me besaba para callar mis gemidos levantaba mi vestido hasta mi cintura para mover un poco mi tanga y penetrarme de una forma sublime para darme estocadas firmes y así entregarme el mejor de los orgasmos.


No sé cuántas veces me toqué pensando en su mirada, en sus manos… imaginando la forma en que me tocaría y me haría suya hasta perder la razón. Cada noche, cada ducha, cada momento libre mi mente se concentraba en él, en las formas que me podría dar placer.


Hasta el fin de semana que me fui a casa de mi mamá para pasarla ahí unos días. Estar ocupada me haría quitármelo un poco de la mente, necesitaba un descanso… día tras día me tocaba por él y ya había llegado al límite. En estos días decidía si buscarlo u olvidarlo y seguir con mi vida normal.


Durante el viaje a Cuautla para llegar a casa de mi mamá, iba hablando con mi jefe, acordando los últimos detalles de trabajo cuando de pronto me dijo:


- ¿Estás nerviosa por la reunión del lunes?

- Perdón, no me llegó ningún memo

- Eso es porque no mandamos tal

- ¿Entonces de qué reunión me hablas?

- Con el señor Castro, nos invitó a ti y a mí a su hotel para hablar de un posible proyecto. Creí que te había mandado mensaje directo porque me pidió tu contacto.


¿Qué? ¿Ese hombre había preguntado por mí? ¡No lo podía creer! Me había robado el sueño por días y lo veía tan lejano que no podía creer que él tuviera mi número. Ahora mi ansiedad crecía esperando un mensaje personal. Eso era lo peor.


- Pues no me ha mandado nada, ¿a qué hora es la cita?

- 6 pm en el hotel, te mando la dirección más tarde, no es necesario que vengas a la oficina antes, te veo ahí.

- Yes sir. Ya quedamos.

- Disfruta tu fin Lhy.


Quizá dijo algo más pero no recuerdo qué fue, mi mente volvía a viajar a una sonrisa coqueta detrás de una barba canosa, que a mi parecer era la cosa más sexy de la vida.


Al llegar a casa de mi mamá regrese a este punto de tranquilidad, donde volví a ser yo de nuevo, lejos de la influencia de esos ojos, de esa sonrisa y esa seguridad que me enloquecían, pero por todos los Dioses, solo lo había visto una vez, ¿qué me pasaba?


El fin de semana transcurrió más rápido de lo que hubiera pensado, de pronto me encontré en un lunes extraño buscando mi mejor ropa para una cita que me humedecía las bragas por el simple hecho de pensar en mi compañero. Una falda negra de tablones, una blusa blanca y unas medias de red eran mi look, el saco lo haría ver un poco más formal.


Al llegar estaba más que nerviosa, me urgía verlo… saber si era real o si solo era un producto maximizado de mi mente y mi placer. Un hombre de traje recibió mi carro y me llevo hasta el bar del lujoso hotel, una mesa privada nos esperaba. 5:55 pm y yo ya tenía una copa de vino tinto mientras esperaba a mis compañeros de cita.


Lhy, no puedo llegar, aún no salgo de la reunión y estoy a más de una hora de distancia, platica con él para saber qué quiere, si tienes dudas me marcas, estaré al pendiente.”


El mensaje que me dejaba claro que la cena sería para dos, con tintes de negocios, con posibilidades de todo.


6:04 pm, era la milésima vez que veía la hora en mi teléfono, lo hacía mientras contestaba los últimos correos del día y una mano en mi hombro me hizo saltar del susto, un roce suave pero inesperado.


Al voltear ahí estaba… de nuevo, tan maduro, tan guapo, tan él. La sonrisa que me dio me enloqueció y me hizo ponerme más nerviosa aún, al pararme tropecé un poco con la silla y todo mi peso fue a dar sobre él, mis manos tocaron un pecho firme y no supe bien cómo fue pero sus manos marcando mi cintura me hicieron perder el norte.


- Y vuelves a mis brazos – dijo en un tono ronco que me pareció lo más sexy de la vida.

- Es el destino, que me quiere tener aquí – contesté más coqueta de lo que tenía planeado ser… pero aquí mi razón no mandaba, mi deseo por él sí.

- ¿Quieres cenar aquí o en la terraza?

- ¿Cuál es el mejor lugar? – repliqué consciente de que estaba contestando con una pregunta.

- La terraza será.


Al agacharme para tomar mis cosas con la obvia intención me incliné más de lo normal, mi falda se subía sin mostrar mis nalgas pero si insinuándolas. El truco funcionó porque su mano pasó por mis piernas subiendo poco a poco sintiendo la textura de mi piel a través de la red que cubría mis piernas, el pensar en el cosquilleo que dejaría eso en sus dedos y en mis piernas me hizo gemir muy a lo bajito.


Al ponerme de pie su mano se posó en mi cintura, no me tocaba nada más que eso, pero yo lo sentía tan dentro de mi mente que ese simple toque se veía multiplicado por mil. Comenzamos a caminar al ascensor y de pronto me vi caminando más rápido de lo normal, estaba muy nerviosa y ansiosa por ese hombre. Al darme cuenta él venía dos pasos detrás de mí viendo cómo se movía mi falda al caminar y eso me hizo marcar mucho mejor cada paso, al momento de llegar al elevador ambos teníamos una respiración agitada, ambos excitados a más no poder.


Al cerrarse las puertas se paró frente a mí y puso sus manos a cada lado de mi cabeza, sosteniéndola hacia arriba para poder verlo directamente a los ojos y dijo:


- Tus ojos en realidad brillan, creí que lo había imaginado.


Y me besó, un beso suave, estudiado… perfecto. Podía sentir sus labios carnosos moverse de la mejor manera mientras acariciaba mis labios, su lengua entró en el momento perfecto mientras yo solo lo tocaba de la cintura, estaba perdida en él, en su aroma, en su presencia, nada más me importaba.


Solo fue un beso, solo duro 18 pisos, solo fue magnifico. Pero las puertas se abrieron y yo estaba más necesitada por él que por nadie más en la vida. Su luz, su sensualidad, su porte y su seguridad me enloquecían.


Mientras caminábamos a una suite con puertas enormes me contó un poco de cómo fue que adquirió ese hotel, un poco de su historia y al momento que pasaba la tarjeta para que prendiera el foquito verde que nos diera acceso, de una forma muy casual, dijo:


- Muero de ganas de cogerte como nunca lo han hecho en la vida. ¿Puedo?


El bip del acceso de la puerta me espantó, o quizá fue la declaración o que yo tenía las mismas ganas que él. Me temo que fue todo, no sé, pero al abrir la puerta lo besé, esta vez fui yo quien se perdió por voluntad en sus labios, él me sostenía de la cintura mientas yo pasaba mis manos detrás de su cabeza. Mis labios rozaron cada centímetro de su boca y me perdía cada vez más en él.

Mi bolsa junto a mi saco quedaron en una silla a dos pasos de la puerta, cada botón de mi blusa y su camisa era un paso que dábamos al cruzar la pequeña sala de estar, cayeron al suelo poco antes de llegar a la puerta de cristal, mi falda cayó en el primer pasó de la terraza, y bajo la luz del atardecer, con una vista increíble de la cuidad.


Y se separó de mí para observarme. Tanga, medias, bra y tacones… mi cabello despeinado y mi sonrisa traviesa.


Pero verlo a dos paso de mí, bajo esa luz, fue… diferente. Sus manos estaban en puños a cada lado de su cadera, su cinturón y su pantalón estaban desabrochados y solo me dejaban ver el resorte de unos boxers muy ajustados, su verga se le marcaba perfecto, tan dura para mí. Su pecho descubierto, el vello que tenía en cada parte de su cuerpo ya era canoso, le producía un contraste con su piel perfecta. Su barba, su seguridad, su mirada y su presencia eran indescriptibles.


Estiró una mano para tomar la mía, y me acercó a él sin besarme.


- ¿Estás segura? La diferencia de edad es muy notoria y quisiera que me lo dijeras.


Una extraña petición que me hacía darme cuenta que se preocupaba por mí de la misma forma en que me inducía a un juego donde el placer era el principal protagonista.


- No hay otro lugar en el mundo donde preferiría estar más que aquí, contigo.


Sus ojos se abrieron y se iluminaron, se acercó a mí y me besó de la misma forma que el ascensor, sus manos rodeaban mi cara, me protegía, me cuidaba y me mimaba.


Mientras me besaba me llevó a un sofá y me ayudó a sentarme… comenzó a besarme el cuello, bajaba cada vez más, me tocaba por todos lados, me calentaba más, su voz era ronca, perfecta… me quitó el bra y besó a detalle mis pezones duros por cada envestida que me daba con su boca. Bajó y besó mi abdomen, mi cadera y al llegar a mi sexo me besaba sobre mis medias y mi tanga. Cada vez con más intensidad, con más pasión. En cierto momento jaló mis medias con los dientes y estas cedieron y se rompieron un poco, así que con ambas manos metió un par de dedos y jaló. El sonido de mis medias al romperse a la altura de mi sexo me hizo gemir y arquearme para acércame aún más a él. Mis pies en tacones estaban totalmente plantados en el suelo a cada lado de su cuerpo, sus manos sostenían mis piernas tensas y mis pechos salían con unos pezones tan duros que rogaban atención.


Con su lengua comenzó a mover mi tanga y me dio el sexo oral más exquisito de toda mi vida… sabía comerse mi sexo a la perfección, leía mis gemidos, mis movimientos y mi humedad. El orgasmo fue inevitable y tomó cada gota que salió de mí.


Se levantó y me besó con mi sabor en la boca, eso me trajo de nuevo a la tierra y volvió a encender algo en mí. Ahora era yo quien quería probarlo, así que poco a poco fui besando sus mejillas, pasando por su barba… baje a su cuello y el olor a su perfume me hizo gemir muy cerca del oído. Como recompensa él sostuvo mi cabello con tal fuerza que me hizo levantar mi cabeza hacía él, me besó fuertemente, mordiendo todo a su paso, mis labios punzaban de una forma deliciosa, y cuando nos quedamos sin aire me regresó al mismo lugar donde estaba. Entre quejidos y ahora con los labios más sensibles seguí besando su pecho mientras me acomodaba perfectamente hasta llegar justo enfrente de esos boxers que prometían guardar el mejor de los regalos para mí.


Al bájalos descubrí un falo perfecto, tan duro, y tan sexy que no dudé ni un momento el probar la perla que se exponía en la punta. Un líquido de placer, uno que me pertenecía.


Lo fui besando centímetro a centímetro, sintiendo su calor y su textura, disfrutando su sabor y los gemidos que salían con ese tono tan ronco. Era demasiado hedonista tener a este hombre solo para mí.


Yo estaba perdida en su sabor y en su placer, lo sentía duro, hasta la garganta de vez en cuando… sentía sus nalgas, sus piernas, su placer y cuando creí que estaba por terminar lo metí hasta el fondo de mi garganta, una, dos, tres veces… él me sostenía de la cabeza, pero me dejó el control a mí, era la forma en que yo me lo podía follar a mi antojo. Estaba segura que él terminaría en mi boca, pero no fue así… tras la última estocada hasta el fondo de mi garganta tomó aire y salió de mi boca, sin terminar.


Ver esa capacidad de retener el orgasmo me impacto, y me prendió de la misma manera, no por nada había tantos años de experiencia de diferencia entre nosotros. Mientras admiraba su cuerpo de hombre mayor, tan duro por mí pude ver como su verga cada vez se ponía más dura, más ancha por el placer retenido y me descubrí rozando mis pezones que exigían algo de atención.


- Tócate – me dijo con una voz quebrada llena de placer.


En ese mismo momento me senté hasta atrás de ese maravilloso sofá y subí mi pierna derecha en el descanso de los brazos, moví un poco mi tanga y ahí estaba yo abriéndome ante él. Mis dedos comenzaron a rozar mi clítoris jugando un poco con humedad que había ahí. Mientras más me movía más húmeda me ponía y mis gemidos eran cada vez más intensos. Él estaba a dos pasos frente a mí, tocándose de la misma manera, movía su mano al mismo ritmo que yo metía dos dedos en mí y gritaba de placer. En cierto punto él se detuvo y entendí que era porque, por segunda vez, estaba por terminar y lo retenía para mí.


- Dámelo mi niña – dijo con esa voz sexy, quebrada llena de placer.


Tres palabras que me hicieron llegar al mejor orgasmo de mi vida, mis piernas chorreaban mis líquidos y yo vibraba del placer, no había nada más sexy y hedonista que eso.


Mientras me reponía él fue a la cocina y dos minutos más tarde regresó con dos copas de vino tinto, aún duro por mí.


El cielo ya estaba oscuro, y ahora la luz que salía por la puerta me hacían verlo como el mejor hombre que había tenido en la vida, y sabía que lo tenía que disfrutar, porque acabando esta velada él volvería a su matrimonio perfecto en su casa perfecta. Pero por este momento era mío, su placer me pertenecía y nada ni nadie me lo quitaría.


Así que me tomé lo que me quedaba de vino en mi copa y me puse de pie para besarlo, para saberlo mío aunque sea por esa noche.


El beso estaba lleno de placer, de necesidad, de pasión. Él pasaba sus manos por mis nalgas, por mis piernas, las subía por mi espalda hasta llegar a mi cabello para sostenerlo fuertemente. Cada cosa que hacía dejaba un rastro de dolor y placer, lo podía sentir por todos lados.


Me dio la vuelta muy de prisa, y entre los tacones, el vino y la pasión por un momento perdí el norte y tuve que sostenerme de la orilla del barandal. Sus manos me sostenían de la cadera, de la misma forma que lo hizo la primera vez y al pensar en eso gemí, tan fuerte que casi llegó a ser un grito de placer. El mejor momento para una nalgada fue ese, me escocía el culo, pero mis piernas chorreaban ante la espera de él. Y de pronto, me rompió más las medias por atrás, en un segundo se acomodó y entró en mí de la forma más sublime que puede haber.


Sosteniéndome de la cadera con ambas manos, abriendo paso en mi cuerpo, follándome como nunca nadie. Sus estocadas eran precisas, él sabía lo que hacía y cómo lo hacía y terminamos ambos dándonos el mejor de los orgasmos. Cuando al fin terminó ambos estábamos mojados hasta más no poder. Sudados, alterados, extasiados.


Nos tomó un par de minutos recuperarnos, él se sentó en el sofá y me jaló para quedar deliciosamente sentada sobre él mientras nuestras respiraciones regresaban a la normalidad.


Tiempo más tarde sentíamos el aire frío, veíamos la ciudad en movimiento a nuestros pies y nosotros nos dábamos calor de la mejor manera. Fue ahí donde me contó la idea que tenía para trabajar con nosotros, una idea tan extraña que optamos que lo hablaría directo con mi jefe, eso nos quitaba todo el peso de pensar en trabajo.


Me confesó que algo de mí le parecía enigmático, (¿lo habrá dicho en serio?). A mi parecer soy una chica normal que disfruta de la vida nada más. En cambio él, era todo un misterio. Su edad, su historia, sus vivencias… todo. Eran un imán para mí el querer conocerlo a profundidad, saber sus pasiones, quizá ser parte de ellas y de su exquisita forma de ver la vida.


No podía dejar de verlo, así que me senté a horcajadas sobre él, cada rodilla estaba al lado de su cadera y así podía verlo a los ojos mientras me hablaba de la forma en que aprendió a ser quien era. La pasión por lo que hablaba le hacía brillar sus ojos, cuando era mi tiempo de hablar prestaba atención, era todo un caballero.


Y fue cuando comenzó a contarme cómo pasó el día que me conoció: “Venía regresando de un viaje de tres días por Cancún para saber si era más rentable un hotel o un edificio con departamentos, decisiones fuertes, cansadas… para terminar en un vuelo retrasado y un compromiso que ya tenían planeado meses atrás. Al llegar a su casa descubrió la mujer más hermosa del mundo pero con una inseguridad tan grande como su hermosura, ya le había pagado la operación de pechos, nariz, nalgas y su entrenadora personal, pero ella jamás se sentía bonita. Justo ese día traía el vestido más caro que encontró, había maquillistas y estilistas en su casa, y él venía cansado pero aun así ni un beso recibió.


Un par de horas más tarde llegaron al evento, como siempre ella robaba miradas y era el mejor trofeo que él podía mostrar, y de pronto, en medio de las personas que admiraban su belleza una chica de pelo rojo le daba la espalda, le bastó un minuto para verla y saber que no había nada que admirar. Ella siguió con lo suyo, por curiosidad y algo de morbo la siguió hasta la sala que quedaba fuera del salón. Al pararse detrás de ella la descubrió tan sexy, tan segura, tan radiante que como un imán lo atrajo a su trampa. No había estilistas, no había marcas… era ella y su labial rojo, nada más. La seguridad de su mirada y el descaro de rozarse con él hicieron que se pusiera duro (aquel día y de nuevo debajo de ella). Su cuerpo era real, lo podía notar en ese escote discreto que subía y bajaba con su respiración agitada. Y un liguero le hizo perder la cabeza… esta chica era sexy a lo clásico, a lo natural. Su mirada brillaba, su sonrisa de medio lado le hacían perder la razón, sin saber cómo era posible si se notaba que era una niña al lado de él, un viejo lobo del mar.”


La versión de aquella noche que él me contó había prendido de nuevo la llama de la pasión, ambos lo habían sentido, esa conexión, esa necesidad… ese placer.


Él ya estaba duro de nuevo, y rozaba deliciosamente mi entrada, que para ese momento ya estaba húmeda y preparada para él. Solo bastó levantarme un poco y ponerlo en el lugar preciso para que entrara poco a poco, a mi ritmo.


Esta vez lo follé a mi antojo, entraba tan profundo que me daba el mejor de los placeres, entregarme a él era lo mejor, me tocó y me disfrutó, besaba y mordía mis tetas, era un placer inmenso sentir el roce de su barba en mi piel tan sensible y él me hacía suya de la mejor manera. Porque él hoy era mío, no había nadie más.


Al terminar tomamos un baño caliente, en realidad perdí la cuenta de cuantas veces me hizo tocar el cielo. Todo fue perfecto, incluso dejarle mis medias como un recuerdo de esa cita. Me fui a casa solo en tanga, sin la seguridad de volverlo a ver, pero con la certeza que tuve el mejor sexo de mi vida.



 
 
 

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