Un aumento en mi salario.
- Lilhy Camacho

- 10 jun 2019
- 9 Min. de lectura
Llevo cuatro años en esta empresa y no me puedo quejar. Carlos, el que era mi jefe, fue en todo momento un pan de Dios, era el hombre más justo y honesto que he conocido, siempre centrado en sus ideas y proyectos, apoyando a todos los empleados.
Ser su asistente fue fácil, solo fue cuestión de sincronizar actividades dentro de mi horario y… ¡vualá! Todo fue perfecto. A un mes de haber empezado ya nos llevábamos de maravilla y todo el trabajo siempre salía a tiempo.
Pero hace seis meses uno de los jefes de mi jefe se jubiló, lo cual dejo una vacante para ese puesto, todos compitieron con un macro proyecto que haría a la empresa ganar unos cuantos millones. Nos costó mucho trabajo, horas de entrevistas con inversionistas y un sinfín de comidas en lugares exclusivos, pero lo conseguimos. Carlos ganó ese proyecto y por lo tanto… el puesto.
El día del nombramiento hicieron una comida especial donde se presentaron todos los empleados y le festejamos por haber cerrado ese excelente contrato. Al terminar, todo su equipo creímos que nos iríamos con él, y justo ese día nos dieron un rotundo NO.
Y pues resulta ser que aquello que creímos la mejor noticia como equipo solo fue una buena noticia por un antiguo jefe.
En su lugar mandaron un ejecutivo Junior que apenas tenía un año en la empresa, y como también cerro una cuenta importante le daban la oportunidad de formar parte del equipo de Carlos.
Y así, en un mismo día pase de tener un jefe de casi 50 años, con casi tantos años de experiencia como yo de vida y toda la caballerosidad del mundo. A tener uno de 38, con una actitud cero ortodoxa y una mentalidad de las nuevas generaciones.
Cuando llegó a la presentación oficial con un pantalón casual, tenis y una camisa que dejaba ver sus tatuajes (y un cuerpo súper bien formado) todos nos quedamos con cara de asombro. Recuerdo perfecto que llegó en punto de las 8, entro con una seguridad inconfundible, una sonrisa sabiéndose el centro de atención y cada paso que daba hacia los lugares asignados era perfecto. Cuando pasaba el aroma de su perfume te hacía voltear, olía a hombre, a madera y por alguna extraña razón a coquetería. Sí o sí te podías imaginar en cuatro ante él con tan solo verlo un par de minutos.
Su sonrisa podía derretir cualquier cosa y hacer que te pusieras húmeda y caliente solo porque sí. Esa mirada que sentías que te desvestía y que analizaba cada centímetro de tu cuerpo era genial, y si le sumas a eso su cabello perfectamente despeinado, los lentes que traía en la mano, y que al ponérselos se veía mil veces mejor, pero sobre todas las cosas… su voz.
Dioses, esa voz de hombre, tan ronca, tan segura, tan perfecta. Él era un sueño, pero no uno de esos color de rosa. No. Él era uno de esos tan calientes y cachondos que te hacen despertar gimiendo y sudando en busca de algo que te llene para sentir que es él. Es en quién pudieras pensar cuando tu pareja solo te coge por coger, o quien solo de imaginártelo te puede ayudar a tocar el mismo cielo.
Y ahora, él era mi jefe.
El primer día en la oficina, llegue temprano, como siempre, procuraba llegar 15 minutos antes que Carlos para preparar café y que en cuanto él llegara estuviera rico y caliente en su escritorio. Ese día hice lo mismo.
Cuando entro traía en la mano un café de Starbucks de algún extraño sabor. Su aroma que se mezclaba con su perfume era embriagante. Aunque por otro lado mi oficina ya olía delicioso. Y cuando entro, al parecer ese gesto le gusto.
Y así, el día 1 a primera hora nos citó a todos a una junta desde un grupo de WhatsApp que me pidió que formara. Todos llegaron con cara de asombro, porque esas cosas no sucedían así. Cuando lo vieron de tenis, camisa de manga corta, tatuajes, pelo alborotado y su vaso de café supimos que nada volvería a ser como antes.
La primera regla fue cero formalidad, y es que todos íbamos de traje sastre, zapatos y cabello impecable, y fue lo primero que nos quitó.
- Pueden venir de tenis, si quieren, a mí no me molesta en absoluto. (Dijo con una gran sonrisa, convencido de que eso era lo normal) Vamos a asignar, tareas, tiempos y horarios y cada viernes comeremos todos juntos haciendo un feedback de la semana. Podemos pedir pizza, sushi o algo que se nos ocurra. Dependiendo de las actividades y de cómo saquemos el trabajo quizá uno o dos viernes al mes saldremos temprano.
Cuando terminó la junta le dio a todo el equipo 20 minutos de break donde solo nos quedamos él y yo repasando lo que serían nuestras actividades y nuestra forma de trabajo.
Me pidió que fuera su mano derecha todo el tiempo, que él confiaba en mí solo por la forma en que había apoyado a Carlos en todo el proceso. Al parecer la empresa tenía muy buenas referencias de mí y es por eso que estaba ahí.
Así que su discurso conmigo fue mucho más personal y educativo, me comentó de donde venía y porque tenía este pensamiento mucho más relajado y que estaba dejando grandes resultados. Tenía esta forma de contar las cosas que podías escucharlo por horas y nunca cansarte. Eso y que era guapo a morir.
Y pues así empezamos esta aventura, ya llevábamos varias semanas trabajando, hablando siempre, yo le llevaba sus pendientes, hablaba con los proveedores y el cerraba las ventas de una forma magistral. Además, tenía razón, cuando empezamos a ir mucho más relajados todo fue mejor, yo podía ir de mezclilla, tenis, falda o vestido y daba igual.
Un día, hacía un calor del demonio, y recuerdo que me puse un vestido de tirantes muy ligero, con unos tenis rositas que me quedaban perfectos. Mi mamá decía que parecía muñequita así vestida, pero no me importó. Cuando llegué a la oficina él ya estaba ahí, lo cual me sorprendió, pues siempre era la primera en llegar.
Al verme su mirada se encendió, repaso cada centímetro de mis piernas, subió por mi abdomen y se perdió en el escote, fue tan obvio, tan caliente y excitante que en vez de molestarme o sentirme acosada, me sentí sexy.
Sabía que le había gustado, su mirada, su sonrisa y su voz así lo decían.
Curiosamente ese día habíamos quedado en comer juntos para solucionar unos problemas con un cliente. Por lo general comíamos en la oficina, pidiendo cualquier cosa, pero ese día me dijo que me llevaría a comer a otro lugar para hablar mejor. Y yo encantada de la vida acepté.
Llegamos a un restaurant súper lindo, comida deliciosa y todos los comensales se les notaba el dinero por cada poro. Al principio me sentía muy intimidada, siempre prepare este tipo de comidas para mi antiguo jefe, pero yo nunca iba. Y creo que él lo notó por que se portó mucho más caballeroso de lo normal. Ordeno por mí, pidió dos copas de vino y en cada momento estaba al pendiente de todo.
La comida fue de maravilla, de hecho, lo que fuera una simple salida para tratar pendientes se convirtió en algo genial. Lo cual me hizo preguntarme si había sido por el vestido.
Días más tarde quise comprobar esa teoría, esta vez una falda negra de lápiz con una camiseta, tenis y mi chamarra de piel. Al verme no dejaba de sonreírme y de hacer comentarios muy subidos de tono en cada momento.
Cada vez, nuestros comentarios eran más y más intensos, salíamos a comer con frecuencia, los mensajes de texto eran mucho más personales y todo iba de maravilla… hasta que un día, en medio de un restaurant de comida china, en media conversación llegó por fin la pregunta del millón.
- ¿cómo te sientes de trabajar conmigo? (Lo dijo en un tono seductor, pero con tintes de preocupación).
- ¡Me encanta! (Le dije con una sonrisa tan sincera y extrañamente coqueta).
- ¿Hay algo que te haga falta?
- Sí, una o dos cosas. (nuestras miradas conectaron inmediatamente y nuestras sonrisas lo decían todo)
- Dime.
- Quiero ganar más (dije sin pensarlo mucho)
Sorprendido (y no) analizó mi pregunta, el contexto, la situación. Y de repente… sonrió.
Sabiéndose ganador, con una sonrisa que el mismísimo diablo se queda corto, un tono de voz perfecto y con pausas adecuadas, dijo:
- ¿Qué estás dispuesta a hacer por ganar más?
Su simple pregunta hizo que gimiera en automático, mis pezones estaban tan duros que estaba segura él se daba cuenta perfecto. Solo podía imaginar las mil formas que podía follarme a ese tremendo Adonis con tal de recibir lo que quería. Y también un aumento de sueldo… ¿por qué no?
- ¡Todo!
- ¿Segura?
- Si, nunca dudo de lo que quiero.
- Ok.
Sin más, pidió la cuenta y pago con tarjeta, y salimos de ahí.
Yo rogaba que manejara a un hotel, yo quería comérmelo sí o sí. Pero no, manejo directo a una plaza comercial. Creo que notó mi decepción porque tenía esta sonrisa traviesa que incluso, en medio de mi coraje, podía ser contagiosa.
Platicando de otras cosas, del trabajo, de él y mías, aparcamos el carro y nos bajamos. Un miércoles 3 de la tarde no es la hora más concurrida de las plazas, así que casi no había gente.
Él caminaba seguro de sí y yo parecía que corría por mantenerle el paso, de repente se paró en frente de una tienda de ropa para caballero. Y yo solo pensaba que definitivamente tenía que cuidar mis palabras, porque al decir que estaba dispuesta a todo jamás imaginé llegar a una tienda de ropa. Pero quizá era obvio, nunca nos habíamos besado, no era mi novio, era mi jefe.
Total, él seguía platicando de cosas sin sentido, escogía camisas que me parecían iguales y daba una y mil vueltas por la tienda, mientras yo me ponía más de malas y frustrada. Se suponía que íbamos a coger, ¿no? ¿Acaso yo entendí mal las señales?
Pensaba en eso cuando me jalo del brazo y me llevó a un probador, extrañamente muuuuuy grande. Yo estaba sorprendida, por el gesto, el atrevimiento, la adrenalina y, otra vez, ese calor que se acumulaba en mí.
Lo único que sentí fue como me apretó contra el espejo, lo frío contrastaba con su calor, su fuerza y el beso que ahora me derretía en todos los aspectos.
No fue suave, fue totalmente dominante. Marcaba territorio, mordía y cada vez me apretaba más para que sintiera lo duro que estaba por mí.
Una de sus manos se coló por mi pantalón, la movía de una forma tan hábil hasta que llegó a mis labios, los abrió y metió un dedo solo un poco para poder disfrutar de mi humedad, con ella frotó un poco mi clítoris y mientras me besaba de una forma que debería ser ilegal, me hacía tocar el cielo.
Yo buscaba su hebilla, el botón y la forma adecuada de liberar esa verga que me moría por probar. Cuando por fin la tenía como quería, me separé de él, lo empuje un poco para que diera un paso atrás y sin tanta ceremonia me hinque y probé lo que me moría de ganas desde que lo conocí.
Pasaba mi lengua por cada centímetro, mientras el sostenía mi cabeza, entraba y salía de mi boca y cada vez se tensaba más.
- ¿te gusta ser mi puta?
Preguntó, embriagado de placer, con su voz cortante y sabiéndose ganador.
La chupada que le di en ese momento fue la respuesta adecuada. Si me gustaba serlo, me gustaba ser dueña de su placer, saberme poseedora del poder de tenerlo duro para mí.
Verlo disfrutar y gemir lo era todo para mí. Además, la adrenalina, los nervios, el saber que nos podían atrapar, que estaba prohibido, que eso no debía ser así me daban todo para estar preparada para él.
Así que, en un movimiento perfecto, me levantó y recargó de rodillas en la banca del probador, él estaba a mi espalda, bajó mi pantalón y me dejó en tanga, una deliciosa tanga de encaje roja que me fascinaba, y por el sonido que hizo cuando la vio creo que también le gustó. Porque no la quitó, solo la hizo a un lado y de repente… entró.
Sin piedad, sin dramas, sabiéndose que me tenía húmeda desde el primer momento que lo vi. Entró y tocó en los lugares estratégicos, sentía cada centímetro, sus manos en mi cadera, sosteniéndome de la forma perfecta, su respiración en mi cuello y de vez en cuando besos que parecían mordidas en el hombro.
Yo solo me podía sostener del espejo, trataba de no hacer tanto ruido, pero él sabía follarme de la forma adecuada, entraba y salía, una y otra y otra vez.
- Tú… eres… mía.
Tres palabras, tres estocadas y el saber que era verdad me bastaron para tener el mejor orgasmo de mi vida.
Sentía como él terminaba junto a mí, cómo su respiración estaba tan agitada como la mía, él seguía dentro de mí, sintiendo las últimas sensaciones del orgasmo. Decía cosas sin sentido en mi oído y me abrazaba moviéndose muy despacito dentro de mí.
Un par de minutos después por fin pudimos respirar, nos reajustamos la ropa, agarró las camisas y salimos como si nada, llegamos a la caja y pagó por las tres camisas.
Si alguien lo notó fueron demasiado discretos y nadie dijo nada, supongo que por el precio tan caro de las camisas te permiten una felación y una cogida de vez en cuando.
Cuando subimos al carro, aún iba un poco desorientada, sin saber que decir ni que hacer.
Él, con una sonrisa casual, solo dijo:
- La semana pasada me compré un pantalón ahí y vi que los probadores eran muy grandes, entonces me pregunté si estaría cómodo follar ahí… y sí. Mañana hablamos de cuanto vas a ganar.
Y así fue como empecé a ganar más.





Comentarios